Dos frases: sobre los refugiados y sobre el estudio

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La Iglesia hace suyo el comportamiento del Hijo de Dios que sale al encuentro de todos, sin excluir a nadie. Francisco, 12.04.16

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Estudia. —Estudia con empeño. —Si has de ser sal y luz, necesitas ciencia, idoneidad. ¿O crees que por vago y comodón vas a recibir ciencia infusa? Camino, 340

4 comentarios en “Dos frases: sobre los refugiados y sobre el estudio

  1. Buen día a tod@s. Siguamos trabajando en lo que Dios trae a nuestro camino y que nos dé la fuerza e ilusión para continuar sin defraudarle, dentro de nuestra infinita pobreza de espíritu. Un paso, detrás de otro paso es lo que nos permite alcanzar un lugar. Sólo con la mirada o el deseo resulta imposible avanzar. Y para cada pequeño paso, sólo podemos contar con la fuerza y misericordia de Dios.

  2. Hasta Mensajeros de la Paz llegan muchos estudiantes dispuestos a ayudar a las familias menos afortunadas. «Nosotros les decimos que lo primero son los estudios y valoramos mucho que regalen su tiempo para ayudar a los demás. Es curioso que cuando participan en las actividades prefieren ayudar a otras personas que estar en el sofá tumbados viendo la tele o con videojuegos. El nivel de satisfacción personal para ellos es enorme. Aprenden a ser generosos, a escuchar, a comprometerse, a ver otras realidades, se sienten útiles, buenas personas…», asegura Lucía Antolín.

    Para fomentar el voluntariado en las aulas se debe empezar con los niños más pequeños con iniciativas sencillas como la recogida de alimentos no perecederos, de tapones de plástico, con organización de talleres solidarios donde el dinero que se saque con la venta de sus productos se done a alguna asociación… Es labor de los docentes explicarles posteriormente a dónde va dirigido el dinero para que sean conscientes poco a poco del valor que ha tenido la acción realizada.

    Cuando son más mayores, en los últimos cursos de la ESO, ya pueden visitar los espacios donde están las personas que requieren ayuda y participar en las actividades: entretener a los niños pequeños, ayudar a alimentarles, a darles apoyo escolar, enseñarles normas de higiene, atenderles mientras los profesionales imparten la escuela de padres… «Al conocer el funcionamiento de estas acciones es cuando pueden dar un paso más y comprometerse a hacer voluntariado durante todo el año», explica Antolín, de Mensajeros de la Paz.

    El estudio es la virtud que modera y orienta según la razón el deseo de conocer. Y precisamente por eso, influye en toda la conducta, pues toda actividad del hombre, si se quiere desarrollar bien, comienza por el conocimiento y reclama, a lo largo de su ejecución, la aplicación de la mente. La actividad técnica o artística, por ejemplo, exige que previamente se sepa hacer lo que se quiere hacer, que se piense sobre los medios que hay que poner para conseguir hacer lo que se pretende, y que se sepa cómo aplicarlos adecuadamente.
    El estudio tiene que ver, por tanto, con todo lo que en la vida es ocupación (studium, en el sentido latino). Ahora bien, la «ocupación» fundamental de la persona –que incluye y da sentido a las demás- es la tarea de su propia vida: alcanzar su plenitud como persona, su felicidad y salvación. Esta es la ocupación –la investigación de las verdades relevantes para la persona- a la que debe aplicarse, en primer lugar, la virtud del estudio.
    La fe cristiana debe ser un acicate para el estudio y la formación intelectual en todos los campos: «Tened en cuenta –anima el Apóstol- todo cuanto hay de verdadero, de noble, de justo, de puro, de amable, de honorable, todo cuanto sea virtud y cosa digna de elogio». La fe nunca es una barrera para profundizar en la verdad científica y técnica, como quiere hacer creer la crítica racionalista. El reto que en otro tiempo lanzó la Ilustración al cerrilismo, aude sapere!, lo lanza de continuo la fe a la razón para que trascienda sus propios límites.
    El cristiano, que está llamado a poner a Cristo en la cumbre de su actividad humana, debe sentirse impulsado a adquirir la mejor formación intelectual que pueda, no sólo en el ámbito teológico, sino también científico y técnico, sabiendo distinguir entre la verdadera y la falsa ciencia. Esta es la que aparta de la fe, la que se busca para exaltar la propia excelencia, y no para el servicio del bien de la persona; la que se cierra orgullosamente a la verdad divina, convirtiéndose en necedad.

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