Tan larga pausa en tan pequeña coma

visitacion.jpgEs una de las primeras bienaventuranzas del evangelio: Bienaventurada tú, que has creído, porque lo que te ha dicho el Señor se cumplirá.

    Su tesoro, más que en lo que dice, está en lo que no dice; lo guarda en una coma oculta entre dos puertas. Entre has creído y porque lo que te ha dicho el Señor se cumplirá, reposa esa coma que contiene un abismo de tinieblas.

    María cree en el mismo momento de la Anunciación. Allí le promete el Señor que su Hijo será rey, y que su reino no tendrá fin. Pero la promesa no se cumple acto seguido. Hay una coma entre medias, y una coma significa «pausa».

    Han pasado dos mil años, y aún no hemos cruzado la coma (ya parece punto y aparte, que no punto y final). Cristo aún no reina en muchos corazones, y el reino que no tendrá fin no cesa de irse instaurando sin llegar a instaurarse del todo. Un día vendrá sobre nosotros, y nos llenaremos de alegría. Pero, entre tanto, somos parte de una divina pausa. Cuando Dios termine de tomar aliento y vuelva a hablar, sabremos que debemos su Reino a la fe de una Virgen. (Autor: José-Fernando Rey Ballesteros)

2 comentarios en “Tan larga pausa en tan pequeña coma

  1. Los santos se tomaron en serio estas palabras de Jesús. Creyeron que su “felicidad” vendría de traducirlas concretamente en su existencia. Y comprobaron su verdad en la confrontación diaria con la experiencia: a pesar de las pruebas, las sombras y los fracasos gozaron ya en la tierra de la alegría profunda de la comunión con Cristo. En él descubrieron, presente en el tiempo, el germen inicial de la gloria futura del reino de Dios.

    Esto lo descubrió, de modo particular, María santísima, que vivió una comunión única con el Verbo encarnado, entregándose sin reservas a su designio salvífico. Por esta razón se le concedió escuchar, con anticipación respecto al “sermón de la montaña”, la bienaventuranza que resume todas las demás: “¡Bienaventurada tú, que has creído, porque lo que te ha dicho el Señor se cumplirá!” (Lc 1, 45).

    La profunda fe de la Virgen en las palabras de Dios se refleja con nitidez en el cántico del Magnificat: “Proclama mi alma la grandeza del Señor; se alegra mi espíritu en Dios, mi salvador; porque ha mirado la humillación de su esclava” (Lc 1, 46-48).

    Con este canto María muestra lo que constituyó el fundamento de su santidad: su profunda humildad. Podríamos preguntarnos en qué consistía esa humildad. A este respecto, es muy significativa la “turbación” que le causó el saludo del ángel: “Alégrate, llena de gracia, el Señor está contigo” (Lc 1, 28). Ante el misterio de la gracia, ante la experiencia de una presencia particular de Dios que fijó su mirada en ella, María experimenta un impulso natural de humildad (literalmente de “humillación”). Es la reacción de la persona que tiene plena conciencia de su pequeñez ante la grandeza de Dios. María se contempla en la verdad a sí misma, a los demás y el mundo.

    Su pregunta: “¿Cómo será eso, pues no conozco varón?” (Lc 1, 34) fue ya un signo de humildad. Acababa de oír que concebiría y daría a luz un niño, el cual reinaría sobre el trono de David como Hijo del Altísimo. Desde luego, no comprendió plenamente el misterio de esa disposición divina, pero percibió que significaba un cambio total en la realidad de su vida. Sin embargo, no preguntó: “¿Será realmente así? ¿Debe suceder esto?”. Dijo simplemente: “¿Cómo será eso?”. Sin dudas ni reservas aceptó la intervención divina que cambiaba su existencia. Su pregunta expresaba la humildad de la fe, la disponibilidad a poner su vida al servicio del misterio divino, aunque no comprendiera cómo debía suceder.

    Esa humildad de espíritu, esa sumisión plena en la fe se expresó de modo especial en su fiat: “He aquí la esclava del Señor, hágase en mí según tu palabra” (Lc 1, 38). Gracias a la humildad de María pudo cumplirse lo que cantaría después en el Magnificat: “Desde ahora me felicitarán todas las generaciones, porque el Poderoso ha hecho obras grandes por mí: su nombre es santo” (Lc 1, 48-49).

    A la profundidad de la humildad corresponde la grandeza del don. El Poderoso realizó por ella “grandes obras” (Lc 1, 49), y ella supo aceptarlas con gratitud y transmitirlas a todas las generaciones de los creyentes. Este es el camino hacia el cielo que siguió María, Madre del Salvador, precediendo en él a todos los santos y beatos de la Iglesia.

    6.Bienaventurada eres tú, María, elevada al cielo en cuerpo y alma. El Papa Pío XII definió esta verdad “para gloria de Dios omnipotente (…), para honor de su Hijo, Rey inmortal de los siglos y vencedor del pecado y de la muerte, para aumento de la gloria de la misma augusta Madre, y gozo y regocijo de toda la Iglesia” (Munificentissimus Deus: AAS 42 [1950] 770).

    Y nosotros nos regocijamos, oh María elevada al cielo, en la contemplación de tu persona glorificada y, en Cristo resucitado, convertida en colaboradora del Espíritu Santo para la comunicación de la vida divina a los hombres. En ti vemos la meta de la santidad a la que Dios llama a todos los miembros de la Iglesia. En tu vida de fe vemos la clara indicación del camino hacia la madurez espiritual y la santidad cristiana.

    Contigo y con todos los santos glorificamos a Dios trino, que sostiene nuestra peregrinación terrena y vive y reina por los siglos de los siglos. Amén.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s