La renuncia a uno mismo es fuente de paz y felicidad

paisaje primaveral.jpgLa paz que ofrece el mundo está basada en la capitulación ante nuestras pasiones; la que ofrece Jesús se basa en la victoria sobre ellas. La primera es una fuente de infelicidad; la segunda es fuente de auténtico gozo. El Señor ha dicho: «Quien encuentre su vida, la perderá; pero quien pierda por mí su vida la encontrará»24. Quien se busca a sí mismo, y no a Dios, encuentra la infelicidad y la muerte.
«Si alguno quiere venir detrás de mí, que se niegue a sí mismo, que tome su cruz y que me siga» dice Cristo. No te pide que ames el sacrificio por el sacrificio. Basta con que lo ames por amor a Dios. … 
Si buscas la felicidad, tienes que estar dispuesto a recorrer el camino de la renuncia. … 

Santa Teresa dijo: «Y desde ese momento en que me decidí a servir con todas mis fuerzas al Señor y consolador mío, no me sentí ya apenada». Una de sus hijas espirituales, Santa Teresita del Niño Jesús, escribió: «Entró la caridad en mi corazón junto con la necesidad de olvidarme perpetuamente de mí misma, y desde entonces fui dichosa». Y San Juan Vianney: «Hemos de pedir el amor a las cruces; entonces es cuando son dulces. Yo lo he probado; he sido muy calumniado y objeto de contradicción. Llevaba cruces, tal vez más de las que podía. Entonces pedí el amor a la cruz y fui dichoso; ahora me digo: verdaderamente no hay felicidad sino en eso».

Los santos han sido santos porque fueron felices cuando costaba ser feliz, pacientes cuando costaba ser paciente, callados cuando necesitaban hablar y afables cuando sentían la tentación de chillar. Siguieron adelante cuando querían detenerse. La santidad no es sino otra palabra para designar el olvido y la renuncia de uno mismo. … Únicamente encontrarás descanso en Dios, porque es Él quien te ha creado… Pide a Dios el amor a la cruz… Toma la firme decisión de olvidarte totalmente de ti para pensar solamente en el interés de Dios y de las almas. Procura encontrar la felicidad en hacer felices a los demás.

Fuente: “El poder oculto de la amabilidad”, por L.Lovasik

3 comentarios en “La renuncia a uno mismo es fuente de paz y felicidad

  1. Dios, en su Hijo Jesús, ha bajado entre los hombres, se ha encarnado y se ha mostrado solidario con la humanidad en todo, menos en el pecado. Jesús se identificaba con la humanidad: «el primogénito entre muchos hermanos» (Rm 8,29). Él no se limitaba a enseñar a la muchedumbre, sino que se preocupaba de ella, especialmente cuando la veía hambrienta (cf. Mc 6,34-44) o desocupada (cf. Mt 20,3). Su mirada no estaba dirigida solamente a los hombres, sino también a los peces del mar, a las aves del cielo, a las plantas y a los árboles, pequeños y grandes: abrazaba a toda la creación. Ciertamente, Él ve, pero no se limita a esto, puesto que toca a las personas, habla con ellas, actúa en su favor y hace el bien a quien se encuentra en necesidad. No sólo, sino que se deja conmover y llora (cf. Jn 11,33-44). Y actúa para poner fin al sufrimiento, a la tristeza, a la miseria y a la muerte.

    Jesús nos enseña a ser misericordiosos como el Padre (cf. Lc 6,36). En la parábola del buen samaritano (cf. Lc 10,29-37) denuncia la omisión de ayuda frente a la urgente necesidad de los semejantes: «lo vio y pasó de largo» (cf. Lc 6,31.32). De la misma manera, mediante este ejemplo, invita a sus oyentes, y en particular a sus discípulos, a que aprendan a detenerse ante los sufrimientos de este mundo para aliviarlos, ante las heridas de los demás para curarlas, con los medios que tengan, comenzando por el propio tiempo, a pesar de tantas ocupaciones. En efecto, la indiferencia busca a menudo pretextos: el cumplimiento de los preceptos rituales, la cantidad de cosas que hay que hacer, los antagonismos que nos alejan los unos de los otros, los prejuicios de todo tipo que nos impiden hacernos prójimo.

    La misericordia es el corazón de Dios. Por ello debe ser también el corazón de todos los que se reconocen miembros de la única gran familia de sus hijos; un corazón que bate fuerte allí donde la dignidad humana −reflejo del rostro de Dios en sus creaturas− esté en juego. Jesús nos advierte: el amor a los demás −los extranjeros, los enfermos, los encarcelados, los que no tienen hogar, incluso los enemigos− es la medida con la que Dios juzgará nuestras acciones. De esto depende nuestro destino eterno. No es de extrañar que el apóstol Pablo invite a los cristianos de Roma a alegrarse con los que se alegran y a llorar con los que lloran (cf. Rm 12,15), o que aconseje a los de Corinto organizar colectas como signo de solidaridad con los miembros de la Iglesia que sufren (cf. 1 Co 16,2-3). Y san Juan escribe: «Si uno tiene bienes del mundo y, viendo a su hermano en necesidad, le cierra sus entrañas, ¿cómo va a estar en él el amor de Dios?» (1 Jn 3,17; cf. St 2,15-16).

    Por eso «es determinante para la Iglesia y para la credibilidad de su anuncio que ella viva y testimonie en primera persona la misericordia. Su lenguaje y sus gestos deben transmitir misericordia para penetrar en el corazón de las personas y motivarlas a reencontrar el camino de vuelta al Padre. La primera verdad de la Iglesia es el amor de Cristo. De este amor, que llega hasta el perdón y al don de sí, la Iglesia se hace sierva y mediadora ante los hombres. Por tanto, donde la Iglesia esté presente, allí debe ser evidente la misericordia del Padre. En nuestras parroquias, en las comunidades, en las asociaciones y movimientos, en fin, dondequiera que haya cristianos, cualquiera debería poder encontrar un oasis de misericordia».

    También nosotros estamos llamados a que el amor, la compasión, la misericordia y la solidaridad sean nuestro verdadero programa de vida, un estilo de comportamiento en nuestras relaciones de los unos con los otros. Esto pide la conversión del corazón: que la gracia de Dios transforme nuestro corazón de piedra en un corazón de carne (cf. Ez 36,26), capaz de abrirse a los otros con auténtica solidaridad. Esta es mucho más que un «sentimiento superficial por los males de tantas personas, cercanas o lejanas». La solidaridad «es la determinación firme y perseverante de empeñarse por el bien común; es decir, por el bien de todos y cada uno, para que todos seamos verdaderamente responsables de todos», porque la compasión surge de la fraternidad.

    Así entendida, la solidaridad constituye la actitud moral y social que mejor responde a la toma de conciencia de las heridas de nuestro tiempo y de la innegable interdependencia que aumenta cada vez más, especialmente en un mundo globalizado, entre la vida de la persona y de su comunidad en un determinado lugar, así como la de los demás hombres y mujeres del resto del mundo.
    Fuente: Almudi

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s