13 de mayo: ¡Madre! —Llámala fuerte, fuerte. —Te escucha

13166848_898096303668881_1008522090_n.jpg¡Madre! —Llámala fuerte, fuerte. —Te escucha, te ve en peligro quizá, y te brinda, tu Madre Santa María, con la gracia de su Hijo, el consuelo de su regazo, la ternura de sus caricias: y te encontrarás reconfortado para la nueva lucha. San Josemaría. Camino, 516

2 comentarios en “13 de mayo: ¡Madre! —Llámala fuerte, fuerte. —Te escucha

  1. Este amor a Nuestra Madre, Mons. Escrivá de Balaguer lo llevaba a la práctica diaria de modo constante: «La Virgen, Madre del Señor y Madre nuestra, comentaba de modo gráfico, es el atajo para llegar a Dios.

    Con qué ilusión diaria recorría el Padre personalmente ese trayecto. Apenas comenzaba su mañana, después de un serviam! rendido a la T rinidad, le hemos visto coger cuidadosamente una imagen de la Virgen, que tenía junto a la cabecera de su cama, y en sus manos —con un beso de devoción— daba ya su primer paso, se podía decir que coincidía con su primer paso físico, porque luego se adelantaba para dejar en su sitio la imagen. A continuación, en cauce sereno, recordando oraciones aprendidas de sus padres, renovada para aquel día el ofrecimiento de todo su ser y de todo su quehacer, aceptando lo que el Señor dispusiera.

    ¿Cómo era su devoción a la Virgen, expresada sin interrupción, contando con Ella para todo ya desde el punto de la mañana? Tierna y recia, honda y sincera, alegre y serena, entusiasmada y piadosa, cada vez con más renovado amor de enamorado apasionado. No era posible oírle hablar de la Madre de Dios sin quedarse removidos o, al menos, convencidos de que la amaba con locura. En sus palabras se unían una piedad filial, que desarmaba toda resistencia, y una sabiduría teológica, que atraía por la fuerza convincente de su luz» .

    Considerando ese vivir en la presencia de la Madre de Dios, comenta Mons. Javier Echevarría: «solía el Padre, en su trabajo, en sus traslados de un lugar a otro, en sus oraciones vocales, en su conversación habitual…, siempre, buscar el recurso mariano —quizá con una mirada a una imagen—, y pensaba cómo se comportaría Ella en esa ocupación concreta: hazlo, nos ha repetido con incansable machaconería, «y comprobarás que con la Virgen hasta lo difícll se vuelve fácll, y lo que parece monótono adquiere un relieve distinto y atractivo». Tenía en la mesa donde trabajaba una tabla pequeña con una Dolorosa. No se recataba en besarla piadosamente muchas veces, también cuando el peso de la fatiga se hacía sentir, y luego recogía de nuevo su atención sobre los papeles, que salían de sus manos con la seguridad de que Ella había presidido su estudio y de que el Señor había dirigido su decisión» .

    Todo ese querer a la Madre de Dios fue, lógicamente, correspondido del modo inefablemente generoso con que Nuestra Madre se vuelca con sus hijos: «Que la Virgen Santísima nos oye, es una realidad que Mons. Escrivá de Balaguer exponía con todo el vigor de su fe. operativa: porque, desde que era muy pequeño —y luego, durante todos sus años—, se fió de Ella con entera confianza, creyó y se abandonó a su protección como creen y se abandonan los niños en brazos de su madre, y la Virgen siempre llenó su corazón saturándolo con creces, como sólo Ella sabe dar».

    Caricias de madre:
    El Beato Josemaría recibió innumerables gracias y luces divinas, que le convirtieron en un instrumento fiel para fundar el Opus Dei el 2 de octubre de 1928, y abrir así, en servicio de la Iglesia, un nuevo camino de santificación y apostolado en el trabajo profesional y en el cumplimiento de los deberes ordinarios del cristiano, tomando como ocasión para buscar la santidad el propio trabajo y oficio.

    Esta vocación suya le hizo amar más aún el quehacer habitual, pues sabía que eso es lo que debía vivir con heroísmo para ofrecer toda la tarea cotidiana a Dios, como una prolongación del Sacrificio del Altar. Toda su conducta y su predicación fueron precisamente una exaltación del «valor extraordinario —santificador— de lo ordinario» .

    Como ya se ha indicado, las más elevadas gracias las recibió en la fundación del Opus Dei, el 2 de octubre de 1928, y el 14 de febrero de 1930 y el 14 de febrero de 1943, cuando el Señor le comunicó nuevas luces en la Santa Misa, sobre la tarea fundacional. Hubo en su vida otras gracias extraordinarias, orientadas a fortalecerle y socorrerle en esa misión divina.

    Él prácticamente nunca hablaba de estos dones extraordinarios, pues quería dejar claro que era lo ordinario lo que Dios quería que santificásemos.

    Al recibir alguna de esas gracias, su primera reacción era de sorpresa, y después abría su alma al confesor: «a él acudía yo —escribía el 6 de diciembre de 1963—, especialmente cuando el Señor o su Madre Santísima hacían con este pecador «alguna de las suyas», y yo, después de asustarme, porque no quería «aquello», sentía claro y fuerte y sin palabras, en el fondo del alma: «ne timeas!, que soy Yo» .

    Una y otra vez insistía: «El fundamento de la Obra no son los milagros, ni las manifestaciones sobrenaturales de carácter extraordinario, que las ha habido porque Dios ha querido, sino la filiación divina, el trabajo constante de cada día, siempre con optimismo y buena cara» .

    De entre las gracias extraordinarias que recibió de la bondad maternal de la Virgen Santísima, sólo se van a relatar unas pocas que vienen recogidas en los Artículos del Postulador.
    Don José Luis Múzquiz narró en su testimonial: «Si alguna vez nos hablaba de gracias más especiales, lo hacía siempre con un tono de humildad. Un día le oí contar que en los primeros tiempos de la Obra pasaba por grandes dificultades y una imagen de la Virgen, colocada en la fachada de una casa situada en una calle de Madrid, le sonrió. Pero lo que más me impresionó del Padre fue la sencillez y humildad con que comentó: «es lo que necesitaba entonces» .

    También en los Artículos del Postulador se explica: «Otra elocuente manifestación de esta especial providencia de Dios con su Siervo, ocurrió el 22 de noviembre de 1937, durante las duras jornadas en las que el Siervo de Dios, con un pequeño grupo de hijos suyos, atravesaba a pie los Pirineos, en plena guerra civil, para dirigirse a la otra zona de España, pasando por Andorra y Francia. El Siervo de Dios, en una dolorosa noche, pidió a la Santísima Virgen una precisa señal de si era Voluntad del Señor que siguiera adelante. A la primera hora del 22 de noviembre, quienes le acompañaban lo encontraron sereno, alegre, llevando en la mano una rosa de madera estofada: la señal precisa que había pedido a Nuestra Señora»; don Pedro Casciaro añade cómo ante esta delicadeza de la Madre de Dios vio que el Padre tenía el «rostro radiante de alegría y de paz» . Esa rosa de madera se encuentra en la Sede Central del Opus Dei, en Roma.
    Otra gracia especial, relacionada con una estatuilla a la que don Josemaría llamaba la «Virgen de los Besos», y que besaba siempre al salir de casa, la recoge Mons. Alvaro del Portillo en una amplia entrevista sobre el Fundador del Opus Dei publicada en un reciente libro:
    «Ahora que disponemos de algunos de sus apuntes íntimos, encontramos en el quinto cuaderno esta anotación suya que refleja al mismo tiempo los favores divinos de los que fue objeto nuestro Fundador, su humildad y su obediencia:

    «Octava del patrocinio de San José, 20-IV-32: (…) Ahora quiero anotar algo, que pone ¡una vez más! de manifiesto la bondad de mi Madre Inmaculada y la miseria mía. Anoche, como de costumbre, me humillé, la frente pegada al suelo, antes de acostarme, pidiendo a mi Padre y Señor San José y a las Ánimas del purgatorio que me despertaran a la hora oportuna. (…) Como siempre que lo pido humildemente, sea una u otra la hora de acostarme, desde un sueño profundo, igual que si me llamaran, me desperté segurísimo de que había llegado el momento de levantarme (…).

    Me levanté y, lleno de humillación, me postré en tierra (…) y comencé mi meditación. Pues bien: entre seis y media y siete menos cuarto vi, durante bastante tiempo, como el rostro de mi Virgen de los Besos se llenaba de alegría, de gozo. Me fije bien: creí que sonreía, porque me hacía ese efecto, pero no se movían los labios. Muy tranquilo, le he dicho a mi Madre muchos piropos.

    Ésto, que acabo de contar de intento con tantos y tan nimios detalles, me había sucedido otras veces, no atreviéndome casi a creerlo. Llegué a hacer pruebas, por si era sugestión mía, porque no admito fácilmente cosas extraordinarias. Inútilmente: la cara de mi Virgen de los Besos, cuando yo positivamente, tratando de sugestionarme, quería que sonriera, seguía con la seriedad hierática que tiene la pobre escultura. En fin, que mi Señora Santa María, en la octava de San José, ha hecho un mimo a su niño. ¡Bendita sea su pureza! Día de San Marcos, 25-IV-32: Esta mañana estuve con mi padre Sánchez. Tenía decidido contarle lo del día 20: sentí cierta repugnancia o vergüenza. Me costó, pero se lo dije» .

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