La gente no necesita algo de tus cosas: aspira a una parte de tu corazón.

primavera.jpgJesús dice: «Este es mi mandamiento: que os améis los unos a los otros como yo os he amado. Nadie tiene amor más grande que el de dar uno la vida por sus amigos. Vosotros sois mis amigos si hacéis lo que os mando». El amor que el Señor nos tiene ha de ser el modelo de nuestro amor al prójimo…

Cristo caminó entre nosotros en el amor y «pasó haciendo el bien». Para asegurarnos la felicidad, se ofreció a sí mismo: «Cristo nos amó y se entregó por nosotros como oblación y ofrenda de suave olor ante Dios». El sacrificio de Cristo destruyó el orden perverso del pecado. …

¿Cuántas veces estás dispuesto tú a molestarte o a sacrificarte por los demás? El auténtico significado de la caridad consiste antes en dar lo que eres que en dar lo que tienes. El prójimo no necesita parte de tu dinero o de tus bienes: aspira a una parte de tu corazón. En palabras de san Pablo, «que cada uno dé según se ha propuesto en su corazón, no de mala gana ni forzado, porque Dios ama al que da con alegría»…

Propósito para este Año de la Misericordia: poner encima del altar, en la santa misa, las penas y las renuncias que el trato con los hombres exige de ti y haz de ellas una ofrenda expiatoria en unión con Cristo. Debes estar dispuesto a sacrificarte por el prójimo «como Cristo nos ama», por la salvación de su alma y por su bienestar temporal. Pero recuerda que para imitar a Jesús necesitas su gracia.

Fuente: El poder oculto de la amabilidad, de Levanky.

 

3 comentarios en “La gente no necesita algo de tus cosas: aspira a una parte de tu corazón.

  1. El cristianismo no comparte plenamente los puntos de vista estoicos, o en general de la cultura grecorromana, sobre el ideal del sabio (apatheia). Está de acuerdo en que la persona recta debe dominar sus impulsos inferiores (la parte más baja de la sensibilidad), pero, con San Pablo, defiende que el espíritu del hombre convertido debe estar conducido por el impulso de la caridad. Esto modifica bastante los planteamientos clásicos, con un dinamismo nuevo y unos nuevos horizontes de conducta. La caridad, el amor que se entrega a Dios y al prójimo, debe conducir a un heroísmo que pasa por encima de lo que es razonable. Así lo formula el primer mandamiento: “Amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma, con todas tus fuerzas”. Y también se muestra en las sorprendentes exigencias del amor que Cristo propone a los que le siguen: “Nadie tiene amor más fuerte que el que da su vida por los amigos”; “Yo os digo: amad a vuestros enemigos y rogad por los que os persiguen y calumnian”.
    El ideal clásico de sabio rechaza el ímpetu de los sentimientos capaces de perturbar la razón. Pero el cristianismo aspira al dominio del impulso de la caridad en la conducta. Por eso mismo, califica positivamente la espontaneidad de las manifestaciones afectivas cuando se dirigen a Dios y al prójimo. Desde el principio, el cristianismo considera como virtud la misericordia, y espera de los cristianos que tengan “entrañas de misericordia”, como Dios mismo las tiene. En Dios, que es espíritu, se trata de una misteriosa metáfora con un alcance imposible de imaginar, pero en el hombre se refiere a una experiencia afectiva perfectamente identificable.

    La tradición sapiencial griega trataría la cuestión de la misericordia de otro modo: alabaría la tendencia a ayudar (el altruismo), pero censuraría la conmoción. El sabio es quien pone en todo la medida de la razón: no puede dejarse dominar por sus sentimientos. Aunque se trate de un caso extremo, se recuerda el escrúpulo de Aristóteles al no poder contener sus sentimientos y llorar por la muerte de su hija. Hay una diferencia de planteamiento global. El cristiano aspira a imitar las entrañas de un Dios misericordioso, Aristóteles, la serenidad de un cosmos presidido por un motor inmóvil. Algo parecido resultaría en la confrontación con los ideales budistas: el budismo propugna unos ideales prácticos de benevolencia y misericordia universal, pero rechaza toda vehemencia afectiva. El bello ideal de la serenidad, que tiene tantas resonancias cósmicas, impide que el tema pueda ser tratado de otro modo.

    No es que la antigüedad desconozca la importancia y la fuerza de los sentimientos, sobre todo superiores. Tanto Platón como Aristóteles creen que la buena educación consiste principalmente en ayudar a que los jóvenes se enamoren de lo que es noble, para que se convierta en el motor de su conducta. El cristianismo comparte esta preocupación, pero su ideal de conducta no es elitista y no tiene un sentido épico y estético tan acusado. Encuentra su modelo y norma en Jesucristo. La caridad que él practicó y transmitió como mandamiento y como impulso del Espíritu Santo, no es un amor de ideales (el eros platónico), sino de personas (Dios y el prójimo). No busca la propia gloria, sino la entrega. El universo cristiano es personal, porque en la cima está una comunión de personas, que es la Trinidad.

    La caridad no es, estrictamente hablando, un sentimiento, pero, en cuanto inclinación estable, debe ser situada en el nivel superior de la afectividad. Además, como todas las inclinaciones fuertes (todos los amores e inspiraciones), ante la presencia de su objeto, despierta vivos sentimientos. En esto se muestra también la limitación de nuestros esquemas antropológicos que, por tradición, son demasiado racionalistas.

    Es evidente que, en la conciencia humana, hay un amplio repertorio de inclinaciones estables que tienen un carácter afectivo, sin ser pasionales, como sucede con la misericordia, el sentido estético y el sentido moral, el amor a la verdad, al bien y a la belleza (el eros platónico), además de todos los afectos inducidos y creados entre los que destacan los amores personales. Como se refieren intencionalmente a sus objetos, hay que situarlos en la afectividad, pero en otro nivel que los sentimientos(23). Deben considerarse como inclinaciones estables del querer, y por lo tanto pertenecen la voluntad(24). Al ser inclinaciones estables y referidas a grandes bienes, son un cierto desarrollo de lo que los escolásticos llamaban voluntas ut natura. Componen el fondo afectivo que es capaz de reconocer y valorar los bienes de carácter espiritual.

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