Les exhorto…a que ofrezcan sus cuerpos como ofrenda viva, santa, agradable a Dios

caridad y castidad paisajeSeguimos con el libro “Amor y desamor” de G. Derville. Esta vez el autor se centra en el papel facilitador de la caridad en el desarrollo de la existencia cristiana: con la ayuda de Dios, y siguiendo sus inspiraciones, es posible resistir a la concupiscencia de la carne. Como reconoce un poeta contemporáneo, «nuestro verdadero vínculo con los demás –vínculo de amistad o de amor fundado en una confianza sin falla– no es posible sino en la luz de la transcendencia» (F. Cheng).

Durante un discurso centrado en la vida cristiana según la caridad, san Pablo escribe lo siguiente: «Os exhorto, por tanto, hermanos, por la misericordia de Dios, a que ofrezcáis vuestros cuerpos como ofrenda viva, santa, agradable a Dios: este es vuestro culto espiritual» (Rm 12, 1; espiritual: «logikèn»; «rationabile»). La ofrenda del «cuerpo» indica aquí que es la persona misma la que ha de entregarse a Dios (sin limitarse a los cultos externos). Refiriéndose al auténtico culto espiritual, el apóstol de las gentes introduce una viva invitación a la caridad como amor oblativo. La castidad, sea en el matrimonio o fuera de él, está íntimamente ligada a la caridad. Como dice san Bernardo, «por mucha que sea la hermosura de la castidad, no tiene valor ni mérito alguno sin la caridad […]. La castidad sin la caridad es un candil sin aceite».

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4 comentarios en “Les exhorto…a que ofrezcan sus cuerpos como ofrenda viva, santa, agradable a Dios

  1. Desde el punto de vista teológico, la virtud de la castidad es posible como participación a la caridad de Cristo, el cual en el Espíritu dona a cada uno la capacidad de amar según su específica forma vocacional.

    La teología del matrimonio afirma que la gracia propia del sacramento es la caritas coniugalis (el amor esponsal): la capacidad que viene donada a los esposos de amarse en la verdad, de querer el bien del otro según la perfección del amor de Cristo. Esto implica un trabajo sobre sí y sobre la propia relación conyugal: una tarea de ascesis y de crecimiento para secundar el Espíritu e integrar toda la riqueza de la vida afectiva y sexual dentro del amor. Se llega así a captar también otra verdad teológica tradicional, hoy silenciada: aquella por la cual el matrimonio es un “remedio a la concupiscencia”. Si la concupiscencia es aquel desorden interior por el que los dinamismos inferiores obstaculizan la libertad del don de sí, la gracia propia del matrimonio consiste precisamente en el hecho de que el Espíritu dona a la libertad de los esposos la posibilidad de remediar la desintegración, para poder realizar el don de sí y la acogida del otro. El Espíritu actúa en la vida de los esposos con la fuerza redentora de Cristo, donando el amor sobrenatural, renovando el sentido del profundo respeto por la realidad sagrada de la persona y de su amor en el proyecto de Dios.

    Para aquellos que son llamados a la virginidad por el Reino de los cielos, la castidad no significa sólo continencia. La continencia no es nunca un fin en sí misma: existe para el don de sí y la acogida del otro. Por esto, también en la perspectiva vocacional del consagrado, la castidad es parte del dinamismo espiritual de la caridad: caridad pastoral para el sacerdote y para el obispo; caridad de servicio y dedicación a la oración para los religiosos. También para los consagrados la castidad es condición de amor y de fecundidad. Es la disponibilidad a hacer que, en la renuncia a la forma natural del amor, la propia existencia sea el lugar mediante el cual Cristo realiza su amor universal.

    La castidad, por lo tanto, no es nunca una perfección de la persona en sí misma, sino la virtud que mira a hacer posible el ex-tasis: salir fuera de sí misma, para acoger a la otra persona y donarse.
    Fuente: Almudi

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