El mundo avanza a remolque de la gente que es perseverante en su empeño.

OLYMPUS DIGITAL CAMERADemóstenes perdió a su padre cuando tenía tan sólo siete años. Sus tutores administraron deslealmente su herencia, y el chico, siendo apenas un adolescente, tuvo ya que litigar para reivindicar su patrimonio. En uno de los juicios a los que tuvo que asistir, quedó impresionado por la elocuencia del abogado defensor. Fue entonces cuando decidió dedicarse a la oratoria. 

Soñaba con ser un gran orador, pero la tarea no era fácil. Tenía escasísimas aptitudes, pues padecía dislexia, se sentía incapaz de hacer nada de modo improvisado, era tartamudo y tenía poca voz. Su primer discurso fue un completo fracaso: la risa de los asistentes le obligó a interrumpirlo sin poder llegar al final. Cuando, abatido, vagaba por las calles de la ciudad, un anciano le infundió ánimos y le alentó a seguir ejercitándose. “La paciencia te traerá el éxito”, le aseguró.

Se aplicó con más tenacidad aún a conseguir su propósito. Era blanco de mofas continuas por parte de sus contrarios, pero él no se arredró. Para remediar sus defectos en el habla, se ponía una piedrecilla debajo de la lengua y marchaba hasta la orilla del mar y gritaba con todas sus fuerzas, hasta que su voz se hacía oír clara y fuerte por encima del rumor de las olas. Recitaba casi a gritos discursos y poesías para fortalecer su voz, y cuando tenía que participar en una discusión, repasaba una y otra vez los argumentos de ambas partes, sopesando el valor de cada uno de ellos.

A los pocos años, aquel pobre niño huérfano y tartamudo había profundizado de tal manera en los secretos de la elocuencia que llegó a ser el más brillante de los oradores griegos, pionero de una oratoria formidable que rompía con los estrechos moldes de las reglas retóricas de sus tiempos, y que todavía hoy, 2.300 años después, constituye un modelo en su género.

Demóstenes es un ejemplo de entre la multitud de hombres y mujeres que a lo largo de la historia han sabido mostrar cuánto es capaz de hacer una voluntad decidida.

-Está claro que el mundo avanza a remolque de la gente que es perseverante en su empeño.

A veces las personas decimos que queremos, pero en realidad no queremos, porque no llegamos a proponérnoslo seriamente. Si acaso, lo “intentamos”, pero hay mucha diferencia entre un genérico “quisiera” y un decidido “quiero”.

-Sin embargo, a veces los chicos dicen que es imposible hacer nada con tantos condicionamientos que tienen.

Beethoven, por ejemplo, estaba casi completamente sordo cuando compuso su obra más excelsa. Dante escribió La Divina Comedia en el destierro, luchando contra la miseria, y empleó para ello treinta años. Mozart compuso su Requiem en el lecho de muerte, afligido de terribles dolores. Tampoco Cristóbal Colón habría descubierto América si se hubiera desalentado después de sus primeras tentativas. Todo el mundo se reía de él cuando iba de un sitio a otro pidiendo ayuda económica para su viaje. Le tenían por aventurero, por visionario, pero él se afirmó resueltamente en su propósito.

-Pero no todo el mundo es como esos genios que han pasado a la historia…

De acuerdo, pero hay que poner alta la meta.

-Bien, pero tampoco van a vivir como obsesionados por alcanzar esa meta y por cumplir todos los días todo lo que se proponen.

Efectivamente: sin obsesiones, pero sin abandonarse, que bastante rebaja trae ya consigo la vida. Liszt, aquel gran compositor, decía: “Si no hago mis ejercicios un día, lo noto yo; pero si los omito durante tres días, entonces ya lo nota el público”.

-¿Y cuando no les salen las cosas una y otra vez, como sucede a veces?

No le iría bien al río, dice el refrán, si de todos los huevos saliesen peces grandes. Ni al jardín, si cada flor diese fruto. Tampoco al hombre, si todas sus empresas fueran coronadas por el éxito. La vida es así y hay que aceptarla como es. Que no se engañen diciendo que “la suerte es patrimonio de los tontos”, porque es una excusa de fracasados. Que no piensen que son muy listos pero que la vida no les hace justicia, cuando quizá lo que debieran hacer buscar la verdadera razón de su desgracia. Que se acuerden de ese otro refrán: el que quiera lograr algo en la vida, no haga reproches a la suerte, agarre la ocasión por los pelos y no la suelte.

Lanzarse y perseverar. Audacia y constancia: dos aspectos inseparables que se complementan. Horacio afirmaba que quien ha emprendido el trabajo, tiene ya hecho la mitad. Y se podría completar con aquello otro de Sócrates: comenzar bien no es poco, pero tampoco es mucho.

Fuente:  www.interrogantes.net

Anuncios

Un comentario en “El mundo avanza a remolque de la gente que es perseverante en su empeño.

  1. Educar es enriquecer a un ser humano, hacer más fácil su estabilidad y felicidad; enseñarle a dar lo mejor de sí mismo. Pero esa tarea sólo se consigue con el esfuerzo de voluntad y los buenos hábitos porque, con dejadez, desidia y abandono únicamente surge lo peor de uno mismo. Para vivir en el mundo necesitamos del afán constante del aprendizaje; de una dotación compleja de hábitos que se cristalizan en una conducta estable y fácil; sin ellos, la vida sería imposible. Los hábitos tienen una enorme importancia educativa.

    Junto a la naturaleza biológica que recibimos al ser concebidos, la educación nos brinda una segunda oportunidad para que a base de repetir acciones libres vayamos tejiendo nuestro propio estilo de conducta, nuestro modo de ser. A través de actos repetidos, engrandecemos nuestra forma de ser. Pero la libertad nos ofrece la posibilidad de lograr, o bien una conducta digna o, indigna. Así, unos nos hacemos justos y otros injustos, unos trabajadores y otros perezosos, responsables o irresponsables, amables o violentos, veraces o mentirosos, reflexivos o precipitados, constantes o inconstantes.

    Ningún profesional de la educación desconoce la incidencia educativa de los hábitos. Al igual que una golondrina no hace verano, un acto aislado no constituye un modo de ser. Pero su repetición bien puede lograrlo. Por eso se ha dicho que quien siembra actos recoge hábitos y, quien siembra hábitos cosecha su propio carácter. Hoy la voluntad tiene una relación desagradable con la conducta humana, al referirnos a la disciplina, las normas, la rigidez y la tiranía. Nuestra época valora la libertad por encima de todo, pero, una libertad sin voluntad y, esta separación es precisamente peligrosa.

    Cualquier educador sabe que, si los hábitos positivos no se arraigan pronto, la personalidad del niño, del adolescente, del joven queda a merced de la ley del gusto. Por una evidente incoherencia ningún ser humano es como a él le gustaría ser; una experiencia que todos sufrimos; no se trata de falta de libertad sino de fuerzas. Quien fuma cuando no quiere fumar o no respeta la dieta de comida que había decidido guardar, sabe que se contradice libremente.

    Ese querer y no querer no tiene otro tratamiento que el esfuerzo por vencer en cada caso. Esta debilidad constitutiva hace necesaria una voluntad aplicada a los aspectos más cotidianos de nuestra vida, porque suelen ser los bienes primarios quienes ejercen esa presión desmedida: la comida, la bebida, el sexo, la comodidad o la salud y, que adquieren con frecuencia un protagonismo excesivo, al igual que el dinero, el trabajo o la posición social. La voluntad supera esta incongruencia porque es el canal de transmisión entre lo que pensamos y lo que hacemos; entre nuestras intenciones y nuestras obras; es la fuerza que nos permite pasar del dicho al hecho.

    Para educar nuestra voluntad necesariamente tenemos que considerar que toda educación de la voluntad supone una lucha especialmente al iniciar; tener voluntad es ser constante, tener paciencia para no ceder al cansancio o la rutina, resistencia para no dejarse abrumar por las dificultades. La voluntad necesita de la inteligencia para adecuar los fines y los medios, para integrar las aptitudes y las limitaciones; después, encajar los reveses, remontar las adversidades, sin perder el tiempo en lamentaciones.

    La voluntad es un indicador de la personalidad, una joya que adorna el carácter maduro. Por el contrario, cuando la voluntad es frágil y no está templada en una lucha perseverante, hace al humano un ser débil, blando, voluble, caprichoso, incapaz de ponerse objetivos concretos y sobreponerse a las dificultades.

    Espero que no sea superfluo añadir ejemplos que he leído y que demuestran que la fuerza de voluntad es necesaria para el común de los mortales, aún para los mismos sabios: Demóstenes, el más brillante de los oradores griegos, fue un niño huérfano y tartamudo, con dislalia (dificultad para articular palabras) y muy poca voz. Beethoven compuso la “Quinta Sinfonía” estando casi sordo.

    Mozart compuso su “Requiem” en el lecho de la muerte, afligido por grandes dolores.

    Dante escribió la “Divina comedia” en el destierro y la miseria, a lo largo de treinta años. La mejor novela del mundo fue escrita por un hombre manco, Miguel de Cervantes, quien supo sobreponerse a la pobreza y a la cárcel, a las humillaciones y a la infamia. Estos personajes nos enseñan que el mundo avanza al remolque de la gente que es perseverante en su desempeño.

    Hay cierto desconcierto en el sistema de enseñanza pública, pues se considera a los métodos como un fin en sí mismos con poca relación con la transmisión cultural que es el objeto primordial del estudio y, es precisamente donde debe existir un fundamento exclusivo para crear una voluntad férrea y experimentar los mejores hábitos. Indudablemente que la educación también exige esfuerzo al que educa; por eso no es bueno agotar al educador antes de emprender su tarea.

    Además, en las últimas reformas se ha sentido el interés de aplastar al profesorado con un innumerable reciclaje pedagógico y burocrático, haciendo que el maestro se olvide de lo esencial: mayor tiempo para estar con los alumnos orientándolos en su aprendizaje integral.

    Padres de familia y maestros deben alabar más el esfuerzo y elogiar menos las dotes intelectuales; pues el esfuerzo, la voluntad produce estímulo, en cambio el alcance intelectual conlleva muchas veces a la vanidad. Además no se debe valorar solamente el conocimiento, como si la enseñanza fuera una gasolinera para llenar de datos las cabezas de los hijos o de los alumnos; pues una educación de calidad exige una formación cabal, es decir, abarcando el comportamiento en actitudes, hábitos, destrezas, habilidades, sociabilidad, solidaridad, aprender a amarse y respetarse como verdaderos seres humanos.

    Cuantas veces jóvenes distinguidos inteligentemente, llegan a fracasar porque carecieron de hábitos de trabajo, de actitudes elementales, de disposición para el servicio; mientras que otros, con menos aptitudes, pueden manejarse mucho mejor en la vida gracias a su interés de superación.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s