La actividad alimenta la alegría

alegriaEstar activo es uno de los modos más eficaces de no perder el ánimo ni el buen humor. En la actividad hay algo de intrínsecamente humilde: cuando estás haciendo algo, entras en contacto con la realidad. No es que tus problemas desaparezcan como por ensalmo, pero, al revés que las palabras, los sueños y los buenos propósitos, pone las bases para resolverlos. Mientras actúas, tu esperanza es ilimitada y queda muy poco espacio para el pesimismo.
No obstante, cuando emprendas una actividad mira las cosas con una perspectiva a largo plazo: eso te ayudará a conservar el ánimo. Tendemos a ser muy impacientes. Queremos soluciones fáciles e inmediatas; y, si no las vemos cerca, nos desalentamos. La naturaleza se toma su tiempo y tú formas parte de la naturaleza. No puedes forzar las cosas. Cultiva un respeto por el tiempo y por el papel esencial que desempeña en toda actividad humana. (Fuente: El poder oculto de la amabilidad de L. G. Lovasik)

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2 comentarios en “La actividad alimenta la alegría

  1. Cada día el Señor nos ofrece tantas alegrías sencillas: la alegría de vivir, la alegría ante la belleza de la naturaleza, la alegría de un trabajo bien hecho, la alegría del servicio, la alegría del amor sincero y puro. Y si miramos con atención, existen tantos motivos para la alegría: los hermosos momentos de la vida familiar, la amistad compartida, el descubrimiento de las propias capacidades personales y la consecución de buenos resultados, el aprecio que otros nos tienen, la posibilidad de expresarse y sentirse comprendidos, la sensación de ser útiles para el prójimo. Y, además, la adquisición de nuevos conocimientos mediante los estudios, el descubrimiento de nuevas dimensiones a través de viajes y encuentros, la posibilidad de hacer proyectos para el futuro. También pueden producir en nosotros una verdadera alegría la experiencia de leer una obra literaria, de admirar una obra maestra del arte, de escuchar e interpretar la música o ver una película.
    Pero cada día hay tantas dificultades con las que nos encontramos en nuestro corazón, tenemos tantas preocupaciones por el futuro, que nos podemos preguntar si la alegría plena y duradera a la cual aspiramos no es quizá una ilusión y una huída de la realidad. Hay mucha gente que se pregunta: ¿es verdaderamente posible hoy en día la alegría plena? Esta búsqueda sigue varios caminos, algunos de los cuales se manifiestan como erróneos, o por lo menos peligrosos. Pero, ¿cómo podemos distinguir las alegrías verdaderamente duraderas de los placeres inmediatos y engañosos? ¿Cómo podemos encontrar en la vida la verdadera alegría, aquella que dura y no nos abandona ni en los momentos más difíciles?

    En la hora de la pasión de Jesús, este amor se manifiesta con toda su fuerza. Él, en los últimos momentos de su vida terrena, en la cena con sus amigos, dice: «Como el Padre me ha amado, así os he amado yo; permaneced en mi amor… Os he hablado de esto para que mi alegría esté en vosotros, y vuestra alegría llegue a plenitud» (Jn 15,9.11). Jesús quiere introducir a sus discípulos y a cada uno de nosotros en la alegría plena, la que Él comparte con el Padre, para que el amor con que el Padre le ama esté en nosotros (cf. Jn 17,26). La alegría cristiana es abrirse a este amor de Dios y pertenecer a Él.

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