El amor exige generosidad y sacrificio personal. Es el corazón y el alma de la religión

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No busques la felicidad en tu propio interés, sino en la renuncia de ti mismo que predicó el Hijo de Dios para impulsarnos en el camino hacia la felicidad. «No penséis que he venido a traer la paz a la tierra. No he venido a traer la paz sino la espada». Ha venido a desatar la guerra contra el propio yo y las pasiones egoístas; a liberar a los hombres de la miseria a que los había conducido su egoísmo. El amor exige generosidad y sacrificio personal. Es el corazón y el alma de la religión. No se conforma con buenas palabras, sino que busca afirmarse mediante las obras. Si no practicas el sacrificio de ti mismo, solo te complaces a ti…. 

En esta vida el sacrificio debe ir unido al amor. El amor a Dios no puede ser auténtico si no renunciamos al amor desordenado a nosotros mismos: es decir, a la triple concupiscencia de la carne, de los ojos y de la arrogancia de los bienes terrenos. Las pasiones en sí mismas son egoístas y ciegas. Necesitan que las dirijamos. Cuando dejamos que una pasión elija su propio rumbo, se convierte fácilmente en un conductor insensato al volante de un vehículo de gran potencia. Si quieres que haya orden en tu vida, necesitas disciplina. Tus pasiones y emociones deben estar dominadas por la razón iluminada por la fe, y tu razón y tu inteligencia dominadas por Dios. Si alguna pasión traspasa el límite trazado, tu razón, actuando bajo el poder de la voluntad y ayudada por la gracia, puede devolverla al sitio que le corresponde. De otro modo te dominará.

San Vicente de Paúl aconseja: «El que quiera avanzar en la perfección debe emplear una especial diligencia en no dejarse llevar por sus pasiones, porque destruirá con una mano el edificio espiritual que está levantando con los trabajos de la otra. Pero, para lograrlo, la resistencia ha de comenzar mientras las pasiones son todavía débiles, porque una vez arraigadas y robustecidas, apenas existe remedio»….

Si quieres ser fiel en tu amor al prójimo, debes espiritualizarlo, ser menos carnal, menos sensual. … Las pasiones, los sentimientos y las emociones son en sí mismos criados buenos y útiles; pero, cuando se les permite cruzar la línea trazada, tienen capacidad para el mal. El peor mal que existe nace de la rebelión de la inteligencia humana contra Dios: es el pecado de soberbia. 

Propósito para este año de la Misericordia: Descubrir y reconocer mi defecto dominante como parte esencial de mi conquista del autodominio.

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6 comentarios en “El amor exige generosidad y sacrificio personal. Es el corazón y el alma de la religión

  1. Es normal la discrepancia entre el deber ser y el ser. Somos frágiles y casi siempre nos quedamos por debajo del ideal. La clave está en no capitular, reconocer nuestros fallos y volver a intentarlo de nuevo. En la medida en que nos esforcemos por ser mejores, podremos aspirar también a mejorar la sociedad.

    En el inicio del año nuevo se repite el viejo ritual: hacemos balance del año que termina y formulamos propósitos para el que comienza. Con más o menos convencimiento o sinceridad nos proponemos, una vez más, reanudar la dieta para adelgazar, ahorrar para hacer frente a la crisis, hacer ejercicio, estudiar inglés, dedicarle más tiempo a la familia, ser más amable con ese pariente o colega que nos cae mal…

    En definitiva, vamos a intentar ser mejores personas. Ese deseo implica reconocer que algunos aspectos de nuestra vida necesitan corrección. En general, el propósito de la enmienda sigue al arrepentimiento. Si no tuviéramos conciencia del mal que hemos hecho, no nos sentiríamos movidos a la rectificación.

    ¿Qué ejemplo nos dan a este respecto los famosos? Tiene sentido preguntarlo porque se trata de personas que, queriéndolo o no, se convierten en modelos para otras muchas. El buen o mal comportamiento se aprende más por la convivencia y el ejemplo que por la enseñanza teórica. Voy a dar la palabra a algunos insignes representantes de diversos ámbitos sociales.

    De la política tenemos a Al Gore, que se defendía así cuando salieron a la luz prácticas corruptas en el manejo de sus fondos electorales: «Estoy orgulloso de lo que he hecho por el partido, aunque nunca más lo volveré a hacer». Luis Echevarría, expresidente mexicano probadamente corrupto, declaraba: «No me arrepiento de nada». Más cercano nos resulta Santiago Carrillo: «Lo hecho, hecho está. No me arrepiento de nada», a la par que reconocía que nunca había sido un santo, sino un hombre de carne y hueso con pasiones y entusiasmos.

    En el deporte podemos invocar a Guti, que se despedía así antes de marchar a Turquía: «No me arrepiento de nada en estos catorce años». Lo mismo decía el director ejecutivo del Barça, Joan Oliver, enredado en escándalos millonarios: «No me arrepiento de nada de lo que he hecho en el Barça, porque siempre he hecho lo que creía que debía hacer». Y alguien tan irreprochable como Gasol: «No me suelo arrepentir de nada en la vida. Tomo las decisiones por algo, las medito y cuando las tomo, creo que es lo acertado y tiro para adelante».

    El mundo de la farándula es muy rico en este género de testimonios. Por ejemplo, Alejandro Sanz: «He renunciado a ser perfecto. Amo mis defectos». La actriz María Castro: «No me arrepiento de nada, aprendo de mis errores». Lo mismo dicen sus colegas Adriana Ugarte y Nicolás Coronado. Y Miley Cyrus/Hannah Montana: «No me arrepiento de nada. Gracias a Dios. Se lo prometo, todo lo que he vivido me ha hecho más fuerte». Entre los “malos oficiales”, sancionados por la justicia, tenemos a Ilich Ramírez, alias “Carlos”, alias “el Chacal”, en su momento el delincuente más buscado del mundo. Desde la cárcel francesa donde entró en 1994 para cumplir cadena perpetua afirma que se mantiene fiel a sus “ideales políticos” y que no se arrepiente de nada.

    En las denominadas “entrevistas de interés humano”, que se proponen sacar a la luz la personalidad que se esconde tras la apariencia pública, resulta clásico preguntar por el “defecto dominante” del personaje. Por muy encumbrados que estén, los famosos, en el fondo, se saben humanos, así que sería demasiado arrogante reconocerse impecables. Antonio David, ex de Rociíto, ejemplifica la que ya se ha convertido en respuesta estándar para esa pregunta, comprometida en apariencia: «Soy demasiado claro, no tengo mano izquierda». La sinceridad elevada a la categoría de vicio capital.

    ¿Qué les pasa a nuestros famosos? Hay algo enfermo, tanto desde el punto de vista moral como psicológico, en ese rechazo de la necesidad del arrepentimiento.

    Por fortuna, no todos son así. Desde la atalaya de sus 91 años, Antonio Mingote imparte una saludable lección de humanidad: «Me arrepiento de todo… De cómo he tratado a mis amigos…, de no haber sido más amable con mi madre, con mi padre, con mi hermana, con mi familia… Me arrepiento de no haber hecho cosas que tendría que haber hecho porque siempre me he quedado corto en el trato con la gente… Sobre todo, me arrepiento de muchas tonterías que he hecho, de muchas frivolidades, de muchas gilipolleces… ¡Ufff!, de las cosas que me arrepiento». De modo más directo se expresa Albert Boadella: «Me arrepiento de muchas cosas. Si no, formaría parte de los imbéciles».

    Es normal la discrepancia entre el deber ser y el ser. Somos frágiles y casi siempre nos quedamos por debajo del ideal. La clave está en no capitular, reconocer nuestros fallos y volver a intentarlo de nuevo. En la medida en que nos esforcemos por ser mejores, podremos aspirar también a mejorar la sociedad.

  2. Francisco: Para heredar la vida eterna, no se puede ignorar el sufrimiento, sería ignorar a Dios
    El Papa Francisco saluda a los peregrinos que acuden a la Plaza de San Pedro en las audiencias de los miércoles
    El Papa Francisco ha compartido una semana más la mañana de este miércoles, con los miles de fieles reunidos en la plaza de San Pedro.
    Venidos de todas las partes del mundo, los peregrinos han recibido al Santo Padre con alegría y entusiasmo, agitando sus banderas y los carteles con mensajes de cariño y cercanía al Pontífice. Así, él ha recorrido en papamóvil los pasillos de la plaza para saludar y bendecir de cerca a los presentes.

    La parábola del buen samaritano ha servido al Santo Padre para la reflexión en su catequesis.
    Así, en el resumen hecho en español ha indicado que esta parábola “nos enseña que para heredar la vida eterna tenemos que amar a Dios sobre todas las cosas y al prójimo como a nosotros mismos”. El amor cristiano –ha explicado– es un amor comprometido que se hace concreto en la vida. Asimismo, ha precisado que “en los gestos concretos de misericordia del buen samaritano reconocemos el modo de actuar de Dios, que se ha revelado en la historia por medio de acciones marcadas por la compasión”.
    El Papa ha indicado que Dios “no ignora nuestros dolores y sabe cuánto necesitamos de su ayuda y consuelo, se hace cercano y no nos abandona nunca”.
    El verdadero amor –ha observado– tampoco hace distinciones entre personas, sino que ve a todos como prójimos que necesitan de nuestra ayuda y cercanía.
    Por lo tanto, ha concluido el Santo Padre, si queremos heredar la vida eterna, no podemos ignorar el sufrimiento de los hombres, si lo hiciéramos estaríamos ignorando a Dios.

    A continuación el Pontífice ha saludado a los peregrinos de lengua española, en particular a los grupos provenientes de España y Latinoamérica. A ellos les ha pedido acoger “la llamada de Jesús a ser buenos samaritanos y a hacernos siervos los unos de los otros, como Él nos ha enseñado”.
    Después de los saludos en las distintas lenguas, ha dedicado unas palabras en especial para los jóvenes, enfermos y recién casados. A los jóvenes les ha pedido que sean siempre fieles al bautismo testimoniando la alegría que viene del encuentro con Jesús. Para los enfermos ha deseado que miren a “Aquel que ha vencido a la muerte y que nos ayuda a acoger los sufrimientos como ocasión de redención y de salvación”. Finalmente ha invitado a los recién casados a “pensar y vivir la cotidiana experiencia familiar con la mirada del amor que todo excusa y todo soporta”.
    EXPLICADO POR EL `PAPA Y ME PARECE UN BUEN COMENTARIO PARA EL TEXTO A COMENTAR

    Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!
    Hoy reflexionamos sobre la parábola del buen samaritano (cfr Lc 10,25-37). Un doctor de la Ley pone a prueba a Jesús con esta pregunta: “Maestro, ¿qué tengo que hacer para heredar la vida eterna?” (v. 25). Jesús le pide que responda él mismo, y lo hace perfectamente: “Amarás a Dios con todo tu corazón, con toda tu alma, con toda tu fuerza y con toda tu mente, y al prójimo como a ti mismo” (v. 27). Por tanto Jesús concluye: “Haz esto y vivirás” (v. 28).
    Entonces ese hombre plantea otra pregunta, que se hace preciosa para nosotros: “¿Quién es mi prójimo?” (v. 29), y pone como ejemplo: “¿mis parientes?, ¿mis compatriotas?, ¿los de mi religión?…”. En resumen, quiere una regla clara que le permita clasificar a los otros en “prójimo” y “no prójimo”. En esos que pueden convertirse en prójimo y los que no pueden convertirse en prójimo.
    Y Jesús responde con una parábola, que muestra a un sacerdote, un levita y un samaritano. Los dos primeros son figuras relacionadas al culto del templo; el tercero es un judío cismático, considerado como un extranjero, pagano e impuro. Es decir, el samaritano. En el camino de Jerusalén a Jericó el sacerdote y el levita se encuentran con un hombre moribundo, que los bandidos le han asaltado, robado y abandonado. La Ley del Señor en situaciones similares prevé la obligación de socorrerlo, pero ambos pasaron de largo sin detenerse. Tenían prisa, no sé, el sacerdote quizá ha mirado el reloj y ha dicho ‘pero llego tarde a misa, tengo que decir misa’. El otro ha dicho ‘pero no sé si la ley me permite porque hay sangre ahí y seré impuro’. Van por otro camino y no se acercan.

    Y aquí la parábola nos ofrece una primera enseñanza: no es automático que quien frecuenta la casa de Dios y conoce la misericordia sepa amar al prójimo. No es automático. Tú puedes conocer toda la Biblia, tú puedes conocer todos los libros litúrgicos, tú puedes conocer toda la teología, pero del conocer no es automático el amar. El amar tiene otro camino, el amor tiene otro camino, con inteligencia pero algo más. El sacerdote y el levita ven, pero ignoran; miran pero no proveen. Sin embargo, no existe verdadero culto si eso no se traduce en servicio al prójimo. No lo olvidemos nunca: frente al sufrimiento de tanta gente agotada por el hambre, la violencia y la injusticia, no podemos permanecer como espectadores. Ignorar el sufrimiento del hombre, ¿qué significa? ¡Significa ignorar a Dios! Si yo no me acerco a ese hombre, esa mujer, ese niño, ese anciano, esa anciana que sufre, no me acerco a Dios.

    Pero vayamos al centro de la parábola: el samaritano, es decir el despreciado, ese sobre el que nadie hubiera apostado nada, y que aún así tenía también él sus compromisos y sus cosas que hacer, cuando vio al hombre herido, no pasó de largo como los otros dos, que estaban vinculados al templo, sino que “tuvo compasión”, así dice el Evangelio, tuvo compasión (v. 33). Es decir, el corazón y las entrañas se conmovieron. Esta es la diferencia. Los otros dos “vieron”, pero sus corazones se quedaron cerrados, fríos. Sin embargo el corazón del samaritano estaba en sintonía con el corazón mismo de Dios.

    De hecho, la “compasión” es una característica esencial de la misericordia de Dios. Él tiene compasión de nosotros. ¿Qué quiere decir? Sufre con nosotros, Él siente nuestros sufrimientos. Compasión, sufre con. El verbo indica que las entrañas se mueven y tiemblan ante el mal del hombre. Y en los gestos y en las acciones de buen samaritano reconocemos el actuar misericordioso de Dios en toda la historia de la salvación. Es la misma compasión con la que el Señor viene al encuentro de cada uno de nosotros: Él no nos ignora, conoce nuestros dolores, sabe cuándo necesitamos ayuda y consuelo. Está cerca de nosotros y no nos abandona nunca. Cada uno de nosotros, podemos hacernos la pregunta en el corazón, ¿yo lo creo? ¿Creo que el Señor tiene compasión de mí, así como soy, pecador, con tantos problemas y tantas cosas? Pensar en eso y la respuesta es sí. Cada uno debe mirar en el corazón si tiene la fe en esta compasión de Dios. De Dios bueno que se acerca, nos sana, nos acaricia y si nosotros lo rechazamos él espera, es paciente, siempre junto a nosotros.
    El samaritano se comporta con verdadera misericordia: cura las heridas de ese hombre, lo lleva a una pensión, lo cuida personalmente, paga su asistencia. Todo eso nos enseña que la compasión, el amor, no es un sentimiento vago, pero significa cuidar del otro al punto de pagar personalmente. Significa comprometerse cumpliendo todos los pasos necesarios para “acercarse” al otro hasta identificarse con él: “amarás a tu prójimo como a ti mismo”. Este es el mandamiento del Señor.

    Concluida la parábola, Jesús gira la pregunta del doctor de la Ley y le pregunta: “¿Quién de estos tres te parece que haya sido el prójimo de aquel que había caído en las manos de los bandidos?” (v. 36). Finalmente la respuesta es clara: “El que ha tenido compasión de él” (v. 27). Al inicio de la parábola para el sacerdote y el levita el prójimo era el moribundo; al finalizar el prójimo es el samaritano que ha estado cerca. Jesús cambia la perspectiva: no hay que clasificar a los otros para ver quién es el prójimo y quién no. Tú puedes convertirte en prójimo de quien esté en necesidad, y lo serás si tu corazón tiene compasión. Es decir, tienes esa capacidad de sufrir con el otro.

    Esta parábola es un buen regalo para todos nosotros, ¡y también un compromiso! Jesús nos repite a cada uno de nosotros lo que dijo al doctor de la Ley: “Ve y haz tú lo mismo” (v. 37).
    Estamos todos llamados a recorrer el mismo camino del buen samaritano, que es figura de Cristo: Jesús se ha inclinado ante nosotros, se ha hecho nuestro siervo, y así nos ha salvado, para que también nosotros podamos también amarnos como Él nos ha amado. De la misma forma.

  3. « Como el Padre me ha amado, así os he amado yo: Permaneced en mi amor…» ¡Es maravilloso saberme amado por ti, Señor, hasta el punto que pones este amor en relación con el que os tenéis tú con el Padre”. «Como el Padre me amó, así os he amado yo.» Jesús, tengo ganas de sondear el amor del Padre y Tú, que imagino inmenso, tierno, entrañable. Me sirve para ello el libro de los Proverbios, cuando contempla tu Sabiduría hablando del Padre, antes de la creación: «yo estaba allí, como arquitecto, y era yo todos los días su delicia, jugando en su presencia en todo tiempo» (Prov 8,30). Así nos amas también a nosotros por eso quizá añades que «jugando por el orbe de su tierra, mis delicias están con los hijos de los hombres» (Prov 8,31).

    «Permaneced en mi amor.» Ayúdame, Jesús, a guardar tus mandamientos, para permanecer en el amor: «Jesús resumió los deberes del hombre para con Dios en estas palabras: «Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma y con toda tu mente» (…). Dios nos amó primero. El amor del Dios Único es recordado en la primera de «las diez palabras». Los mandamientos explicitan a continuación la respuesta de amor que el hombre está llamado a dar a su Dios» (Catecismo 2083).

    “Si guardáis mis mandamientos, permaneceréis en mi amor”… Tengo que guardar tus mandamientos, Jesús, como tú los del Padre; lo entiendo. Quiero introducirme en esa lógica divina. Si te amo, comprendo todo. Me hablas de tu amor al Padre y de a qué te lleva ese amor: «El que me ha enviado está conmigo: no me ha dejado solo, porque yo hago siempre lo que le agrada a Él» (Jn 8,29). El Padre te proclamó bien alto en el Jordán como quien le complace: «Tú eres mi Hijo amado, en ti me he complacido» (Mc 1,11) y, más tarde, en el Tabor: «Éste es mi Hijo amado, escuchadle» (Mc 9,7). Tú has respondido, «Abbá», ¡papá! Y ahora nos revelas que entramos en ese torrente de amor divino: «como el Padre me amó, yo también os he amado a vosotros». Ayúdame, Señor, a mantenerme en su amor, a cumplir tus mandamientos, a amar la Voluntad del Padre. Ya sé que en algún momento te costó, cuando dirás al cabo de un rato: “Si es posible que se aleje de mí este cáliz”, en el huerto de los olivos. Y añadiste: “Pero, Padre, no lo que Yo quiero, sino lo que Tú quieres.” También diré yo en el Padrenuestro: “Hágase tu voluntad” (Lluís Raventós).

    “Os he dicho esto para que mi gozo esté en vosotros y vuestro gozo sea completo”. Tú nos das, Jesús, el secreto de la felicidad, del gozo. Una receta tuya, y yo me fío pues “Tú eres el «inventor», y por ello sabes mejor que nadie cómo funciono, y qué efectos tienen en mí mis propias acciones. Tú sabes bien lo que, en el fondo, me perfecciona como persona o me envilece” (P. Cardona). Tu gozo, Jesús, es ser amado y amar. Haz que como tú, Dios sea la fuente de mi gozo.

    La fuente de todo amor es el Padre, que ama a Jesús y Jesús al Padre. Ahí es donde entramos, al amar a Jesús y permanecer en su amor, guardando sus mandamientos, entramos en la relación de Jesús que permanece en el amor al Padre, cumpliendo su voluntad. Y esto lleva a la alegría plena: «que mi alegría esté en vosotros y vuestra alegría llegue a plenitud». La alegría brota del amor y de la fidelidad con que se guardan en la vida concreta las leyes del amor.

    Hay un himno litúrgico que tiene dos versiones: “Donde hay verdad y amor allí está Dios”, pero se ha hecho quizá más famosa esta otra: “Donde hay caridad y amor, allí está Dios”, uniendo ambos amores –a Dios y al prójimo- que es en lo que está nuestro gozo, al tener a Dios: los dos amores son inseparables, y Jesús dijo también que Él está en medio de los que se reúnen en su Nombre. No hay mayor gozo que saberse amado así, y por eso pedimos en la Colecta: «Señor Dios Todopoderoso, que, sin mérito alguno de nuestra parte, nos has hecho pasar de la muerte a la vida y de la tristeza al gozo; no pongas fin a tus dones, ni ceses de realizar tus maravillas en nosotros, y concede a quienes ya hemos sido justificados por la fe la fuerza necesaria para perseverar siempre en ella».

    «Nada hay mejor en el mundo que estar en gracia de Dios» (J. Escrivá, Camino 286). “Que me dé cuenta de una vez, Jesús.

    No vale la pena nada que pueda apartarme de Ti.

    En el fondo ya lo sé; lo que ocurre es que, a veces, me falta fortaleza para guardar tus mandamientos en determinadas circunstancias o ambientes, o con aquellos amigos, etc….; y pierdo la cabeza.

    Ayúdame Tú, Jesús.

    Yo, por mi parte, te prometo poner todos los medios a mi alcance:

    -cuidar la vista;

    -no ir a -o dejar de ver- ciertos espectáculos o películas;

    -ser sobrio en las comidas; aprovechar bien el tiempo;

    -trabajar con perfección;

    -acudir con regularidad a los sacramentos;

    -no dejar suelta la imaginación;

    -aconsejarme sobre los libros que leo;

    -ser sincero en la dirección espiritual;

    -tener devoción a la Virgen, etc.

    Si me ves empeñado en guardar tus mandamientos, te volcarás y me harás saborear -ya en este mundo y, después, en la vida eterna- esa alegría profunda que hoy me prometes” (P. Cardona).

    2. Seguimos hoy con aquel primer Concilio; se proclama que “Dios no hizo distinción entre ellos (gentiles) y nosotros… Creemos que tanto ellos como nosotros nos salvamos por la gracia del Señor Jesús”. Pedro dirá que la Ley antigua es irrelevante para la salvación. Como comentará S. Efrén: “todo lo que Dios nos ha dado mediante la fe y la Ley lo ha concedido Cristo a los gentiles mediante la fe y sin la observancia de la Ley”. Pedro aparece como garante de la fe de sus hermanos (Hechos 15,7-21).

    3. El anuncio de las maravillas que ha hecho Dios tiene una proyección universal, como cantamos en el Salmo (96/95): «Cantad al Señor un cántico nuevo, cantad al Señor toda la tierra… bendecid su nombre. Proclamad día tras día su victoria». La invitación de toda la tierra a alabar a Dios es el “cántico nuevo”: la llamada de todos a la salvación. Por este motivo, ya la Carta de Bernabé enseñaba que «el reino de Jesús está sobre el madero» y el mártir san Justino, citando casi íntegramente el Salmo en su Primera Apología, concluía invitando a todos los pueblos a exultar porque «el Señor reinó desde el madero» de la Cruz: «el que quiera ser el primero entre vosotros, será esclavo de todos, que tampoco el Hijo del hombre ha venido a ser servido, sino a servir y a dar su vida como rescate por muchos».

    Llucià Pou Sabaté

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