Entregarse: es en el don de sí donde la persona se realiza plenamente

fotos-de-flores-de-primavera

Seguimos con el libro Amor y desamor de G. Derville. El autor, tras describir la vocación originaria del hombre al amor y el sentido de la libertad interior del don de si, pasa ahora a destacar el valor de la castidad como garante del combate que se libra entre la donación del amor y la apropiación de la concupiscencia. La castidad hace posible el don de sí donde la persona se realiza plenamente.

«La castidad significa la integración lograda de la sexualidad en la persona, y por ello en la unidad interior del hombre en su ser corporal y espiritual» (CCE, 2337). Vivir en un cuerpo no es un hecho accidental para el alma humana. La unidad sustancial del alma y el cuerpo y su equilibrio adecuado, y la realización de la persona como tal, están estrechamente unidos a la castidad. Es preciso poseerse verdaderamente para poder entregarse. La castidad –añade el Catecismo– comporta «la integridad de la persona y la integridad del don», y es tan válida para el matrimonio como para el celibato. San Josemaría lo concretaba así: «Por vocación divina, unos habrán de vivir esa pureza en el matrimonio; otros, renunciando a los amores humanos, para corresponder única y apasionadamente al amor de Dios. Ni unos ni otros esclavos de la sensualidad, sino señores del propio cuerpo y del propio corazón, para poder darlo sacrificadamente a otros». Evidentemente, esta afirmación no niega, como lo atestigua su enseñanza, que las personas casadas puedan y deban amar a Dios apasionadamente. Entregarse: es en el don de sí donde la persona se realiza plenamente.

En consecuencia, la construcción de la identidad depende en gran medida de las relaciones interpersonales. Basta pensar en el don de la palabra, que es propio de la persona humana y que no puede adquirirse más que con un aprendizaje en el que es indispensable la ayuda de otro: el niño es exactamente «infans»: etimológicamente, «que no sabe hablar». El auténtico don de sí consolida al ser. En sentido inverso, podríamos afirmar que una falta de pureza desvela y amplía una crisis de identidad y un déficit de amor. Dios se revela salvándonos, y la salvación se encuentra en el hecho de recibir la revelación. El conocimiento de Dios va a la par del amor, manifestado de un modo supremo en el don de Jesucristo y, por nuestra parte, en la acogida de ese don.

En su catequesis sobre la espiritualidad del matrimonio, Juan Pablo II afirma: «El amor está unido a la castidad conyugal que, manifestándose como continencia, realiza el orden interior de la convivencia conyugal». La continencia se define así como «la capacidad de dominar, controlar y orientar las pulsiones de carácter sexual (concupiscencia de la carne) y sus consecuencias en la subjetividad psicosomática del hombre». La continencia consiste en la abstención total de relaciones (continencia perfecta), o en el dominio de las pasiones (que en el caso del matrimonio no coincide con la abstención). «Por pureza –explica Juan Pablo II en un comentario a la Carta a los Gálatas– se debe entender el modo justo de tratar la esfera sexual según el estado personal (y no necesariamente una abstención absoluta de la vida sexual). Entonces, indudablemente, tal “pureza” está comprendida en el concepto paulino de “dominio de sí” o “enkráteia”».
San Pablo, en efecto, opone a las «obras de la carne» los «frutos del Espíritu»: «Caminad en el Espíritu y no deis satisfacción a la concupiscencia de la carne. Porque la carne tiene deseos contrarios al espíritu y el espíritu tiene deseos contrarios a la carne, porque ambos se oponen entre sí, de modo que no podéis hacer lo que os gustaría. Si os dejáis conducir por el Espíritu, no estáis sujetos a la Ley. Ahora bien, están claras cuáles son las obras de la carne: la fornicación, la impureza, la lujuria, la idolatría, la hechicería, las enemistades, los pleitos, los celos, las iras, las riñas, las discusiones, las divisiones, las envidias, las embriagueces, las orgías y cosas semejantes. Sobre ellas os prevengo, como os he dicho, que los que hacen esas cosas no heredarán el Reino de Dios. En cambio, los frutos del Espíritu son la caridad, el gozo, la paz, la longanimidad, la benignidad, la bondad, la fe, la mansedumbre, la continencia. Contra estos frutos no hay ley. Los que son de Jesucristo han crucificado su carne con sus pasiones y concupiscencias» (Gal 5, 16-24). Así, como explica san Juan Pablo II, «la convicción de que la virtud de la continencia “se opone” a la concupiscencia de la carne es justa, pero no es del todo completa. No es completa, especialmente, si tenemos en cuenta el hecho de que esta virtud no aparece y no actúa en abstracto, y por lo tanto, aisladamente, sino siempre en conexión con las otras virtudes (nexus virtutum), y, por consiguiente, en conexión con la prudencia, la justicia, la fortaleza y, sobre todo, con la caridad».

4 comentarios en “Entregarse: es en el don de sí donde la persona se realiza plenamente

  1. En los primeros tiempos del cristianismo, en la sociedad del bajo imperio romano, la situación de la sexualidad humana era muy semejante a la que hoy vive un buen número de hombres y de mujeres en el Occidente. En aquel entonces, los primeros cristianos convirtieron la sociedad. ¿Hemos perdido la fe que vivieron ellos?

    “La compleja realidad social y los desafíos que la familia está llamada a afrontar hoy requieren un compromiso mayor de toda la comunidad cristiana para la preparación de los prometidos al matrimonio. Es preciso recordar la importancia de las virtudes. Entre éstas, la castidad resulta condición preciosa para el crecimiento genuino del amor interpersonal. Respecto a esta necesidad, los Padres sinodales eran concordes en subrayar la exigencia de una mayor implicación de toda la comunidad, privilegiando el testimonio de las familias, además de un arraigo de la preparación al matrimonio en el camino de iniciación cristiana, haciendo hincapié en el nexo del matrimonio con el bautismo y los otros sacramentos. Del mismo modo, se puso de relieve la necesidad de programas específicos para la preparación próxima al matrimonio que sean una auténtica experiencia de participación en la vida eclesial y profundicen en los diversos aspectos de la vida familiar”.

    Con este párrafo, n. 39, la Relación final de la primera parte del Sínodo introdujo el tema de la Castidad en la reflexión sobre la familia que se está llevando a cabo.

    En las Preguntas sobre la recepción y la profundización de la ‘Relatio Synodi’, que la diócesis ha enviado a las parroquias para recibir opiniones y sugerencias, la palabra Castidad no aparece, cuando se trata de decir algo sobre esa preparación. ¿Por qué?

    En el Mensaje para la Jornada de la Juventud , el Papa Francisco les dijo a los jóvenes:

    “Al mismo tiempo os invito a descubrir la belleza de la vocación humana al amor, os pido que os rebeléis contra esa tendencia tan extendida de banalizar el amor, sobre todo cuando se intenta reducirlo solamente al aspecto sexual, privándolo así de sus características esenciales de belleza, comunión, fidelidad y responsabilidad. Queridos jóvenes, en la cultura de lo provisional, de lo relativo, muchos predican que lo importante es “disfrutar” el momento, que no vale la pena comprometerse para toda la vida, hacer opciones definitivas, “para siempre”, porque no se sabe lo que pasará mañana. Yo, en cambio, os pido que seáis revolucionarios, os pido que vayáis contracorriente; si, en esto os pido que os rebeléis contra esa cultura de lo provisional, que, en el fondo, cree que vosotros no sois capaces de asumir responsabilidades, cree que vosotros no sois capaces de amar verdaderamente. Yo tengo confianza en vosotros, jóvenes, y pido por vosotros. Atreveos a “ir contracorriente”.

    Es claro que el Papa habla del amor vivido en el matrimonio; y para que esa “revolución” sea una realidad −ya lo es en muchos más casos de lo que la gente piensa− es necesario volver a hablar de Castidad, en el más pleno sentido cristiano de la palabra.

    La Iglesia ha sido, y es, muy sabia, al rechazar de plano las llamadas “relaciones prematrimoniales”, o lo que ahora se nombra como “convivencias en preparación para el matrimonio”; que, dicho en términos muy generales, nada tienen de “positivo”.

    Y sigue siendo muy sabia, cuando hace suyo en el Catecismo de la Iglesia Católica, n. 2361, esta afirmación de la Familiaris consortio, n. 11, Exhortación apostólica de San Juan Pablo II:

    “La sexualidad, mediante la cual el hombre y la mujer se dan el uno al otro con los actos propios y exclusivos de los esposos, no es algo puramente biológico, sino que afecta al núcleo íntimo de la persona humana en cuanto tal. Ella se realiza de modo verdaderamente humano solamente cuando es parte integral del amor con el que el hombre y la mujer se comprometen totalmente entre sí hasta la muerte”.

    Pienso que más claro, y preciso, no se ha podido decir.

    En los primeros tiempos del cristianismo, en la sociedad del bajo imperio romano, la situación de la sexualidad humana era muy semejante a la que hoy vive un buen número de hombres y de mujeres en el Occidente. En aquel entonces, los primeros cristianos convirtieron la sociedad. ¿Hemos perdido la fe que vivieron ellos?

    ¡Qué bien haría el Sínodo, recordando en su relación final, la grandeza, la belleza, de llegar vírgenes al matrimonio, hombres y mujeres!

    Fuente: Almudi

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s