Vigila para que la mediocridad no se vaya adueñando de ti con el paso del tiempo

aguila2.jpgExiste una leyenda entre los indios norteamericanos que cuenta cómo un bravo guerrero, en cierta ocasión, encontró un huevo de águila y lo puso en un nido de chochas (ave zancuda menor que la perdiz y de carne muy sabrosa). El aguilucho nació y creció con las chochas y terminó por ser una más entre ellas. Para comer no cazaba como las águilas, sino que escarbaba la tierra buscando semillas e insectos. Cacareaba y cloqueaba. Correteaba y volaba a saltos cortos, como las chochas. Un día vio un magnífico pájaro, a gran altura, en un cielo azul intenso. Su aspecto era majestuoso, aristocrático, real, imponente. 

-¡Qué pájaro tan hermoso! ¿Qué es?, preguntó el águila cambiada mientras sentía rebullir su sangre de un modo muy íntimo. -¡Ignorante! ¿No lo sabes?, cloqueó el vecino. Es un águila. La reina de las aves. Pero no sueñes, nunca podrás ser como ella… El águila cambiada lanzó un profundo suspiro nostálgico…, bajó la cabeza…, picoteó el suelo…, y se olvidó del águila majestuosa. Pasado el tiempo, murió creyendo que era una chocha.

A muchas personas les sucede como a esa pobre águila, inconsciente de su noble origen y de sus posibilidades. Han venido al mundo y hacen lo que ven hacer a los que tienen a su alrededor, siempre que sea fácil. No se sienten llamados a nada grande. Cuando observan en otros algo digno de imitación, lo ven siempre como algo lejano e inasequible para ellos. No trascienden, no aspiran a más, se contentan con el aburrido transcurrir de las costumbres de su entorno. No entienden de magnanimidad. Ante muchas enfermedades de la personalidad adolescente hay que remitirse a la falta de magnanimidad. Y preocuparse entonces de curar, no los síntomas de la enfermedad, sino la causa de la enfermedad.

La magnanimidad es grandeza de ánimo. La magnanimidad aparece sin rebajar a nadie, sin sobreelevarse a sí misma, con nobleza. Es virtud de personas que desean abandonar la transitada senda de la medianía y acometer empresas audaces en beneficio de todos. El hombre magnánimo está siempre dispuesto a ayudar, no se asusta ante las dificultades, se entrega sin reservas a aquello que cree que vale la pena.

El pusilánime, en cambio, piensa que todo está por encima de sus posibilidades. Es ése que espera sentado su oportunidad, que aguarda pacientemente tiempos mejores mientras se lamenta de lo difícil que está ahora todo. Es una desdicha convivir con personas pusilánimes. Son aguafiestas permanentes, conformistas desalentadores. Todo lo que hacen tiene el regusto de la mediocridad, incluso la diversión. Son hombres apáticos y romos, sin ganas de saber. El vacío de ideales es la más amarga de las carencias.

-Pues a veces parece como si los chicos y chicas a esta edad apenas tuvieran ideales…

Creo que no es para tanto. La adolescencia es una época de contrastes. Es la edad de los grandes ánimos y de los grandes desánimos. Es un tiempo de ilusiones, de proyectos, de posibilidades que se abren a cada paso. Son chicos y chicas que dejan atrás la niñez como se abandona una camisa que se ha quedado pequeña; y ahora, para vestirse de nuevo, ya no les sirven sus sueños infantiles. Es una época presidida por constantes dilemas. Por un lado se les presenta lo noble; por otro, lo mezquino. Y esa lucha no siempre se resuelve debidamente si la educación no es acertada. Pero lo propio de un adolescente correctamente educado es albergar en su cabeza la idea de que puede y debe llegar a ser un hombre grande.

Todos hemos de esforzarnos para que la mediocridad no se vaya adueñando de nosotros con el paso del tiempo. El apocamiento de ánimo es una sombra que, con el desgaste del transcurrir de la vida, puede acabar manejándonos con sutileza, y lograr nuestra sumisión, sedando poco a poco nuestras esperanzas e ilusiones hasta hacernos casi subhumanos. 

La grandeza de ánimo también requiere un poco de estilo. Hemos de evitar lo mediocre, más que condenarlo altivamente. Porque, como decía Jean Guitton: Cuando la grandeza de ánimo se alía a la altivez suele quedarse sólo en altivez, que es un horrible defecto. Cuando la grandeza se expresa sin rebajar a nadie, sin sobreelevarse a sí misma, entonces es una magnanimidad noble y con clase.

Fuente: www.interrogantes.net

2 comentarios en “Vigila para que la mediocridad no se vaya adueñando de ti con el paso del tiempo

  1. De acuerdo con San Juan (cf. 1 Jn 3,16): «La pasión de Cristo nos impulsa a cargar sobre nuestros hombros el sufrimiento del mundo, con la certeza de que Dios no es alguien distante o lejano del hombre y sus vicisitudes». Al contrario Cristo ha entrado en cada pena y en cada sufrimiento humano, para darle una participación en el amor de Dios, y, con ello, el consuelo y la luz de la esperanza.

    Por eso, aconsejaba Benedicto XVI: «Vosotros, que sois muy sensibles a la idea de compartir la vida con los demás, no paséis de largo ante el sufrimiento humano, donde Dios os espera para que entreguéis lo mejor de vosotros mismos: vuestra capacidad de amar y de compadecer». Y repetía el programa trazado en su segunda encíclica: «Sufrir con el otro, por los otros, sufrir por amor de la verdad y de la justicia; sufrir a causa del amor y con el fin de convertirse en una persona que ama realmente, son elementos fundamentales de la humanidad, cuya pérdida destruiría al hombre mismo».

    He ahí «la sabiduría misteriosa de la Cruz»: «La cruz no fue el desenlace de un fracaso, sino el modo de expresar la entrega amorosa que llega hasta la donación más inmensa de la propia vida. El Padre quiso amar a los hombres en el abrazo de su Hijo crucificado por amor». Y de ahí también su significado: «La cruz en su forma y significado representa ese amor del Padre y de Cristo a los hombres. En ella reconocemos el icono del amor supremo, en donde aprendemos a amar lo que Dios ama y como Él lo hace: esta es la Buena Noticia que devuelve la esperanza al mundo».

    Cristo entrega su vida por amor al Padre y a los hombres. «Su vivir fue un servicio y su desvivirse una intercesión perenne, poniéndose en nombre de todos ante el Padre como Primogénito de muchos hermanos. El autor de la carta a los Hebreos afirma que con esa entrega perfeccionó para siempre a los que estábamos llamados a compartir su filiación (cf. Hb 10,14)».

    De esta entrega de Cristo, la Eucaristía es la expresión real: «El cuerpo desgarrado y la sangre vertida de Cristo, es decir su libertad entregada, se han convertido por los signos eucarísticos en la nueva fuente de la libertad redimida de los hombres».

    Y todo ello se actualiza en la Iglesia: «Iglesia que es comunidad e institución, familia y misión, creación de Cristo por su Santo Espíritu y a la vez resultado de quienes la conformamos con nuestra santidad y con nuestros pecados. Así lo ha querido Dios, que no tiene reparo en hacer de pobres y pecadores sus amigos e instrumentos para la redención del género humano».

    La Iglesia es santa y nosotros somos pecadores llamados a ser santos. Hemos de participar de la santidad de la Iglesia para hacerla santa y eficaz en y por nosotros: «La santidad de la Iglesia es ante todo la santidad objetiva de la misma persona de Cristo, de su evangelio y de sus sacramentos, la santidad de aquella fuerza de lo alto que la anima e impulsa. Nosotros debemos ser santos para no crear una contradicción entre el signo que somos y la realidad que queremos significar.

    A imitación de la entrega de Cristo, «Pedidle (…) que os conceda imitarlo en su caridad hasta el extremo para con todos, sin rehuir a los alejados y pecadores, (…) que os enseñe a estar muy cerca de los enfermos y de los pobres, con sencillez y generosidad. Afrontad este reto sin complejos ni mediocridad, antes bien como una bella forma de realizar la vida humana en gratuidad y en servicio, siendo testigos de Dios hecho hombre, mensajeros de la altísima dignidad de la persona humana y, por consiguiente, sus defensores incondicionales. Apoyados en su amor, no os dejéis intimidar por un entorno en el que se pretende excluir a Dios y en el que el poder, el tener o el placer a menudo son los principales criterios por los que se rige la existencia. Puede que os menosprecien, como se suele hacer con quienes evocan metas más altas o desenmascaran los ídolos ante los que hoy muchos se postran. Será entonces cuando una vida hondamente enraizada en Cristo se muestre realmente como una novedad y atraiga con fuerza a quienes de veras buscan a Dios, la verdad y la justicia».

    Sabiduría de la Cruz, entrega de Cristo, amor a la Iglesia, afán de santidad; caridad «sin complejos ni mediocridad», sin dejarse intimidar por quienes siguen a los falsos ídolos. Tal es el secreto para atraer, no hacia uno mismo, sino hacia Dios y hacia los demás. Una fórmula infalible, también para suscitar las vocaciones de todo tipo (al ministerio ordenado, a la vida consagrada, al compromiso laical en el matrimonio o en el celibato apostólico) que la Iglesia y el mundo necesitan.

    Basado en un escrito de Benedicto XVI.

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