La Iglesia y el mundo tienen una gran necesidad del culto eucarístico

14546_adoracion_eucaristica.jpgArrodillarse o inclinarse profundamente en señal de adoración al Señor expresa de una forma viva nuestra fe en la presencia real de Cristo en la Eucaristía. Hacer la genuflexión al pasar por delante del Sagrario. (Anécdota: en una iglesia entró un profesor con sus alumnos y al pasar por delante del sagrario todos iban haciendo su genuflexión, al verlo el párroco le comentó al profesor: “ese gesto es más pedagógico para los fieles que una encíclica sobre la eucaristía”).

El Sagrario (tabernáculo) surgió como un lugar para guardar dignamente la Eucaristía que iba a ser llevada a los enfermos y aquellos que no podían participar de la misa. Con el tiempo, la Iglesia fue tomando conciencia del sentido que tenía la adoración silenciosa del Señor presente bajo las especies eucarísticas en el Sagrario y fue situándose en un lugar específicamente digno de la iglesia; y se fue adornando y ennobleciendo para manifestar la verdad de la presencia real de Cristo. Recuerdas la escena: Aquella mujer que en casa de Simón el leproso, en Betania, unge con rico perfume la cabeza del Maestro, nos recuerda el deber de ser espléndidos en el culto de Dios. –Todo el lujo, la majestad y la belleza me parecen poco. –Y contra los que atacan la riqueza de vasos sagrados, ornamentos y retablos, se oye la alabanza de Jesús: “opus enim bonum operata est in me” –una buena obra ha hecho conmigo (Camino, 527). Los santos han sido siempre cuidadosos con el culto porque así manifiestan su cariño de enamorados. Los que se aman se obsequian con cosas de valor, para expresar así la medida de su amor: Los enamorados no se regalan trozos de hierro ni sacos de cemento, sino cosas preciosas: lo mejor que tienen: cuando ellos cambien, cambiaremos de parecer nosotros (san Josemaría).

No deja de maravillar que Cristo haya querido hacerse presente entre nosotros de esta manera tan singular. “Considerad la experiencia, tan humana, de la despedida de dos personas que se quieren. Desearían estar siempre juntas, pero el deber —el que sea— les obliga a alejarse. Su afán sería continuar sin separarse, y no pueden. El amor del hombre, que por grande que sea es limitado, recurre a un símbolo: los que se despiden se cambian un recuerdo, quizá una fotografía, con una dedicatoria tan encendida, que sorprende que no arda la cartulina. No logran hacer más porque el poder de las criaturas no llega tan lejos como su querer.
Lo que nosotros no podemos, lo puede el Señor. Jesucristo, perfecto Dios y perfecto Hombre, no deja un símbolo, sino la realidad: se queda El mismo. Irá al Padre, pero permanecerá con los hombres. No nos legará un simple regalo que nos haga evocar su memoria, una imagen que tienda a desdibujarse con el tiempo, como la fotografía que pronto aparece desvaída, amarillenta y sin sentido para los que no fueron protagonistas de aquel amoroso momento. Bajo las especies del pan y del vino está El, realmente presente: con su Cuerpo, su Sangre, su Alma y su Divinidad”
(san Josemaría).

“La Iglesia y el mundo tienen una gran necesidad del culto eucarístico. Jesús nos espera en este sacramento del amor. No escatimemos tiempo para ir a encontrarlo en la adoración, en la contemplación llena de fe y abierta a reparar las faltas graves y delitos del mundo. No cese nunca nuestra adoración” (Juan Pablo II, lit. Dominicae Cenae, 3). El templo (o el oratorio) es el lugar para la adoración del Santísimo Sacramento. Escoger bien un lugar propicio no es indiferente para la verdad de la oración.

Aquí os dejo con este vídeo del P. Robert Barron hablándonos de la presencia real de Cristo en la eucaristía:

2 comentarios en “La Iglesia y el mundo tienen una gran necesidad del culto eucarístico

  1. La Iglesia vive de la Eucaristía. Esta verdad no expresa solamente una experiencia cotidiana de fe, sino que encierra en síntesis el núcleo del misterio de la Iglesia. Ésta experimenta con alegría cómo se realiza continuamente, en múltiples formas, la promesa del Señor: « He aquí que yo estoy con vosotros todos los días hasta el fin del mundo » (Mt 28, 20); en la sagrada Eucaristía, por la transformación del pan y el vino en el cuerpo y en la sangre del Señor, se alegra de esta presencia con una intensidad única. Desde que, en Pentecostés, la Iglesia, Pueblo de la Nueva Alianza, ha empezado su peregrinación hacia la patria celeste, este divino Sacramento ha marcado sus días, llenándolos de confiada esperanza.

    Con razón ha proclamado el Concilio Vaticano II que el Sacrificio eucarístico es « fuente y cima de toda la vida cristiana ». « La sagrada Eucaristía, en efecto, contiene todo el bien espiritual de la Iglesia, es decir, Cristo mismo, nuestra Pascua y Pan de Vida, que da la vida a los hombres por medio del Espíritu Santo » [. Por tanto la mirada de la Iglesia se dirige continuamente a su Señor, presente en el Sacramento del altar, en el cual descubre la plena manifestación de su inmenso amor

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