Regina Caeli (Reina del Cielo) para el tiempo Pascual

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  1. No olvidemos que este texto forma parte de la instrucción paulina sobre la muerte y el destino del cuerpo humano del que es principio vital –y natural– el alma, que en el momento de la muerte lo abandona. La Resurrección de Cristo, para san Pablo, responde a este misterio y resuelve este interrogante con una certeza de fe. El cuerpo de Cristo, pleno del Espíritu Santo en la Resurrección es la fuente de la nueva vida de los cuerpos resucitados: «se siembra un cuerpo natural, resucita un cuerpo espiritual». El cuerpo «natural» –es decir, animado por la psyché– está destinado a desaparecer para dejar lugar al cuerpo «espiritual», animado por el pneuma, el Espíritu, que es principio de vida nueva ya durante la actual vida mortal, pero alcanzará su plena eficacia después de la muerte. Entonces será autor de la resurrección del «cuerpo natural» en toda la realidad del «cuerpo pneumático» mediante la unión con Cristo resucitado, hombre celeste y «Espíritu que da vida». Por tanto, la futura resurrección de los cuerpos está vinculada a su espiritualización a semejanza del Cuerpo de Cristo, vivificado por el poder del Espíritu Santo.

    Ésta es la respuesta del Apóstol al interrogante que él mismo se plantea: «¿Cómo resucitan los muertos? ¿Con qué cuerpo vuelven a la vida?». «¡Necio! –exclama san Pablo–. Lo que tú siembras no revive sino muere. Y lo que tú siembras no es el cuerpo que va a brotar, sino un simple grano, de trigo por ejemplo o de alguna otra planta. Y Dios le da un cuerpo a su voluntad… Así también en la resurrección de los muertos: …se siembra un cuerpo natural, resucita un cuerpo espiritual». Y llegamos a la conclusión: la vida en Cristo es al mismo tiempo la vida en el Espíritu Santo: «Mas vosotros no estáis en la carne, sino en el espíritu, ya que el Espíritu de Dios habita en vosotros. El que no tiene el Espíritu de Cristo no le pertenece (a Cristo)». La verdadera libertad se halla en Cristo y en su Espíritu, «porque la ley del Espíritu que da la vida en Cristo Jesús te liberó de la ley del pecado y de la muerte».

    La santificación en Cristo es, pues, al mismo tiempo la santificación en el Espíritu Santo. Si Cristo «intercede por nosotros», entonces también el Espíritu Santo «intercede por nosotros con gemidos inefables… Intercede a favor de los santos según Dios». Como se puede deducir de estos textos paulinos, el Espíritu Santo que ha actuado en la Resurrección de Cristo, ya infunde en el cristiano la nueva vida, en la perspectiva escatológica de la futura resurrección. Existe, pues, una relación estrechísima entre la Resurrección de Cristo, la vida nueva del cristiano –liberado del pecado y hecho partícipe del misterio pascual–, y la futura reconstrucción de la unidad de cuerpo y alma en la resurrección tras la muerte.

    En suma, el Espíritu Santo es el autor de todo el desarrollo de la vida nueva en Cristo. Se puede decir, en fin, que la misión de Cristo alcanza realmente su culmen en el misterio pascual, donde la estrecha relación entre la cristología y la pneumatología se abre –ante la mirada del creyente y ante la investigación del teólogo–, al horizonte escatológico; y, además, esta perspectiva incluye también el plano eclesiológico.

  2. María aparece, pues, en el libro de los Hechos como una de las personas que participan, en calidad de miembro de la primera comunidad de la Iglesia naciente, en la preparación para Pentecostés. En el momento de la Anunciación María ya experimentó la venida del Espíritu Santo y fue asociada de modo único e irrepetible al misterio de Cristo. Ahora, en el Cenáculo de Jerusalén, cuando mediante los acontecimientos pascuales el misterio de Cristo sobre la tierra llegó a su plenitud, María se encuentra en la comunidad de los discípulos para preparar una nueva venida del Espíritu Santo, y un nuevo nacimiento: el nacimiento de la Iglesia.

    Por tanto, María, desde el inicio, está unida a la Iglesia, como uno de los «discípulos» de su Hijo, pero al mismo tiempo es «tipo y ejemplar acabadísimo de la misma (Iglesia) en la fe y en la caridad». La oración de María en el Cenáculo, como preparación a Pentecostés, tiene un significado especial, precisamente por razón del vínculo con el Espíritu Santo que se estableció en el momento del misterio de la Encarnación. Desde Pentecostés –donde «todos quedaron llenos del Espíritu Santo» (Act 2,4)– María quedó para siempre unida al camino de la Iglesia.

    La comunidad apostólica tenía necesidad de su presencia y de aquella perseverancia en la oración, en compañía de la Madre del Señor. Se puede decir que en aquella oración «en compañía de María» se trasluce su particular mediación, nacida del Amor y de la plenitud de los dones del Espíritu Santo. San Agustín lo expresaba así: «cooperó con su caridad para que nacieran en la Iglesia los fieles, miembros de aquella cabeza, de la que es efectivamente madre según el cuerpo». María, esposa del Espíritu Santo, imploraba Su venida a la Iglesia, nacida del costado de Cristo atravesado en la cruz, y ahora a punto de manifestarse al mundo. «Desde el primer momento de la vida de la Iglesia, todos los cristianos que han buscado el amor de Dios, ese amor que se nos revela y se hace carne en Jesucristo, se han encontrado con la Virgen, y han experimentado de maneras muy diversas su maternal solicitud. La Virgen Santísima puede llamarse con verdad madre de todos los cristianos». Y a Ella acudo con el mayor cariño.

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