Dios ama al que da con alegría y sin aspavientos

dar con alegría

Dios ama al que da con alegría, con la espontaneidad que nace de un corazón enamorado, sin los aspavientos de quien se entrega como si prestara un favor. San Josemaría, Amigos de Dios, 140.

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2 comentarios en “Dios ama al que da con alegría y sin aspavientos

  1. Dios ama al que da, al que se da, con alegría. La Iglesia tiene la vocación de llevar la alegría al mundo; al fin y al cabo, es el suyo «un mensaje de alegría y esperanza».
    El corazón humano está hecho para la alegría. Me impresionó siempre el arranque de la I-II de la Summa Theologiae de Tomás de Aquino en que se cuestiona —con aquella vieja técnica de sucesivas preguntas a favor y en contra— sobre el posible fin último del ser humano. La conclusión se impone después de muchas y densas páginas: sólo puede serlo la felicidad.

    Esa gran aspiración vale sobre todo para los jóvenes, porque viven, un tiempo de apertura hacia el futuro, donde se manifiestan los grandes deseos de felicidad, de amistad, de compartir y de verdad; donde uno es impulsado por ideales y se conciben proyectos. La cuestión está en cómo encontrar la verdadera alegría, aquella que dura y no nos abandona ni en los momentos más difíciles.

    Es preciso aceptar la realidad profunda de que Dios es la fuente de todas las alegrías auténticas, ya sean las pequeñas del día a día o las grandes de la vida (…) Dios quiere hacernos partícipes de su alegría, divina y eterna, haciendo que descubramos que el valor y el sentido profundo de nuestra vida está en el ser aceptados, acogidos y amados por Él.

    Pero no basta el primer encuentro con el Amor. Son necesarias sucesivas conversiones que garanticen la permanencia de la felicidad, también cuando llegan las dificultades ordinarias o las más fuertes. Entonces quizás se descubra, como enseñaba San Josemaría Escrivá, que la alegría tiene sus raíces en forma de Cruz. En la cruz entregó su vida porque nos ama. La contemplación de un amor tan grande da a nuestros corazones una esperanza y una alegría que nada puede destruir.

    La alegría está íntimamente unida al amor; ambos son frutos inseparables del Espíritu Santo. Amar significa constancia, fidelidad, tener fe en los compromisos. Para entrar en la alegría del amor, estamos llamados también a ser generosos, a no conformarnos con dar el mínimo, sino a comprometernos a fondo, con una atención especial por los más necesitados. El mundo necesita hombres y mujeres competentes y generosos, que se pongan al servicio del bien común.

    Conozco las tentaciones y las debilidades humanas. También los escollos que provienen de la cultura dominante en tantos sectores del mundo actual. Pero Cristo dejó a la Iglesia los remedios que permiten caminar y culminar la meta: en concreto, el sacramento del perdón que es, con otras palabras, el sacramento de la alegría reencontrada.

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