Los pequeños detalles de cortesía manifiestan el espíritu de Cristo a quienes los reciben

paisaje primavera.jpgSan Pablo aconseja sacrificar pequeños derechos por el bien de los demás. Llega incluso a desear hacerse siervo con el fin de salvar almas para Cristo: Porque siendo libre de todos, me hice siervo de todos para ganar a cuantos más pueda… Me hice débil con los débiles, para ganar a los débiles. Me he hecho todo para todos, para salvar de cualquier manera a algunos.

En tu caso, hacerte siervo implica la privación voluntaria de esos pequeños derechos que te resultan tan placenteros. Quizá signifique permanecer muy atento a las necesidades y deseos de los demás ahorrándoles esfuerzos, aliviando sus cargas, infundiéndoles coraje y nuevas esperanzas, ofreciéndoles aliento con un apretón de manos, o haciéndoles el favor que te piden en el momento más inoportuno.

Estas negaciones personales y las renuncias que llevan consigo son muy agradables a Dios. Los pequeños detalles de cortesía en las relaciones cotidianas realizados con sentido sobrenatural, aunque insignificantes en sí mismos, manifiestan el espíritu de Cristo a quienes los reciben. Procura tener estas atenciones con tanto interés y gentileza que el destinatario pueda sentirse honrado. Será un gran logro si vive una vida más santa como consecuencia de la amabilidad que has demostrado.

Propósito para el Año de la Misericordia: poner en hacer el bien a otros -por su felicidad eterna-, un empeño mucho mayor que el que las bajas pasiones son capaces de poner por ganar seguidores para causas infames. Que mi afán por ganar almas para Cristo sea por lo menos el mismo.

Fuente: “El poder oculto de la amabilidad”

Anuncios

6 comentarios en “Los pequeños detalles de cortesía manifiestan el espíritu de Cristo a quienes los reciben

  1. Decía Groucho Marx aquello de “disculpen si les llamo caballeros, pero es que no les conozco muy bien”. Cortés… no era muy cortés. Basta leer la definición del Diccionario de la lengua de la Real Academia Española.

    Incluso si cruzamos los Pirineos, el escritor francés Jean de La Bruyère aludía a la cortesía como aquella forma de conducirse de modo que los demás queden satisfechos de nosotros y de ellos mismos.

    Hoy quiero hablaros sobre algunos actos de amabilidad, atención, afecto, que pueden encajar −cuando menos− en ese concepto.

    Más de una vez hemos coincidido acerca de la gran importancia de tener pequeños detalles. Pero ya te comentaba que no es lo mismo predicar que dar trigo…

    Así que, en ocasiones, en ese ámbito de tener detalles, ser delicado, atento… cabe decirse a uno mismo: “Necesitas mejorar”. ¿Te ha pasado?

    Mi mujer no va mucho a la peluquería; pero cuando va le gusta que te des cuenta. Y entonces llega una pregunta

    “Mírame, ¿no notas nada?” Uno empieza a fijarse en el vestido, los pendientes, el reloj, el bolso… ¡Pero era el pelo!

    Otras veces no te formula la pregunta. Y no hay respuesta. Nadie se percata. Salvo ella. Ella sí que sí… de que los demás sí que no.

    Así que hace algún tiempo lo tuve claro: “cuando me diga que va a la peluquería, me lo grabo en la cabeza con cincel. Y en cuanto llegue a casa, se lo digo. No se me pasa”.

    Dicho y hecho. La ocasión la pintan calva. Me dijo que iba y frotándome las manos pensé: “esta es la mía”.

    Al volver le comenté lo guapa que estaba (eso era verdad) y que qué bien la habían dejado en la peluquería. Su respuesta fue de dos palabras: “Estaba cerrada”. En mi cincelado cerebro aparecieron otras dos. No eran “tierra, trágame” pero parecido… Qué desastre.

    Mi amigo Valentín

    Traía esto a colación y me acordaba de lo que un amigo ingeniero informático, Valentín, me contaba hace escasas fechas: un empleado de una empresa había automatizado la totalidad de sus procesos de trabajo. Incluido un email dirigido a su mujer, si pasaban las ocho de la tarde y el ordenador estaba encendido, diciéndole que se estaba retrasando en el trabajo. Todo un detalle…

    Lo pillaron porque un día faltó al curro y ¡todo seguía funcionando genial! Cuando el jefe se enteró no sabía si despedirle o subirle el sueldo. El empleado (que se decantaba, sin duda, por lo segundo) insistía en que el “haber automatizado todo” en modo alguno suponía que él no se volcase en supervisar su correcto funcionamiento.

    La historia de este empleado, de este “ingenioso ingeniero” −no sé si era lo último−, de este esposo que avisaba puntualmente y por email de sus retrasos, me vuelve a llevar a la atención a los pequeños detalles y la cortesía.

    Y otro amigo más

    Tengo otro buen colega que cada día que me escribe por primera vez me pone:

    “Estimado José,

    Espero que estés muy bien”. A ello luego añade el contenido concreto del mensaje.

    Alguno podría pensar que lo tiene “automatizado” en el ordenador, pero a mí no me cabe ninguna duda de que lo tiene en el corazón.

    Es agradable leer −para eso hace falta que haya quien la escriba− una carta con ese encabezamiento. Y que se despida con “un saludo cordial” o con “un abrazo”. Ya decía no sé quién aquello de que la cortesía es como el aire en los neumáticos: no cuesta nada y hace más confortable el viaje…

    Pero sigue habiendo gente sin querer enterarse. Eso sí, personas de quienes por los escritos que te dirigen tienes muy claro (bajo la firma) el rimbombante −o no tanto− cargo o cometido que desempeñan en la administración, en la fábrica, o donde toque. Y eso está muy bien siempre que no sea, ni mucho menos, para que no se te olvide. O para que uno sepa “con quién está hablando”.

    Y yo, mientras, sigo pensando que, si lo anterior no sobra, la ausencia de “un abrazo” o de “un saludo cordial” en una carta, en un email, puede decir mucho más de ti que el membrete de tu cargo. Aunque seas ministro, CEO, o lo que te dé la gana.

    Pues eso: Un saludo muy cordial. Qué digo un saludo, ¡un abrazo!

    Y por cierto, ¡qué bien te han dejado en la peluquería!
    Fuente: Almudi

  2. Habrás leído a Mafalda afirmar: “Me gustan las personas que dicen lo que piensan. Pero, por encima de todo me gustan las personas que hacen lo que dicen”. ¡Y a mí!

    Aunque todos sabemos que es más fácil predicar que dar trigo. O en palabras de Tolstói -que de redactar sabía un rato-, es más fácil escribir diez volúmenes de principios filosóficos que poner en práctica uno solo de ellos.

    ¿A cuento de qué viene todo esto? Más que a cuento, a blog.

    “ Sabes que, cuando me siento frente al ordenador, no pocas veces intento poner en valor… valores -valga la redundancia-.

    Ello no dice nada –o, desde luego, no lo dice todo- del que aquí suscribe. Ni de lejos; salvo mi empeño –eso es cierto- en tal difusión.

    Advierto esto porque alguna de las personas que me lee, por conocerme menos que yo mismo, a veces confunde “lo escrito” con “el escribiente”. Y me cae algún injusto panegírico. Del estilo de los que suele hacerme mi madre (lo que en su caso es disculpable por ser quien es), aunque ya le digo yo cuando se excede: “¡habla con mi cura!”.

    A lo que iba: que no te equivoques. Que, como apuntaba Confucio “un hombre de virtuosas palabras no es siempre un hombre virtuoso”. Que no. Somos -me refiero a mí- de barro y del de mala calidad.

    Otra cosa es que, aspirando a mejorar (¡ay, pelea cotidiana!), debamos no sólo aceptarnos, sino querernos… tanto como al prójimo. Y tengamos que levantarnos muchas veces, de tantas que caemos.

    Siempre, eso sí, con espíritu deportivo. Conscientes de que hay ganadores que lo son no porque nunca fallen, sino porque nunca tiran la toalla. Fíjate lo que decía mi paisano Miguel Induráin, que era un crack: “No hay que tener miedo a perder, de hecho he perdido más carreras de las que he ganado”. Seguro que aquellas derrotas, y aprendizaje, le llevaron al resultado final. Ya nos gustaría irle a rueda…

    Por eso, cuando alguna vez cae un elogio… intento tener muy presente lo que hace poco afirmaba el papa Francisco –ya sabéis que da mucho juego a mi blog- de que “decir y no hacer conduce a la hipocresía”. Vamos, que si uno se pone duro consigo mismo -no te pongas más de la cuenta, por favor- se acuerda de lo de los sepulcros blanqueados y pueden temblarle las canillas.

    Así que ya sabes: afecto a la persona, muy de agradecer. Elogios… si acaso, a los actos… y los justos. Que luego le puede pasar a uno lo de “Modesto baja, que sube Andrés” (enlace).

    A lo que iba, que tenemos que mejorar –y yo como el que más, por mucho valor sobre el que te escriba-. Y hemos de hacerlo sobre todo hacia adentro. No vaya ser que contemos con una magnífica y encalada fachada exterior pero estemos llenos de carcoma o de goteras –esas que uno ve desde el interior-.

    Conviene ponernos a la tarea, ir haciéndolo –lo de regenerarnos-, ya. Y tenerlo como objetivo diario en la agenda. No por aquello de que nadie sabe el día ni la hora, o lo de las vírgenes necias, que también; sino porque, como escribió Séneca, “mientras estamos posponiendo las cosas, la vida se da prisa”. Y para cuando quieras darte cuenta, se te puede haber pasado el arroz… Así que mejor no decirte muchas veces a ti mismo lo de “vuelva usted mañana”. Atiéndete. Y mejora. O, al menos, inténtalo: con eso ya tendrías un 10 en actitud.


    Mientras te escribo esto me vienen a la cabeza unas cuantas citas célebres. Te las traigo junto a algún apunte personal
    1.La primera, ya que he iniciado el post con Mafalda es de su amigo Felipe. Empecemos con humor. Y con sinceridad: “¡Qué desastre!, dice el chaval. ¡Hasta mis debilidades son más fuertes que yo!” ¿Verdad que te suena?
    2.La segunda, te trae esperanza. Señala Jimmy Johnson: “la diferencia entre lo ordinario y lo extraordinario está en ese pequeño extra”. Sí; la distancia entre lo que hoy eres y lo que quieres llegar a ser está, en buena parte, en lo que hagas. De ti depende. Has de ir esculpiendo tu obra original… (enlace).
    3.Cuenta, además, con una hoja de ruta: ten claro hacia dónde quieres dirigirte (enlace). Y ponte en marcha. Recuerda, con Lao Tse, que un viaje de mil millas comienza con un paso. ¡Ah! Y que la acción más pequeña es mejor que la intención más grande. Y nunca pierdas de vista que si quieres llegar lejos es esencial ir acompañado…
    4.Tampoco olvides que a la cima no se llega superando a los demás, sino superándose a uno mismo. Y, como afirmaba Facundo Cabral, no digas “no puedo” ni en broma; porque el subconsciente no tiene sentido del humor y lo tomará en serio… Persevera. (enlace).
    5.Ten personalidad y gallardía y no te dejes llevar por lo cómodo, por lo que “se lleva”. No permitas que los ruidos de las opiniones de los demás acallen tu propia voz interior, decía Steve Jobs. Sé tú mismo. Entre otras cosas porque, como escribía Óscar Wilde, los demás puestos ya están ocupados (enlace).
    6.Ten confianza. Piensa y actúa como si fuera imposible fracasar, sugería Charles Kettering. Leí una vez eso de “al final, todo va a salir bien. Y si no sale bien… es que aún no es el final”. No creas en la fatalidad. Ya advierte Stephen Hawking que “incluso la gente que afirma que no podemos hacer nada para cambiar nuestro destino mira antes de cruzar la calle”.
    7.No te tomes muy en serio. No te desanimes en tu lucha por mejorar. Cuando caigas… no te tortures. Te lo planteé en un post (enlace) y hoy te vuelvo a traer a Tomás Moro: “Felices los que saben reírse de sí mismos, porque nunca terminarán de divertirse”.
    8.Sé consciente de la importancia de tu actitud y tu conducta para ti y para quienes te rodean. Ten en cuenta el ejemplo que das. Ya señalaba Ralph W. Emerson, “lo que haces habla tan alto que no puedo oír lo que dices”. Recuerda que para tus hijos eres –para bien o para mal- un referente. Ignoro, por cierto, quién fue el sabio que sentenció eso de que “cuando un hombre comprende que su padre tenía razón, ya tiene un hijo que piensa que su padre está equivocado”.
    9.Trabaja para mejorar tu entorno y servir a los demás. Trascendamos de nosotros y de nuestro egoísmo. Tienes que ser el cambio que quieres ver en el mundo, decía Mahatma Gandhi. Sin caer en el error que ya denunciaba Winston Churchill, y que sigue vigente: “El problema de nuestra época consiste en que sus hombres no quieren ser útiles sino importantes”.
    10.Presta ese servicio aunque te suponga esfuerzo y generosidad. Acabemos sonriendo: ya nos recordaba otra Gandhi –Indira-: “Un día mi abuelo me dijo que hay dos tipos de personas: las que trabajan y las que buscan el mérito. Me indicó que tratara de estar en el primer grupo: hay menos competencia ahí”.

    Podría contarte más cosas… pero tengo que irme a comer. ¡Que tengáis buen día¡

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s