Ninguna obra prospera si no hay por encima de ella una responsabilidad

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Pensemos en el mundo del trabajo. “Alguien emprende una empresa, empieza un trabajo, algo que sea propio de su profesión. Supongamos el mejor caso, esto es, que esté en su auténtica vocación, que pueda hacer aquello para lo que está dotado, y que lo haga a gusto. Ante todo, tiene gozo por la cosa y pone en juego todas sus fuerzas.

Quizá ya sería necesario que alguien le dijera que ha de mantenerse en la medida de lo posible sin exagerar nada. Y ocurre que, al cabo de poco tiempo se hunde la tensión, y tanto más rápidamente cuanto más violenta fue la puesta en marcha, pero las tareas continúan. ¿Qué será de ellas, si sólo “el gozo de vivir”, el gusto del trabajo, la alegría del éxito, es lo que las sostiene? Entonces se empieza por tener indiferencia, pronto repugnancia y finalmente todo se deshace.

Ninguna obra prospera si no hay por encima de ella una responsabilidad a partir de la cual el hombre hace su trabajo con fidelidad y autosuperación”. (Romano Guardini)

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2 comentarios en “Ninguna obra prospera si no hay por encima de ella una responsabilidad

  1. Una escapatoria posible es la de retrasar las decisiones, engañarnos a nosotros mismos, diciendo que no nos hemos negado, sino que simplemente retrasamos nuestra decisión. Pero ese retraso equivale a no cumplir con el deber. Porque nuestra libertad es una libertad temporal, que sólo dispone plenamente del presente. No sabe si va a disponer de ese otro tiempo futuro. Y, además, después habrá que tomar otras decisiones, que sólo son posibles si tomamos la decisión que ahora corresponde tomar.

    Todas nuestras decisiones hemos de tomarlas en presente, ahora, pero afectan al futuro. No basta con haber decidido una vez, hay que mantener esa decisión a lo largo del tiempo. Hay que asumir la tarea de ser fieles. Si no tuviéramos la intención de ser fieles, estaríamos simplemente jugando a querer, no estaríamos queriendo de verdad.

    Pero la necesidad de ser fieles significa que pueden presentarse muchos obstáculos, y que nos hemos de comprometer, desde ahora mismo, a vencerlos con esfuerzo, teniendo la paciencia que sea necesaria. Por eso, para querer en serio cualquier cosa, es necesario un mínimo de fortaleza.

    La magnanimidad, la grandeza de ánimo que nos permite tener grandes ambiciones, necesita de la fortaleza. Porque el hombre no está hecho para cosas pequeñas. Su corazón necesita de cosas grandes. Sin la fortaleza, seremos incapaces de esas grandes empresas. No ya de terminarlas, ni tan siquiera de empezarlas. Como suele decirse, “sólo de pensarlo, ya cansa”.

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