La la pureza es «responder que sí a su Amor, con un cariño claro, ardiente y ordenado»

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La castidad pertenece a la templanza. Esta virtud moral «modera la atracción de los placeres y procura el equilibrio en el uso de los bienes creados. Asegura el dominio de la voluntad sobre los instintos y mantiene los deseos en los límites de la honestidad. La persona moderada orienta hacia el bien sus apetitos sensibles, guarda una sana discreción y no se deja arrastrar para seguir la pasión de su corazón» [CCE, 1809].

La unidad interior del hombre, su ser a la vez corporal y espiritual, se construye en sus intenciones a partir de su corazón. Así lo subraya el Antiguo Testamento aludiendo a la circuncisión del corazón, que es la fidelidad interior (cf. Dt 10, 16; Jr 4, 4). Ya el Génesis nos habla de los deseos, que Dios conoce, del corazón del hombre (8, 20). «La castidad –dice Juan Pablo II– consiste en vivir en el orden del corazón» [S. Juan Pablo II, Hombre y mujer los creó, 14-XI-1984, p. 669].

… Como virtud es una cualidad del alma, una cualidad que la conducta visible no hace más que reflejar. Cristo enseña que «del corazón proceden los malos pensamientos, los homicidios, los adulterios, las fornicaciones, los robos, los falsos testimonios y las blasfemias» (Mt 15, 19); la impudicia aleja del Señor (cf. 1 Tes 4, 1-5). Y al contrario: «bienaventurados los limpios de corazón». Lejos de ciertos enfoques negativos que en algunos periodos de la historia han sido dominantes, el Señor presenta la pureza bajo su verdadera luz, una luz de felicidad. En efecto, «la pureza nace del amor» [S. Josemaría, Es Cristo que pasa, 40].

San Josemaría contempla la santa humanidad de Cristo, que tomando nuestra carne nos eleva, y define así la pureza: «Responder que sí a su Amor, con un cariño claro, ardiente y ordenado» [S. Josemaría, Amigos de Dios, 178].

Fuente: “Amor y desamor. La pureza liberadora” de G. Derville

Un comentario en “La la pureza es «responder que sí a su Amor, con un cariño claro, ardiente y ordenado»

  1. Pureza de corazón es virtud que incluye la castidad pero va más allá. Mientras la castidad es aquella parte de la templanza que modera el apetito sexual, la pureza de corazón es la que dispone a la persona entera —cuerpo, psique, espíritu— para el amor esponsal. La castidad modera el sexo, la pureza modela el amor. Para ser casto no es imprescindible estar enamorado, para ser puro sí. La pureza entra en juego cuando se siente el amor ahí, llamando a la puerta, turbando la paz, extasiando el corazón, alterando el sentido.
    No quiere decir esto que para practicarla haya que encontrarse en pleno idilio romántico, pero sí con el corazón orientado en esa dirección, ya preparándose para tal experiencia, ya reviviéndola con la memoria, ya prolongándola mediante la fidelidad. El amor erótico-esponsal siempre ha de estar de algún modo presente, si no con vistosas llamaradas, al menos como ascua latente y operativa, escondida en el rescoldo del corazón. Sólo entonces la castidad adquiere su forma perfecta y acendrada, que es la pureza.
    Pero no olvidemos el “apellido” de esta virtud: la pureza es… de corazón. No en el sentido vago y trivial de esta palabra, que equivaldría más o menos a afectividad, esa abstracción que tanto gusta a psicólogos y pedagogos (¡y moralistas!). No hablamos, en efecto, de pureza de la afectividad, como si fuera una higiene y profilaxis de los sentimientos. No, el corazón a que me refiero es el de la gran tradición bíblica y literaria de Occidente, en la cual figura como símbolo del hombre entero en su tensión amorosa, del hombre cuerpo y espíritu, tierra y cielo, carne e historia, que es tanto más hombre cuanto más ama.

    En este sentido pureza de corazón quiere decir integridad conquistada y celebrada de la persona, síntesis de todas sus dimensiones alcanzada por obra del amor. ¿Qué amor? El erótico en el sentido clásico de la palabra, cuyo paradigma es el amor esponsal entre varón y mujer. Respecto a él la pureza es signo, pedagogía y fruto, y también su condición necesaria, pues sólo el puro de corazón es capaz de decir con propiedad: only you forever; sólo el dueño de sí puede aspirar al don de sí.

    Hay que acercarse a la existencia concreta de la persona, la cual acontece según dos formas originarias e irreductibles: varón o mujer. Hay, pues, una pureza masculina y otra femenina, o si se quiere, dos modos radicalmente diversos de vivir la misma virtud. En realidad sucede así con todas las demás (cosa que los moralistas deberían recordarnos más a menudo), pues no hay virtudes unisex, sino que todas presentan un estilo complementario; son, en el modo de practicarse y entenderse, duales. Este fenómeno da lugar a un hermoso y tácito diálogo entre varón y mujer, articulado no con palabras o gestos, sino con la conducta misma, la cual, en la medida en que es virtuosa, les hace estar constantemente en presencia el uno del otro. Aquí radica lo que podríamos llamar estética de la ética, cuyo objeto no se limita a las relaciones entre amantes, sino que se extiende al ámbito familiar y el social.
    Y si esto sucede con toda virtud, ¿qué decir de la pureza? Pues no sólo es dual el modo de practicarla, sino que su objeto mismo es esta dualidad, esta complementariedad sexuada, en cuanto requiere ser cultivada de acuerdo con la dignidad de la persona. La ascética de la pureza, en efecto, es pedagogía y ejercicio de complementariedad: hace más varón al varón y más mujer a la mujer. El empeño por adecuar obras, palabras y pensamientos a la verdad de la relación, por educar los sentidos, por guardar la vista, por controlar la curiosidad, etc., acentúa —¡y celebra!— la masculinidad o feminidad del sujeto.

    ¿Qué tiene que ver el cumplido galante con la conducta honesta, el elogio castizo con la vida casta? Pues que ambas proceden, a nuestro juicio, de la misma fuente. Son respuestas diversas a una única llamada. Ambas confiesan de modo específicamente masculino idéntica verdad, a saber: el esplendor de la feminidad en cuanto manifestada en tal mujer, aquí y ahora.

    Y tal sucede con la pureza. Nace, como hemos dicho, del entusiasmo por la mujer, pero reclama una respuesta fiel a la verdad de su persona. En el corazón bien templado la belleza grita más fuerte que el imperativo categórico, la convención social o la concupiscencia. El limpio de corazón, en efecto, percibe esta belleza al modo de un postulado moral, que podría formularse del siguiente modo: “Esta mujer, precisamente por serlo, exige un reconocimiento que yo, precisamente por ser varón, debo rendirle”.
    Contemplación y realismo son, pues, las notas distintivas de la genuina pureza. Porque son siempre mujeres concretas las que suscitan esta virtud en el varón; no el eterno femenino de Goethe, sino ésta o aquella con que me encuentro en la familia, en el trabajo, en la calle; la que me interpela con su donaire, su elegancia, su amabilidad, su ternura. Nunca es la pureza un velo de idealismo, de fría abstracción, interpuesto entre varón y mujer. Al contrario, es un recio y gozoso ejercicio de realismo, que sitúa al varón ante la auténtica mujer, viva y palpitante, ésa por la que vale la pena dar la vida. Rechazando lo carnal, la pureza revela lo encarnado, es decir, a la persona femenina, y la muestra en toda su hermosura.

    Sí, sólo los limpios de corazón ven a la mujer real y la ven con realismo. Y por eso son los más capacitados para entusiasmarse por ella y para traducir este entusiasmo en obras.

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