Cuando se vive de veras la caridad, no queda tiempo de buscarse a sí mismo

Platero-Flores1.JPGCuando se vive de veras la caridad, no queda tiempo de buscarse a sí mismo; no hay espacio para la soberbia; ¡no se nos ocurrirán más que ocasiones de servir! (Forja 683)

Pensad en las características de un asno, ahora que van quedando tan pocos. No en el burro viejo y terco, rencoroso, que se venga con una coz traicionera, sino en el pollino joven: las orejas estiradas como antenas, austero en la comida, duro en el trabajo, con el trote decidido y alegre. Hay cientos de animales más hermosos, más hábiles y más crueles. Pero Cristo se fijó en él, para presentarse como rey ante el pueblo que lo aclamaba. Porque Jesús no sabe qué hacer con la astucia calculadora, con la crueldad de corazones fríos, con la hermosura vistosa pero hueca. Nuestro Señor estima la alegría de un corazón mozo, el paso sencillo, la voz sin falsete, los ojos limpios, el oído atento a su palabra de cariño. Así reina en el alma.

Si dejamos que Cristo reine en nuestra alma, no nos convertiremos en dominadores, seremos servidores de todos los hombres. Servicio. ¡Cómo me gusta esta palabra! Servir a mi Rey y, por El, a todos los que han sido redimidos con su sangre. ¡Si los cristianos supiésemos servir! Vamos a confiar al Señor nuestra decisión de aprender a realizar esta tarea de servicio, porque sólo sirviendo podremos conocer y amar a Cristo, y darlo a conocer y lograr que otros más lo amen. (Es Cristo que pasa, 181-182)

 

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3 comentarios en “Cuando se vive de veras la caridad, no queda tiempo de buscarse a sí mismo

  1. En la misma tradición cristiana, en relación a la doctrina de San Agustín sintetizada por la mediación de Pedro Lombardo, se distinguió la caridad en grados: incipiente, proficiente y perfecta. Se sigue así el modelo de crecimiento de la vida personal. En algunas interpretaciones espirituales estos tres grados se han querido explicar por medio de una atribución directa a tres momentos de la moral: el primero correspondería a los mandamientos, el segundo a las virtudes y el tercero a los dones; y también se los relaciona con los tres momentos espirituales: de purgación, iluminación y unión. Por medio de este paralelismo, se ha querido explicar adecuadamente la vida espiritual cristiana determinando los elementos divinos propios de cada estado. Se piensa así seguir el esquema propio de la donación: se parte de su recepción como justificación primera que va creciendo hasta dar fruto. Esta comparación es verdadera, en cuanto a la infusión de la caridad; pero la atribución de los elementos de definidos, no se corresponde adecuadamente al dinamismo al que se quiere aplicar.

    Santo Tomás lo entiende de modo diverso; pues no aplica en ningún momento la atribución anterior. Los tres elementos: mandamientos, virtudes y dones, se dan desde un principio y permanecen como dimensiones del acto moral en los tres grados. Son partes integrantes de la acción del hombre, que se integra siempre en su dinamismo, ni siquiera se puede descubrir una presencia privilegiada de alguna de ellas en una determinada etapa de la vida espiritual. El elemento propio del crecimiento se describe, más bien, desde sus características en relación con el don de Dios y su vitalidad en las acciones. La diferencia entre los distintos momentos no se da, entonces, por una “transformación” entendida como un cambio de dinámica, sino como un modo de realizar más profundamente en nuestras acciones el don recibido.

    De aquí la importancia decisiva que tiene para la comprensión de la vida espiritual la valoración adecuada de la caridad y su dinámica de unión en la diferencia que mantiene con el resto de virtudes. De este modo se comprende que tanto la moral como la espiritualidad se fundamentan en la caridad, pero cada una con su propia especificidad y, además, que para la vida cristiana es imprescindible el ejercicio de las virtudes.

    La respuesta última de Jesucristo al problema del escriba está llena del realismo propio del amor: “Haz tú lo mismo” (Lc 10,37), un imperativo que aparece
    como una síntesis de todo el texto. Es una invitación específica a realizar en la vida la enseñanza de la parábola. Significa aprender una lección que debe convertirse en un camino de vida. Une en sí la eficacia de la caridad como modo propio de gustar de la misericordia divina, con la iniciativa divina que se evidencia en el ejemplo operativo del samaritano.

    Tal imperativo no es ajeno a la acción de Cristo. En el paralelo de Marcos la última afirmación así lo reconocía “no estás lejos del Reino de Dios” (Mc 12,34). A la buena intención del interlocutor el Maestro divino le ofrece el don que esconde en su vida: el don de Dios al que se entra por la conversión y la fe (Mc 1,15) y que se ha hecho presente entre los hombres, se ha acercado a ellos, en la Persona de Cristo. Él es el sostén y el desarrollo de la caridad de todo cristiano.

    El camino que abre la presencia de Cristo da identidad a la vida cristiana y contiene en sí tanto la dimensión moral como la espiritual de nuestra vida. Su seguimiento está unido a una transformación que sólo acaba en la unión definitiva con Él en la gloria. No existe una enseñanza definitiva de esta unión como si fuera una doctrina ya adquirida. La dinámica de crecimiento de la caridad exige el seguimiento de una Persona que nos abre el camino del amor.

    Todo queda en la elección de ese único Maestro que ha venido a enseñarnos esa vida abundante de la caridad.

    “Muchos han hablado sobre la caridad; pero si la buscaras, sólo la encontrarías entre los discípulos de Cristo. Pues sólo estos tenían como maestro de caridad a la caridad misma. De la cual decía el Apóstol: Si tuviera el don de la profecía y conociera todos los misterios y toda ciencia, pero no tuviera la caridad, de nada me serviría. Quien ha nacido de la caridad, de Dios ha nacido, porque Dios es caridad.”

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