La castidad forma parte de la vocación humana

vocacion

Cada persona tiene una vocación específica que está llamada a descubrir y a construir durante toda su vida. Esta vocación es, al mismo tiempo, una llamada de Dios y una elección libre: se concreta con el tiempo. En parte, depende de nuestra magnanimidad. Hay circunstancias que es preciso saber captar, decisiones impulsivas, el gusto por el riesgo, o al contrario, la tendencia a evitar todo que lo podría complicarnos la existencia, aunque solo fuera un poco. Tejemos nuestro destino como la araña su tela, decía François Mauriac. La vida, de la cual somos en parte responsables, nos enseña quiénes somos y nos va forjando.

La vocación es una luz: abordar la existencia desde esta perspectiva da sentido a todas las situaciones. La vocación es también una fuerza para emprender, una palanca de apoyo. Otorga un motivo a la vida y proporciona gran seguridad: se sabe adónde se va. Esta certeza no tiene precio. (…)

Todo esto concierne también a la pureza: en efecto, la castidad forma parte de la vocación humana. Por lo tanto, la vocación global de una persona es a la vez una llamada a recibir gracias en ese ámbito, para vivir de acuerdo con aquello a lo que cada uno ha sido convocado. Esta conformidad solo es posible si Dios nos conduce, y si nosotros ponemos los medios que haya nuestro alcance. Desde la perspectiva cristiana, la fidelidad no está asegurada nunca, pero se puede confiar, y aún más, esperar. En efecto, la esperanza se basa en la fe en la Providencia de Dios; es una esperanza humana transformada por la certeza de que Dios está con nosotros y nos ama. Las disposiciones del corazón están llamadas a conformarse con las de Dios, que conduce todo hacia su perfección con una solicitud concreta e inmediata. Con la esperanza, y en la certeza de ser amado, la felicidad comienza ya en la tierra, aunque de modo imperfecto: en el más allá, la posesión del bien esperado, Dios, proporcionará una alegría que nos colmará sin saciarnos, mientras que las felicidades de aquí abajo, sean de la duración que sean, siempre conllevan algo de insatisfacción.

Del libro: Amor y desamor de G. Derville

3 comentarios en “La castidad forma parte de la vocación humana

  1. Desde el punto de vista teológico, la virtud de la castidad es posible como participación a la caridad de Cristo, el cual en el Espíritu dona a cada uno la capacidad de amar según su específica forma vocacional.

    La teología del matrimonio afirma que la gracia propia del sacramento es la caritas coniugalis (el amor esponsal): la capacidad que viene donada a los esposos de amarse en la verdad, de querer el bien del otro según la perfección del amor de Cristo. Esto implica un trabajo sobre sí y sobre la propia relación conyugal: una tarea de ascesis y de crecimiento para secundar el Espíritu e integrar toda la riqueza de la vida afectiva y sexual dentro del amor. Se llega así a captar también otra verdad teológica tradicional, hoy silenciada: aquella por la cual el matrimonio es un “remedio a la concupiscencia”. Si la concupiscencia es aquel desorden interior por el que los dinamismos inferiores obstaculizan la libertad del don de sí, la gracia propia del matrimonio consiste precisamente en el hecho de que el Espíritu dona a la libertad de los esposos la posibilidad de remediar la desintegración, para poder realizar el don de sí y la acogida del otro. El Espíritu actúa en la vida de los esposos con la fuerza redentora de Cristo, donando el amor sobrenatural, renovando el sentido del profundo respeto por la realidad sagrada de la persona y de su amor en el proyecto de Dios.

    Para aquellos que son llamados a la virginidad por el Reino de los cielos, la castidad no significa sólo continencia. La continencia no es nunca un fin en sí misma: existe para el don de sí y la acogida del otro. Por esto, también en la perspectiva vocacional del consagrado, la castidad es parte del dinamismo espiritual de la caridad: caridad pastoral para el sacerdote y para el obispo; caridad de servicio y dedicación a la oración para los religiosos. También para los consagrados la castidad es condición de amor y de fecundidad. Es la disponibilidad a hacer que, en la renuncia a la forma natural del amor, la propia existencia sea el lugar mediante el cual Cristo realiza su amor universal.

    La castidad, por lo tanto, no es nunca una perfección de la persona en sí misma, sino la virtud que mira a hacer posible el ex-tasis: salir fuera de sí misma, para acoger a la otra persona y donarse.

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