¿En qué consiste ser un buen cristiano?

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Dice el Señor: “Un mandato nuevo os doy: que os améis los unos a los otros. En esto conocerán que sois mis discípulos”. —Y San Pablo: “Llevad unos la carga de los otros, y así cumpliréis la ley de Cristo”. —Yo no te digo nada. (Camino, 385)

Cuenta San Marcos en su Evangelio (12,28) que, en una ocasión, se acercó al Señor un escriba y le preguntó: ¿cuál es el primero de todos los mandamientos? Y Jesús le contestó: El primero es “Escucha Israel, el Señor nuestro Dios es el único Señor, y amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma, con toda tu mente y con todas tus fuerzas”. Entonces como hoy, este mandamiento, aunque fuera reconocido teóricamente como el primero y más importante, podría haber pasado inadvertido en una respuesta apresurada. Oírlo de labios del señor parece darle un especial relieve y, sobre todo, lo convierte para nosotros, cristianos, en el Primer Mandamiento; es decir, en lo primero que Dios espera de nosotros. Y este mandamiento primero viene inseparablemente unido a un segundo: “amarás al prójimo como a ti mismo” (Mc 12,31; Lc 19,18).

¿Cómo llegar a amar así? ¿Cómo conseguir en nuestra vida amar a Dios con todas las fuerzas y al prójimo como a uno mismo, y, todavía más, con el amor de Dios? La respuesta, avalada por la experiencia de muchos hombres que a lo largo de siglos lo han intentado, es que ese amor es posible, pero no se puede improvisar. Esa capacidad de amar supone una extraordinaria concentración de fuerzas e implica a todos los estratos de la naturaleza humana. A ese estado, la tradición cristiana le da el nombre de santidad: “nos eligió antes de la constitución del mundo para ser santos e inmaculados en su presencia en el amor” (Ef 1,4).

Esta santidad que Dios espera del hombre es, en gran parte, un puro don de Dios –la gracia– que nos viene dado a través de Jesucristo. “En esto consiste el amor, no en que nosotros hayamos amado a Dios, sino en que Él nos amó y nos envió a su Hijo” (1 Jn 4,10). Pero también depende del esfuerzo del hombre, que trata poco a poco de vencer sus limitaciones, de aumentar sus capacidades, de concentrar sus fuerzas, de amar cada día más y cada día mejor.

Desde muy antiguo, la tradición cristiana ha utilizado una imagen muy feliz para ilustrar ese proceso. Se basa en la espléndida teofanía –manifestación de Dios– que tuvo lugar en el Monte Sinaí, y en la que Dios estableció con Moisés una solemne alianza para el pueblo de Israel. Escritores cristianos antiguos como Orígenes o San Gregorio de Nisa han visto en la ascensión de Moisés al monte, la imagen del esfuerzo de purificación que debe realizar el cristiano para hacerse capaz de contemplar y amar a Dios. En esa ascensión, es imprescindible la gracia de Dios para dar cualquier paso que acerque a la cima.

Se trata, pues, de ascender, pero ¿qué supone realmente ascender en la vida de un hombre?, ¿qué hace a un hombre mejor de lo que era antes? El hombre en quien esa interioridad se ha desplegado da una imagen muy atrayente: causa admiración el vigor sereno con el que obra, el equilibrio de sus manifestaciones, la suave firmeza de sus decisiones, su cordial pero poderosa fuerza de voluntad, su paz y alegría interiores, su saber estar en todas partes, su poder prescindir sin alterarse de lo superfluo, e incluso de lo necesario sin queja, su buen ánimo en las adversidades y su sencillez cuando la fortuna le sonríe. La vida tiene en estos hombres una profundidad que no tiene en otros.

La clave del crecimiento interior del hombre se basa en una peculiaridad de su espíritu: todos los actos voluntarios dejan huella: el hombre aprende a obrar a medida que obra.

Esta es la regla de oro de la educación del espíritu: la repetición. Tanto el bien como el mal obrar forman costumbres e inclinaciones en el espíritu; es decir, hábitos de obrar. Los hábitos buenos –las virtudes– consiguen que se vaya estableciendo el predominio de la inteligencia en la vida del espíritu. Los vicios dispersan las fuerzas del hombre, mientras que las virtudes las concentran y las ponen al servicio del espíritu. Sólo con esfuerzo –repitiendo muchas veces actos que cuestan un poco– se consigue el dominio necesario sobre uno mismo.

Así resulta que la persona que tiene virtudes es mucho más libre que la que no tiene. Las virtudes van extendiendo el orden de la razón y el dominio de la voluntad a todo el ámbito del obrar. En cambio, los pequeños vicios de la conducta –el acostumbrarse a no hacer las cosas cuando y como deben ser hechas– debilita el carácter y hacen a un hombre incapaz de vivir de acuerdo con sus ideales. Son pequeñas esclavitudes que acaban produciendo una personalidad mediocre. Por eso se entiende que, para amar a Dios sobre todas las cosas, para quererle con todo el corazón, con toda el alma, con toda la mente, con todas las fuerzas, se requieren fundamentalmente virtudes; y sólo quien las tiene es capaz de intentarlo. Ese es el propósito de la ascética.

Ya hemos advertido que la ascética cristiana se diferencia, de otras en varias cosas. La más importante es que su modelo de hombre es Jesucristo. Esa identificación es en parte consciente cuando intentamos obrar como pensamos que Cristo habría obrado, y, en parte, inconsciente, porque espontáneamente la acción de Dios en nosotros –su gracia– produce ese efecto. San Pablo expresa este misterio de muchos modos, pero especialmente cuando, ya en su madurez humana y cristiana, puede exclamar: “Con Cristo estoy crucificado, y vivo pero no yo, sino que es Cristo quien vive en mí” (Gal 2,19-20). Y recomienda a los efesios: “Que Cristo habite en vuestros corazones, para que arraigados y cimentados en el amor, podáis comprender con todos los santos, cuál es la anchura, la longitud, la altura y la profundidad. Y conocer el amor de Cristo que excede a todo conocimiento, para que os vayáis llenando hasta la total plenitud de Dios” (Ef 3,17-19). Esa identificación con Cristo es la meta de la ascética cristiana.

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4 comentarios en “¿En qué consiste ser un buen cristiano?

  1. La santidad es la perfección de la filiación divina, decía san Josemaría Escrivá. Y sólo se puede ser hijo de Dios en Cristo, imitando su vida de un modo íntimo, “conformándose” a él. La palabra griega que traducimos por “conformar”, dice Auer, tiene dos sentidos: de una parte, “meterse en la piel” de otro como hacían los del teatro poniéndose la piel de los animales que representaban, y el otro es “sumergirse” como el que se hunde en el agua, en el bautismo, o como dicen los místicos refiriéndose a Jesús: “tú has de perderte en Él”. Así de fuerte es la expresión “conformar”: “hacerse a la forma”, participar de su vida, de sus sentimientos. Es decir, el hijo de Dios se siente motivado, en la medida posible a una criatura, a revivir la vida de Jesús y prolongarla en la propia, porque la gracia que El nos ganó es participación de la que inhabita en su alma: tened en vosotros los mismos sentimientos que tuvo Cristo Jesús (Phil 2, 5).

    Esta conformación se realiza por la gracia y en esa práctica de las virtudes teologales y de los dones del Espíritu Santo, en una docilidad que es dejarse llevar por el Espíritu de Dios (cf. Rom 8, 14), como explicaba Ramón García de Haro: “nuestra divinización es una progresiva participación en la plena, única e irrepetible divinización de su naturaleza humana. Por eso, nuestra fe y nuestra esperanza, por las que ya ahora participamos del amor de Cristo, son una incoación de la visión de que gozaremos en la bienaventuranza eterna, donde la caridad será -en cada uno a su medida- perfecta. La fe crece como experiencia siempre más cierta -y dentro de la oscuridad que le es propia, más próxima a la visión- de que el Padre nos ama y la esperanza progresa como confianza -cada vez más segura- de que la unión que en esta vida temporal poseemos por una caridad imperfecta se hará perfecta y eterna en la bienaventuranza, donde la visión hará pleno el amor. Esa creciente y vivida unión de caridad con Dios, sustentadas en el progreso de la fe y la esperanza -es decir, en la convicción siempre más vital y operativa de que el amor que nos anima es el mismo amor de Cristo, derramado en nosotros por el Espíritu Santo-, tejen el avance en la identificación con Cristo». Así nos lo desea San Pablo: “el Padre, de quien toma nombre toda familia en los cielos y en la tierra, os conceda ser fortalecidos en el hombre interior mediante su Espíritu, que Cristo habite en vuestros corazones por la fe, para que, arraigados y fundamentados en la caridad, podáis comprender con todos los santos cuál es la anchura y la longitud, la altura y la profundidad; y conocer en suma el amor de Cristo, que excede todo conocimiento, para que seáis colmados de la plenitud de Dios” (Eph 3, 14-19) .
    Fuente: Llucia Pou Sabaté

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