La vida interior consiste en comenzar y recomenzar

humildad de comenzar y recomenzar

Por experiencia personal os consta —y me lo habéis oído repetir con frecuencia, para prevenir desánimos— que la vida interior consiste en comenzar y recomenzar cada día; y advertís en vuestro corazón, como yo en el mío, que necesitamos luchar con continuidad. (Amigos de Dios, 13.)

8 comentarios sobre “La vida interior consiste en comenzar y recomenzar

  1. Vamos animados por el trabajo, porque el trabajo es para nosotros camino para llegar a Jesús; es, de algún modo, el camino hacia Belén: allí donde nace el Verbo encarnado, donde Cielos y tierra se unen, en el seno de María y, después, en aquella humilde cuna de Belén. Allí vamos nosotros, que tratamos de unir trabajo y oración, oración y trabajo: el mundo con Dios.

    Vamos con buen ánimo, con paso alegre. El trabajo es, en efecto, y a pesar de las dificultades que siempre conlleva –y que algunas veces tanto nos hacen sufrir–, vida, tarea, don, crecimiento, servicio a Dios y a los demás. Por eso tratamos de quererlo, hacerlo con alegría, con entusiasmo: con pasión profesional. El trabajo es, en este sentido, motor que impulsa. Es bueno salir de casa con deseos de cumplir aquella tarea humana que constituye nuestra vocación profesional y, a la vez, nos ubica en la sociedad.

    Él es el artesano, el hijo del artesano , el que trabajó treinta años en Nazaret. Es el Hijo de Dios que transformó el pan en su Cuerpo. ¡Cuánto le costó el trabajo de la cruz! Abbá, no se haga mi voluntad sino la tuya ; y ese sometimiento de la voluntad lo actualizamos cada día cuando el sacerdote, prestando su voz y toda su persona al Señor, actuando in Persona Christi Capitis, repite las palabras de la Institución de la Eucaristía: Esto es mi cuerpo entregado por vosotros. Así vamos, cargados y animados, tras las huellas de quien subió a Jerusalén con el peso de nuestros pecados, animado por deseos de salvación, por deseos de entrega.

    Quam dilecta tabernacula tua, Domine virtutum!. Vamos, animados por el trabajo, al Sagrario, al Tabernáculo, a la casa del Señor de los Ejércitos, fuerza de nuestras luchas de paz por alcanzar las virtudes. Le ofrecemos esa lucha a Él, porque no hay nada bueno que hayamos hecho que no venga de Él. ¿Qué tienes que no hayas recibido?, decía San Pablo .

    Esas virtudes que hemos tratado de ejercer en el trabajo son de Dios: la laboriosidad –mi Padre no deja de trabajar, y yo también trabajo –, la paciencia, la responsabilidad, el cuidado de las cosas pequeñas, el esfuerzo por acabar, el afán por hacer crecer a los demás y la humildad para valorar su trabajo, la alegría, el servicio. En el comenzar y recomenzar está la lucha para adquirir esas virtudes, hábitos operativos que forjan nuestra personalidad y, poco a poco, nos identifican con Cristo.

    Para amar. Al trabajar nosotros es Él quien trabaja, quien sufre y se entrega, quien ama. Vamos hacia la casa del Pan, eterno Belén del Sagrario donde está el Hijo único del Padre, el Verbo eterno de Dios. En la patena, uniendo nuestra tarea al pan –fruto de la tierra y de nuestro trabajo–; y en el cáliz, uniendo al vino –fruto de la vid y de nuestro trabajo la gota de agua de nuestra vida.

    Cuida y trabaja, dice san Josemaría. Un trabajo bien hecho, cuidado, esmerado. El trabajo que corresponde al pequeño deber de cada momento: Haz lo que debes y está en lo que haces . Cuidado, esmero, preparación de tu ofrenda.

    Vamos al Sagrario que se encuentra en la parroquia, en una iglesia cercana al lugar de trabajo, o de camino; al Sagrario de algún oratorio. Vamos allí para acortar el tiempo hasta la próxima Misa, preparando la ofrenda de la jornada con el cuidado y la impaciencia de los enamorados, con la ilusión de hacer de cada día una Misa, para encomendar a nuestros familiares y amigos, para sentirnos amados…, ¡y para amar! .

    De modo muy especial, a la hora de las pruebas o cuando hay que dar un nuevo paso, quizá más costoso, hacia un mayor abandono interior, ha llegado el momento de ir al Sagrario a hablar con el Señor, que nos muestra sus llagas como credenciales de su amor; y, con fe en esas llagas que físicamente no contemplamos, descubriremos con los Apóstoles la necesidad de que Cristo padeciera y así entrara en su gloria; acogeremos más claramente la Cruz como un don divino, entendiendo así aquella exhortación de nuestro Padre: empeñémonos en ver la gloria y la dicha ocultas en el dolor .

    El Sagrario es Belén, casa del pan, siempre demasiado pobre para el Señor. Es Belén porque allí está con su alma, con su cuerpo, con su sangre y su divinidad , porque se ofrece, como en Belén, a nuestra contemplación y a nuestra adoración. No vamos a Él con las manos vacías, sino con el trabajo ya hecho y el que queda por hacer.
    FUENTE:SAN JOSEMARÍA ESCRIVÁ

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  2. Ángelus: Seguir el “camino de la humildad” que ayuda a tener “relaciones auténticas”

    •septiembre 01, 2019 13:29•Larissa I. López•Angelus y Regina Coeli

    (ZENIT- 1 septiembre 2019).- De acuerdo a las palabras del Papa Francisco, el Señor nos invita a que no busquemos “por nuestra propia iniciativa la atención y la consideración de los demás, sino, más bien, dejar que sean los otros las que nos las presten”, y a seguir “el camino de la humildad”, “porque es el más auténtico, el camino de la humildad, que también nos permite tener relaciones auténticas”.

    Antes del rezo del Ángelus, el Santo Padre se ha referido hoy, 1 de septiembre de 2019, al evangelio dominical (Lc 14,1.7-14) que muestra a Jesús participando en un banquete en casa de un jefe de los fariseos y en el que este observa como los invitados corrían para ocupar los primeros puestos.

    Francisco resaltó que, también hoy, “habitualmente se busca el primer lugar para afirmar una supuesta superioridad sobre los demás. En realidad, esta carrera hacia los primeros puestos perjudica a la comunidad, tanto civil como eclesial, porque arruina la fraternidad”, expresó el Papa Francisco.

    En dicho pasaje, Jesús ofrece dos parábolas a las que el Pontífice ha remitido. La primera de ellas está dirigida a quien es invitado a un banquete, al que Jesús propone que se siente siempre en último sitio, y que sea el anfitrión el que le pida ponerse delante, demostrando la citada humildad.

    En la segunda parábola, Jesús apela al que invita y le exhorta a convidar a “los pobres, a los lisiados, a los cojos, a los ciegos y serás bienaventurado porque no tienen nada para devolverte” y porque “recibirás en efecto tu recompensa en la resurrección de los justos”.

    Así, el Papa recuerda que el que se comporte de este modo “tendrá la recompensa divina, mucho más alta que el intercambio humano que uno se espera” y, frente al interés personal que suele surgir en las relaciones humanas, resalta la generosidad desinteresada a la que invita Dios “para abrirnos el camino hacia una alegría mucho mayor: la alegría de ser partícipes del amor mismo de Dios, que nos espera a todos nosotros en el banquete celestial”.

    El Obispo de Roma se disculpó por el retraso de unos minutos en el rezo del Ángelus, ya que hubo un fallo eléctrico y se quedó encerrado en el ascensor durante 25 minutos. Además, agradeció el trabajo de los bomberos, que acudieron prontamente y lograron hacer funcionar de nuevo el elevador.

    A continuación ofrecemos íntegramente las palabras del Santo Padre antes del Ángelus.

    ***

    Palabras del Papa Francisco

    En primer lugar, tengo que disculparme por el retraso, pero hubo un incidente: ¡me quedé atrapado
    en el ascensor durante 25 minutos! Hubo un corte de electricidad y el ascensor se paró. Gracias a Dios
    los bomberos han venido -¡se lo agradezco mucho! – y después de 25 minutos de trabajo se las arreglaron para hacerlo andar. ¡Un aplauso para los bomberos!

    El Evangelio de este domingo nos muestra a Jesús, participando en un banquete en casa de un jefe de los fariseos. Jesús miraba y observaba como los invitados corren para conseguir los primeros lugares, una actitud bastante difundida en nuestros días, y no solo cuando se nos invita a una comida. Habitualmente se busca el primer lugar para afirmar una supuesta superioridad sobre los demás. En realidad, esta carrera hacia los primeros puestos perjudica a la comunidad, tanto civil como eclesial, porque arruina la fraternidad. Todos conocemos a estas personas que siempre quieren trepar para ir cada vez más arriba y dañan la fraternidad. Ante esta escena, Jesús cuenta dos breves parábolas.

    La primera parábola se dirige al que es invitado a un banquete y lo exhorta a no ponerse en el primero puesto, porque, dice, “no haya otro invitado más digno que tú y el que te invito a ti y a él venga a decirte: ‘Cédele tu lugar’. Entonces deberás ocupar con vergüenza el último puesto”. Jesús, en cambio, enseña a tener una actitud opuesta: “Cuando te conviden, vete a sentarte en el último puesto, para que cuando venga el que te ha invitado te diga: ‘Amigo, ven más adelante’” (v. 10). Por lo tanto, no debemos buscar por nuestra propia iniciativa la atención y la consideración de los demás, sino, más bien, dejar que sean los otros las que nos las presten. Jesús, nos muestra siempre el camino de la humildad, porque es el más auténtico, el camino de la humildad, que también nos permite tener relaciones auténticas. El camino de la humildad, no la humildad ficticia, la verdadera humildad.

    En la segunda parábola, Jesús se dirige al que invita y, refiriéndose al modo de seleccionar a los invitados a la fiesta, le dice: “Cuando ofrezcas un banquete invita a los pobres, a los lisiados, a los cojos, a los ciegos y serás bienaventurado porque no tienen nada para devolverte. También aquí, Jesús va completamente a contracorriente, manifestando como siempre la lógica de Dios Padre. Y añade también la clave para interpretar su razonamiento, y ¿cuál es la clave?: si tú haces esto “recibirás en efecto tu recompensa en la resurrección de los justos” (v. 14). Esto significa que el que se comporta de esta manera, tendrá la recompensa divina, mucho más alta que el intercambio humano que uno se espera: yo te hago un favor esperando que tú me hagas otro, no, la generosidad humilde. El intercambio humano, de hecho, suele distorsionar las relaciones, introduciendo el interés personal en una relación que debería ser generosa y gratuita. En cambio, Jesús, nos invita a la generosidad desinteresada para abrirnos el camino hacia una alegría mucho mayor: la alegría de ser partícipes del amor mismo de Dios, que nos espera a todos nosotros en el banquete celestial.

    Que la Virgen María “humilde y elevada más que una criatura” (Dante, Paradiso, XXXIII, 2), nos ayude a reconocernos como somos, es decir, pequeños, y a alegrarnos en el dar sin reciprocidad.

    •septiembre 01, 2019 13:29•Angelus y Regina Coeli

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