No seas gente. Sé amante, enamorado, apasionado y loco

enamoradaAunque san Lucas cuenta por miles (eran unos cinco mil hombres), hoy se cuentan por millones las almas que se acercan a recibir el Pan de vida. Sin embargo, nada hay en la Iglesia más íntimo, secreto y personal que la comunión. Nos hace a todos uno, pero en cada alma se vive una aventura jamás sucedida.

Escribo para quienes aman. Hay quien comulga en pecado, y hace con el Cuerpo de Cristo lo que hicieron quienes lo crucificaron. Hay quien comulga como el que come pan, y en su alma no sucede absolutamente nada, salvo la soledad de un Cristo recibido con frialdad. Hay quien comulga como quien deglute en una comida familiar, mirando hacia fuera, mientras el Dueño de la casa pasa inadvertido.

    Se los dio a los discípulos para que se los sirvieran a la gente… En las manos de los sacerdotes ha puesto Dios el Pan de vida. Pero, cuando ese Pan llega a ti, no seas gente. Sé amante, enamorado, apasionado y loco. Recibe con amor a quien en Amor viene. Convierte cada comunión en un momento irrepetible… Y, si puedes, comulga todos los días. ¿No se besan cada día quienes de verdad se aman?

Autor: José-Fernando Rey

2 comentarios en “No seas gente. Sé amante, enamorado, apasionado y loco

  1. Un cierto deseo de participación activa a nivel social ha suplantado la exigencia antes fuertemente sentida del estado de gracia para acercarse a la comunión. Por eso es preciso recordar la enseñanza de la tradición católica sobre la distinción y la unidad entre la comunión sacramental y la comunión espiritual como ha sido comprendida y trasmitida en el curso de los siglos.
    Desde los orígenes, san Pablo intervino con toda claridad sobre las disposiciones requeridas para comer y beber dignamente el cuerpo y la sangre del Señor: Examínese, por tanto, cada uno a sí mismo, y entonces coma del pan y beba del cáliz; porque el que come y bebe sin discernir el Cuerpo, come y bebe su propia condenación (1Cor 11,28-29). Entre esas disposiciones resaltan en primer plano la caridad y la unidad de las que adolecían los Corintios, a los que dirigía esa advertencia. En el capítulo anterior, el Apóstol indica el fundamento de estas disposiciones: El pan que partimos, ¿no es la comunión del Cuerpo de Cristo? Puesto que el pan es uno, muchos somos un solo cuerpo, porque todos participamos de un solo pan (1Cor 10,16-17). El Apóstol une así inseparablemente el cuerpo eucarístico de Cristo y su cuerpo eclesial.

    San Agustín prologa esta doctrina paulina de la unión espiritual al cuerpo sacramental y eclesial de Cristo: Si sois el cuerpo y los miembros de Cristo, en la mesa del Señor se establece vuestro misterio. A lo que sois respondéis: Amén, y respondiendo lo suscribís. Pues se te dice: El Cuerpo de Cristo, y tú respondes: Amén. Eres miembro del cuerpo de Cristo, porque sea verdadero tu Amén.

    En resumen, hay un modo perfecto y un modo imperfecto de comulgar: el modo perfecto identifica comunión sacramental y espiritual, donde la primera nutre a la segunda; el modo imperfecto es tanto el de la comunión sacramental sin el efecto espiritual por falta de disposiciones, como la comunión espiritual de deseo (in voto) sin la comunión sacramental por cualquier impedimento. Teresa de Jesús exhortaba a sus hijas a esta práctica provechosa: Y cuando no comulgareis, hijas, y oyereis misa, podéis comulgar espiritualmente, que es de grandísimo provecho, y hacer lo mismo de recogeros después en vos, que es mucho lo que se imprime el amor así de este Señor. Porque aparejándonos a recibir, jamás por muchas maneras deja de dar que no entendemos. Es llegarnos al fuego que, aunque le haya muy grande, si estáis desviadas y escondéis las manos, mal os podéis calentar, aunque todavía da más calor que no estar adonde no haya fuego. Mas otra cosa es querernos llegar a Él, que si el alma está dispuesta −digo que esté con deseo de perder el frío− y se está allí un rato, para muchas horas queda con calor (Camino de Perfección, V, 35, 2).

    La tradición católica se apoya sobre todo en la doctrina del Concilio de Trento a propósito de la comunión eucarística, en respuesta a las posiciones protestantes. Se distinguen claramente tres casos: la comunión sacramental de quien está en estado de pecado, que no es espiritual porque es indigna; la comunión espiritual sin alimentarse del sacramento; y la comunión perfecta, sacramental y espiritual: Con mucha razón y prudencia han distinguido nuestros Padres respecto del uso de este Sacramento tres modos de recibirlo. Enseñaron, pues, que algunos lo reciben sólo sacramentalmente, como son los pecadores; otros sólo espiritualmente, es a saber, aquellos que recibiendo con el deseo este celeste pan, perciben con la viveza de su fe, “que obra por amor” (Gal 5,6), su fruto y utilidades; los terceros son los que le reciben sacramental y espiritualmente a un mismo tiempo; y tales son los que se preparan y disponen antes de tal modo, que se presentan a esta divina mesa adornados con las vestiduras nupciales (cf. Mt 22,11s) (Concilio de Trento, Sesión XIII, Capítulo VIII).

    La unidad y la distinción de las dos formas de comunión no siempre es claramente percibida en nuestros días a causa de una cierta banalización de la comunión que mencionábamos al comienzo, que es lo opuesto a la falta de la práctica de la comunión sacramental durante siglos, que el jansenismo agravó en los tiempos modernos por exceso de moralismo, pero que san Pío X eficazmente combatió con la promoción de la comunión frecuente.

    Influenciados por esos episodios, algunos consideran que la comunión espiritual es una alternativa insuficiente (sucedáneo) para proponerla a las personas divorciadas y vueltas a casar.

    FUENTE: Card. Marc Oullet, Prefecto de la Congregación de los Obispos.

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