Si alguna vez caes, hijo, acude prontamente a la Confesión y a la dirección espiritual

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Si alguna vez caes, hijo, acude prontamente a la Confesión y a la dirección espiritual: ¡enseña la herida!, para que te curen a fondo, para que te quiten todas las posibilidades de infección, aunque te duela como en una operación quirúrgica. (Forja, 192)

6 comentarios en “Si alguna vez caes, hijo, acude prontamente a la Confesión y a la dirección espiritual

  1. El amor a la Eucaristía lleva también a apreciar cada vez más el sacramento de la Reconciliación” nos invita a tratar, ante todo, del significado de la Reconciliación sacramental y de la necesidad de celebrarla oportuna y provechosamente a la luz de las exigencias que brotan de la Eucaristía. En efecto, la frase citada evoca otra del Siervo de Dios el Papa Juan Pablo II que afirmaba lo siguiente: “No es solamente la Penitencia la que conduce a la Eucaristía, sino que también la Eucaristía lleva a la Penitencia. En efecto, cuando nos damos cuenta de Quién es el que recibimos en la Comunión eucarística, nace en nosotros casi espontáneamente un sentido de indignidad, junto con el dolor de nuestros pecados y con la necesidad interior de purificación”

  2. Un buen amigo mío, y además cristiano, justo hoy me hizo la siguiente confidencia, que me permito el lujo de ilustrar y adornar, con mi imaginación, dado el impacto que me produjo. Más aún, cuando al conectar el ordenador apareció esta entrada de Tan_gente. Es un historia sencilla pero que me llenó de emoción, por la forma en que sucedió:
    “Tenía que tomar un tren en Madrid y, como llegaba pronto a la estación, pensé en buscar una iglesia donde confesarme o, al menos, rezar un poco. Lo cierto es que estaba desazonado porque, una vez más, había dado la espalda al Señor y, como cada vez hay menos sacerdotes en España, el sacramento de la Penitencia no es siempre fácil de obtener. Las iglesias tienen unas horas que debes conocer y, fuera de ellas, resulta complicado encontrar el necesario perdón. De modo que tenía poca fe, en encontrar a algún sacerdote en los confesionarios…
    Así pues, mediante el GPS del móvil, rápidamente localicé un templo cerca de la estación y allí me dirigí. Tuve que caminar un rato e iba un poco angustiado, por el peso de mis pecados. Mientras seguía las instrucciones del GPS, intentaba hacer el examen de conciencia. La maleta, que llevaba de equipaje, creo que era fiel reflejo del peso de mis desdichas. Mi espíritu, doblegado una vez más, me hacía intuir la desazón que pudo sentir el bueno de San Pedro al negar por tercera vez a Jesús. Amar al Señor, pero darle la espalda de nuevo,… ¿cuántas veces he de fracasar?
    Al fin llegué a la iglesia. Recuerdo que era la Calle Felix Bois. Una calle que, curiosamente, me traía muchos recuerdos de mi padre, quien durante una buena época de mi adolescencia trabajó en unas oficinas de esta calle. ¡Que casualidad, me dije a mi mismo!
    Entre en la iglesia, que sólo tenía abierta la capilla, aunque en un lateral tenía un paso al templo mayor. Allí en una esquina, en medio de la oscuridad, una ténue luz alumbraba un rostro amable, humano, pero en el que brillaba el Espíritu del Amor y la Comprensión Divina de la debilidad y la lucha terrenal.
    Fue un amable, enriquecedor y grato encuentro con mi otro Padre, el que está siempre despierto, a través de un bondadoso sacerdote. A través de él me encontré con el Padre que tiene, siempre, las puertas abiertas; el Padre que nunca me pide, siquiera, que me quite el barro de mis piernas. El que me recoge y se arrodilla para lavar mis pies y, más aún, mi alma. Alguna lágrima deseaba escapar de mis ojos, por el daño infingido a mi espíritu al condescender con el pecado. Pero otras más se agolpaban en mi corazón, ante la intensa sensación de que mi padre me había conducido al Padre, para aliviar el peso de mi terrenal equipaje. Y pensé: ¡Qué suerte tenemos los cristianos! Que siempre podemos encontrar la Casa de Dios abierta y poner a cero nuestro contador de fallos. Fue una preciosa e intensa confesión donde discerní cuánto bien realizan los sacerdotes cuando nos santifican con el sacramento de la Reconciliación y con el de la Eucaristía. ¡Qué papel tan importante desempeñan en el mundo! ¿Cuántas almas devuelven al Señor cada día? ¿Cuántos Hijos Pródigos encuentran de nuevo la paz de su casa!
    Pero lo más curioso, es que cuando la confesión terminó, le dije a mi sacerdote: Padre, no me ha puesto penitencia. ¿Qué quiere que haga? A lo cual me contestó: Hijo, busca una persona que quieras de corazón y comparte y celebra con ella que has recibido el Perdón.
    Al llegar del viaje a casa mi amigo reunió a su mujer y a sus hijos e hicieron una pequeña y humilde fiesta. Un día de diario. Un día normal. Un día de trabajo, viajes y preocupaciones, un día donde el recuerdo de un padre condujo al encuentro con el Padre. Un día donde el equipaje se hizo ligero y llevadero y donde el día se llenó con la pequeña fiesta del Infinito Perdón”
    Estoy contentó porque mi amigo me eligió para manifestar y también celebrar conmigo su penitencia. Y pienso que esa penitencia debe ser compartida y alumbrada ante los demás.
    A veces las casualidades de la vida, son eso,…, bellas y emotivas casualidades. O llámalo “x”.
    Pero no queda más remedio que contarlo. Así ayudo un poco en el cumplimiento de esa penitencia. Pues el Perdón de El Señor es tan grande noticia que no nos lo podemos callar.
    Buen día y feliz Perdón para tod@s.

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