Los golpes son necesarios para arrancar lo que sobra

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Los golpes son necesarios para arrancar lo que sobra del gran bloque de mármol. Así esculpe Dios en las almas la imagen de su Hijo. ¡Agradece al Señor esas delicadezas! San Josemaría. Via Crucis, 6

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  1. La virtud de la fortaleza nos hace fuertes para la lucha por ser fieles a Dios, pero normalmente no evita la angustia y el miedo, las fluctuaciones de la sensibilidad y la repugnancia ante el sufrimiento. «Hay una manera incomparablemente superior de triunfar de todo miedo y de moderar toda audacia, en presencia de todas las dificultades, aun de las más imprevistas, frente a los más temibles peligros de muerte, sin doblegarse lo más mínimo: cuando Dios en Persona suple las limitaciones de la naturaleza humana, convirtiéndose en sostén de sus hijos. Entonces, la fortaleza sobrehumana y sonriente de los siervos de Dios y de los mártires carece de límites. Dios es su invencible Fuerza. Él les conserva en medio de las mayores torturas en su inmutable paz»[49], pues la esencia del don de fortaleza consiste precisamente en revestir al hombre de la fuerza misma de Dios.

    El don de fortaleza robustece el alma para practicar, por instinto del Espíritu Santo, todas las virtudes heroicas con invencible confianza en superar los mayores peligros o dificultades. Esta confianza en la victoria es una de las diferencias fundamentales entre la virtud y el don de fortaleza. Como afirma Santo Tomás, «la fortaleza como virtud da al alma fuerza para soportar toda suerte de peligros, pero no puede darle la seguridad de que se librará de todos ellos; esto lo hace el don de fortaleza»[50].

    El don de fortaleza proporciona al cristiano una energía y determinación inquebrantables en la búsqueda de la santidad. «Digo que importa mucho, y el todo, una grande y muy determinada determinación de no parar hasta llegar a ella (la santidad), venga lo que viniere, suceda lo que sucediere, trabájese lo que se trabajare, murmure quien murmurare, siquiera llegue allá, siquiera se muera en el camino o no tenga corazón para los trabajos que hay en él, siquiera se hunda el mundo»[51]. Esta fortaleza es don del Espíritu Santo.

    Otra consecuencia del don de fortaleza es la completa destrucción de la tibieza, que se debe casi siempre a la falta de fortaleza para superar las dificultades que se oponen a la santidad.

    El don de fortaleza transforma al cristiano y lo convierte en valiente testigo de Cristo ante cualquier peligro o enemigo, como vemos que sucede a los Apóstoles el día de Pentecostés: desaparece la cobardía que les había llevado a dejar solo a Jesús, incluso a negarle, como Pedro, y se presentan ante el pueblo y, más tarde, ante el Sanedrín con una valentía que nadie puede doblegar.

    El don de fortaleza no sólo lleva al heroísmo en lo grande, sino también al heroísmo en lo pequeño, a la fidelidad en el cumplimiento de los pequeños deberes de cada instante.

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