La vida interior consiste en comenzar y recomenzar

humildad de comenzar y recomenzar

Por experiencia personal os consta —y me lo habéis oído repetir con frecuencia, para prevenir desánimos— que la vida interior consiste en comenzar y recomenzar cada día; y advertís en vuestro corazón, como yo en el mío, que necesitamos luchar con continuidad. (Amigos de Dios, 13.)

6 comentarios en “La vida interior consiste en comenzar y recomenzar

  1. Vamos animados por el trabajo, porque el trabajo es para nosotros camino para llegar a Jesús; es, de algún modo, el camino hacia Belén: allí donde nace el Verbo encarnado, donde Cielos y tierra se unen, en el seno de María y, después, en aquella humilde cuna de Belén. Allí vamos nosotros, que tratamos de unir trabajo y oración, oración y trabajo: el mundo con Dios.

    Vamos con buen ánimo, con paso alegre. El trabajo es, en efecto, y a pesar de las dificultades que siempre conlleva –y que algunas veces tanto nos hacen sufrir–, vida, tarea, don, crecimiento, servicio a Dios y a los demás. Por eso tratamos de quererlo, hacerlo con alegría, con entusiasmo: con pasión profesional. El trabajo es, en este sentido, motor que impulsa. Es bueno salir de casa con deseos de cumplir aquella tarea humana que constituye nuestra vocación profesional y, a la vez, nos ubica en la sociedad.

    Él es el artesano, el hijo del artesano , el que trabajó treinta años en Nazaret. Es el Hijo de Dios que transformó el pan en su Cuerpo. ¡Cuánto le costó el trabajo de la cruz! Abbá, no se haga mi voluntad sino la tuya ; y ese sometimiento de la voluntad lo actualizamos cada día cuando el sacerdote, prestando su voz y toda su persona al Señor, actuando in Persona Christi Capitis, repite las palabras de la Institución de la Eucaristía: Esto es mi cuerpo entregado por vosotros. Así vamos, cargados y animados, tras las huellas de quien subió a Jerusalén con el peso de nuestros pecados, animado por deseos de salvación, por deseos de entrega.

    Quam dilecta tabernacula tua, Domine virtutum!. Vamos, animados por el trabajo, al Sagrario, al Tabernáculo, a la casa del Señor de los Ejércitos, fuerza de nuestras luchas de paz por alcanzar las virtudes. Le ofrecemos esa lucha a Él, porque no hay nada bueno que hayamos hecho que no venga de Él. ¿Qué tienes que no hayas recibido?, decía San Pablo .

    Esas virtudes que hemos tratado de ejercer en el trabajo son de Dios: la laboriosidad –mi Padre no deja de trabajar, y yo también trabajo –, la paciencia, la responsabilidad, el cuidado de las cosas pequeñas, el esfuerzo por acabar, el afán por hacer crecer a los demás y la humildad para valorar su trabajo, la alegría, el servicio. En el comenzar y recomenzar está la lucha para adquirir esas virtudes, hábitos operativos que forjan nuestra personalidad y, poco a poco, nos identifican con Cristo.

    Para amar. Al trabajar nosotros es Él quien trabaja, quien sufre y se entrega, quien ama. Vamos hacia la casa del Pan, eterno Belén del Sagrario donde está el Hijo único del Padre, el Verbo eterno de Dios. En la patena, uniendo nuestra tarea al pan –fruto de la tierra y de nuestro trabajo–; y en el cáliz, uniendo al vino –fruto de la vid y de nuestro trabajo la gota de agua de nuestra vida.

    Cuida y trabaja, dice san Josemaría. Un trabajo bien hecho, cuidado, esmerado. El trabajo que corresponde al pequeño deber de cada momento: Haz lo que debes y está en lo que haces . Cuidado, esmero, preparación de tu ofrenda.

    Vamos al Sagrario que se encuentra en la parroquia, en una iglesia cercana al lugar de trabajo, o de camino; al Sagrario de algún oratorio. Vamos allí para acortar el tiempo hasta la próxima Misa, preparando la ofrenda de la jornada con el cuidado y la impaciencia de los enamorados, con la ilusión de hacer de cada día una Misa, para encomendar a nuestros familiares y amigos, para sentirnos amados…, ¡y para amar! .

    De modo muy especial, a la hora de las pruebas o cuando hay que dar un nuevo paso, quizá más costoso, hacia un mayor abandono interior, ha llegado el momento de ir al Sagrario a hablar con el Señor, que nos muestra sus llagas como credenciales de su amor; y, con fe en esas llagas que físicamente no contemplamos, descubriremos con los Apóstoles la necesidad de que Cristo padeciera y así entrara en su gloria; acogeremos más claramente la Cruz como un don divino, entendiendo así aquella exhortación de nuestro Padre: empeñémonos en ver la gloria y la dicha ocultas en el dolor .

    El Sagrario es Belén, casa del pan, siempre demasiado pobre para el Señor. Es Belén porque allí está con su alma, con su cuerpo, con su sangre y su divinidad , porque se ofrece, como en Belén, a nuestra contemplación y a nuestra adoración. No vamos a Él con las manos vacías, sino con el trabajo ya hecho y el que queda por hacer.
    FUENTE:SAN JOSEMARÍA ESCRIVÁ

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