Ser amable y cortés es también imitar a Cristo.

autumn-is-hereEl Señor ha dicho: «Bienaventurados los mansos, porque heredarán la tierra». Por eso ser amable y cortés es imitar a Cristo.

Ser amable y cortes el algo que cuesta poco y rinde mucho. Es como el aceite sin el cual el poderoso engranaje de la sociedad se minaría pronto. Además de proporcionar muchas horas gratas en la vida social, nos llena de un amor que otras virtudes, dones o cualidades no son capaces de obtenernos.

En el transcurso de los siglos solo ha existido una persona capaz de encarnar todas las características de un perfecto caballero: Jesucristo. En el transcurso de su vida, no se le conoció gestos antipáticos. La dulzura de su sonrisa, el brillo de su mirada, la comprensión que emanaba de su rostro cuando daba consuelo, confortaba o animaba a quien necesitaba aliento: todo en él traslucía una amabilidad y un afecto auténticos por los hombres. Incluso cuando corregía a los hipócritas lo hacía movido por el amor hacia los oprimidos por ellos.

La gentileza, el respeto por los sentimientos de los demás y la consideración hacia sus circunstancias son las principales cualidades de un caballero o una dama cristianos.

Propósito para el Año de la Misericordia: esforzarme por ser más amable y cortes, para imitar así mejor a Jesucristo en su trato con los demás.

Fuente: “El poder oculto de la amabilidad” de Lovasik L.G.

5 comentarios en “Ser amable y cortés es también imitar a Cristo.

  1. No siempre es fácil ser amable con la gente, sobre todo si estás de mal humor o no puedes evitar a alguien que te molesta. Sin embargo, si haces el esfuerzo por hacer lo más básico, es decir, sonreír, sostener la puerta para los demás o preguntar cómo les va, podrás crear un ambiente más agradable para ti y los demás. De esta manera, no solo lograrás que todos te respeten más, ¡también hará que tu día sea más resplandeciente!
    Si quieres aprender a ser amable con los demás, ve al paso 1.

    Parte 1 de 3: Ser amable con las personas que no te conocen mucho

    Sonríe. Tan solo el hecho de sonreír hará que te veas y te sientas una persona más amable. Ya sea que les sonrías a desconocidos o a gente que conozcas, los motivarás para que también te sonrían. Muchos podrían pensar que eres frío o descortés porque eres tímido y no sonríes tanto. Así que la próxima vez que te cruces con alguien que apenas conozcas o un desconocido, acostúmbrate a sonreír. Hacerlo también hará que te sientas más contento, aunque no estés en tu mejor momento, así que siempre sacarás provecho de las sonrisas.

    Preséntate a otras personas. Si estás en un lugar y ves a alguien que no conoces, pero todos los demás parecen conocerse, tómate el tiempo para presentarte. Si conversas con alguien de la cola en la cafetería, preséntate cuando sea apropiado. Será un gesto amable y cortés que podría ayudar a romper el hielo. Decir algo sencillo como “Hola, me llamo José, gusto en conocerte” hará que despiertes la conversación. Las personas amables suelen presentarse porque les emociona conocer gente nueva.

    Habla de cosas sin importancia. Habla de cosas sin importancia que sepas que será de interés para el otro. Si no conoces mucho sus gustos, habla de las cosas que estén sucediendo (la reunión a la que ambos asistieron hace una hora, el nuevo chico de la clase de matemáticas, los zapatos hermosos que tenía un colega, etc.). Emplear un poco de humor siempre será útil, porque las personas gustan mucho de aquellos que los hacen reír o que tienen un sentido del humor y los entienden. ◦No seas como aquellos que creen que charlas así no tienen sentido y son una pérdida de tiempo. Primero tendrás que hablar de cosas sin importancia para relacionarte a nivel más profundo con los demás.

    Haz un cumplido sincero. A todo el mundo le encanta los cumplido, así que no temas decir algo positivo sobre los demás. Eso sí, ten cuidado, no halagues demasiado. Demasiados cumplidos podrían darle a entender a la otra persona que tratas de adularla, sobre todo si es un superior, quien podría pensar que eres un perrito faldero. Haz un cumplido de algo sencillo como el suéter o la joya que tenga el otro. ◦Incluso podrías valerte de los halagos para empezar a charlar. Podrías decir: “Me encantan tus medias. ¿Dónde las compraste”.

    Planifica salir con alguien que hayas conocido. Si has conocido a alguien y todo va sobre ruedas, será excelente volver a salir, así que pregúntale si quiere hacerlo. Si es un amigo nuevo, invítalo a un lugar donde no haya mucha presión como un partido de baloncesto, un concierto con amigos o un día divertido con un grupo pequeño en el parque. No deberás planificar nada muy personal ni privado con alguien que recién conozcas. Solo intercambien datos personales, dile que fue un gusto conocerle y que tienes ganas de salir con él o ella.

    Sé educado. Deberás ser igual de educado con los desconocidos como lo serías con tus familiares. Esa persona desconocida en la cafetería podría sentirse muy solitaria y tú podrías ser la única persona con la que haya hablado ese día. Aunque tengas un mal día, tómate el tiempo para decir “disculpa”, sostener la puerta para los demás y tratar a todo el mundo con el mínimo de respeto. No ocupes dos asientos en el autobús ni hable con una voz muy alta por el celular, más bien sé educado y cede tu asiento a otra persona.

    No digas malas palabras. Hacerlo hará que parezcas una persona vulgar, grosera y para nada amable. Si los demás te ven vociferando insultos y enfadándote, rechazarán tu vibra negativa y no querrán estar contigo. La próxima vez que te enfades o tengas ganas de decir malas palabras, procura hacerlo en tu mente o incluso combate esos insultos sonriendo.

    Ofrece tu ayuda. Será importante que te ofrezcas a ayudar a todos, ya sea alguien que esté cargando cosas y no pueda abrir una puerta, un niño que haya dejado caer su juguete o un anciano que camine con dificultad. Un día, tú también dependerás de la amabilidad y la ayuda de un desconocido, por lo que deberás dejar un buen karma mientras puedas. De esta manera, serás amable y te sentirás mejor contigo mismo.

    Di los nombres de los demás. A la gente que recién conozcas le encantará que digas su nombre durante una charla o al final. Aunque solo lo digas un par de veces, la persona se sentirá especial porque querrá decir que le prestas atención. Decir “Te entiendo perfectamente, Eliza” o “Un gusto en conocerte, Eliza” hará que los demás sientan que te has tomado el tiempo para conocerlos un poco más. Además, será un gran truco que te ayudará a recordar su nombre la próxima vez que te encuentres con él o ella, lo cual también será muy considerado de tu parte.

    Haz pequeñas acciones de amabilidad. No solo tendrás que ser amable con las personas más cercanas y más queridas. Si vas a barrer las hojas caídas de tu calle, tómate el tiempo para barrer las hojas de la calle de tu vecino. Deja que alguien se te adelante en la cola, pon más dinero en la jarra de las propinas. Tomarte el tiempo para hacer algo amable a un desconocido hará que se sienta valorado y esparcirás buen karma.

    Evita juzgar. Juzgar a las personas antes de conocerlas será definitivamente algo descortés. Dales el beneficio de la duda y da por sentado que son buenas personas a menos que te den un motivo para pensar lo contrario. Aprende a mirar a las personas por lo que son en lugar de juzgarlas por su apariencia física o su manera de vestir. Podría tomarte mucho tiempo aprender a hacerlo, pero definitivamente será excelente para ser alguien amable.

    Parte 2 de 3: Ser amable con las personas importantes para ti

    Regala una pequeña muestra de tu afecto. Ya sea el cumpleaños de un amigo o cualquier martes, darle a tu amigo un regalito será excelente para mostrarle tu afecto por él. Procura que sea algo considerado, como el suéter que no dejaba de mirar la semana pasada en el centro comercial, un libro que quería leer o un álbum que sepas que le encanta. De esta manera, esa persona verá que realmente es importante para ti. No deberás hacerlo con segundas intenciones, solo hazlo por amabilidad.

    Colabora con la limpieza. Ya sea que estés en la fiesta de un conocido o te quedes después de la fiesta de cumpleaños de tu primo, deberás ofrecerte a limpiar. Será excelente para demostrar que eres considerado y como agradecimiento por lo que los demás han hecho. Organiza un grupo de limpieza y verás que será divertido echar una mano. Además, cuando organices una fiesta, ¡los demás tendrán más ganas de ayudarte! ◦Algunos te dirán que no necesitan tu ayuda y que podrán hacerlo solos, pero lo más probable es que solo lo digan por cortesía. Insiste en ayudarlos a menos que realmente no quieran por algún motivo en especial.

    Sé un buen oyente. Una de las mejores maneras de ser amable con la gente que conoces será tomarte el tiempo para escucharlos de verdad. Deja de hablar con tu otro amigo por celular y mirar a otro lado, más bien dale toda tu atención a esa persona importante para ti mientras absorbes todo lo que te diga. No la interrumpas de inmediato, déjala terminar, tampoco trates de “resolver” su problema de inmediato antes de haber comprendido la situación por completo. Así le demostrarás que es muy importante para ti. ◦Cuando la estés escuchando, no trates de relacionar todo con tu vida ni tampoco te muestres ensimismado, como si no te importara.

    Pregúntale cómo le va. Solo tómate el tiempo para decirle “¿Cómo estás?”, pero dilo con sinceridad, así serás muy amable. No se lo preguntes porque sí, sino hazlo de tal manera que le muestres tu interés por sus sentimientos. Claro que podrás ser más específico, pregúntale como va su gripe, su nuevo empleo o cómo siente su cambio más reciente. ◦No se lo preguntes solo para que te veas bien, más bien esfuérzate por interesarte realmente en los demás y en sus sentimientos.

    No seas chismoso. Contar chismes sobre la gente que conozcas y que amas es una maldad. Sin lugar a dudas esa persona se enterará y perderás toda confianza. Si quieres ser amable con quienes son importantes para ti, no hables a sus espaldas; si tienes un problema con alguno, menciónaselo personalmente de manera constructiva en lugar de publicarlo a los cuatro vientos. Chismorrear está lleno de maldad y te verás así.

    Comparte. Compartir es algo maravilloso, ya sea que le des a un amigo la mitad de tu sándwich o compartas tus notas de química con algunos amigos durante una sesión de estudios. Compartir tu ropa con amigos o hermanos también será muy hermoso. No nos referimos a que deberás dejar que los demás se aprovechen de ti, sino que dejar que los demás se beneficien de las cosas que te pertenecen y te son importantes es un acto de mucha amabilidad. Recuerda que no será tan amable compartir algo que no te interese mucho, sino algo como compartir tu suéter favorito con tu mejor amigo.

    Pon a los demás primero (al menos a veces). Para hacerlo, no tendrás necesariamente que permitir que los demás te pisoteen. Deja que tu amigo haga su pedido primero en el restaurante. Deja que tu novio escoja la película que verán. Deja que tu hermanita coma el último helado del congelador. Ser amable implica darle importancia a la gente en vez de querer siempre todo para ti.

    Parte 3 de 3: Ser amable con las personas que te molestan

    Mantén todo en un tono positivo. Aunque estés con un pesimista que te vuelva loco, procura desviar la charla a una dirección más positiva. Ya sea que estés hablando con un compañero de clase gruñón o tu hermana dramática, procura hablar sobre las cosas lindas de la vida, tales como el sol, la Navidad que se acerca o las actividades divertidas que harás después de clase. Haz que la otra persona hable de temas alegres y verás que estarás más dispuesto a ser amable con ella.

    Recuerda siempre tratar a los demás como quieres que te traten a ti. La regla de oro consiste en que si tratas bien a los demás, te tratarán de igual manera, pero si eres sumamente desagradable, pensarán que eres malo y te ignorarán. Aunque no puedas sacarte de encima a alguien que te trate pésimo, ¿acaso querrá decir que tendrás que rebajarte a su nivel? La respuesta es un rotundo “no”. Más bien, deberás atosigarlo con amabilidad y salir de la situación como puedas. ◦Evidentemente, no tendrás que permitir que un grosero te pisotee. Deberás darte tu lugar, pero siempre con amabilidad y respeto. Si el otro quiere tratarte mal, no te rebajes a su nivel.

    Evita los temas sensibles. Si estás con una persona con la que no te llevas bien en general, evita los temas que sepas que la alterarán o aquello que hará que te sientas fastidiado. Procura tocar solamente temas como tu salud, el clima, la escuela o lo que tengas que decir, sino podrías arriesgarte a surcar territorios sensibles o polémicos. Si quieres ser amable, entonces tendrás que evitar provocarla o que te provoquen. ◦Mientras estés charlando, busca puntos que tengan en común, ya sea que a ambos les guste el mismo equipo o hayan crecido en la misma ciudad. Podrías llevarte una sorpresa al saber lo mucho que tienen en común y verás que será mucho más fácil ser amable.

    Aprende a abandonar la conversación. En ocasiones, lo mejor que podrás hacer para ser amable será despedirte. Aprende a enfocarte en un tema prudente y deja de interactuar con quien te molesta continuamente, si está en tus manos hacerlo. Si es una persona que tienes que ver regularmente, como un hermano, entonces recuerda que será mejor no decir nada que decir algo descortés. Si sabes que la conversación cada vez más se acalora y es muy probable que digas algo de lo que te podrás arrepentir, tan solo retírate. ◦Retirarte en el momento oportuno no te hará un cobarde. En realidad te verás más maduro, porque podrás reconocer algo que no vale la pena.

    Procura verlo desde la perspectiva del otro. Podría resultarte difícil ser amable con una determinada persona porque te sientes muy diferente a ella, por lo que nunca podrán congeniar. Pero, si te tomas un minuto para reflexionar en el origen de esa persona, comprenderás mejor sus pensamientos e intenciones. Quizá no terminen siendo mejores amigos solo porque la conozcas mejor, pero te será más sencillo tratarla con amabilidad. ◦Por ejemplo, podrías pensar que esa persona es engreída y malvada, pero verás que te trata mal por culpa de sus padres, quienes le inculcaron comportarse de determinada manera. Saberlo te ayudará a tener más compasión por su origen.

    Procura que el ambiente sea relajado. Si no puedes evitar estar con alguien que te molesta, procura ser gracioso, bobo o hacer alguna payasada para aliviar la tensión. No te tomes tan en serio ni ahondes en temas más serios. Solo procura que todo sea divertido y relajado, así verás que será mucho más fácil llevarte bien y ser amable con esa persona. Si vas a hablarle de temas más serios, tendrás más posibilidades de ser descortés.

    Consejos

    •Recuerda la regla de oro: trata al otro como quieres que te traten a ti.
    •Procura evitar las discusiones en general.
    •Presta atención a la persona cuando esté hablando, no mires a otro lado.
    •Si alguien parece ofensivo, molesto o grosero, en realidad se deberá a que tiene un día pésimo o que está pasando por un momento terrible. La mejor opción será ser amigable y cortés, por más que te cueste. ¿Quién conoce el dolor por el que pasa? Ser positivo y amigable con él será lo más recomendable. ¡Hasta podrías cambiar el curso de su día!
    •No solo será amable contigo, si actúas con la mayor amabilidad posible, ¡podrías ganarte un amigo para toda la vida!
    •Si eres amable con los demás, ¡lo serán contigo!
    •Sé siempre educado (sea cual sea la circunstancia).
    •Si alguien te insulta o te trata mal, trata con todas tus fuerzas de no discutir, por ejemplo, si alguien te dice “No me gusta tu camiseta”, no le devuelvas el insulto, simplemente sonríe y aléjate. Así se quedará pensando por qué fuiste tan amable y quizá hasta empiece a tratarte mejor.
    •Cuando los demás te dirijan la palabra, míralos a los ojos.
    •No seas exagerado ni intenso, sino se sentirán fastidiados y no les caerás bien.

  2. Transmitir ideales
    Escrito por L. Fantini / J.M. Martín Publicado: 11 Febrero 2016
    El artículo hace hincapié en la importancia para la vida cristiana que tiene la formación en la virtud de la magnanimidad

    En la dirección espiritual se facilita que las personas adquieran esta virtud −ese modo grande de ver las cosas− cuando se les ayuda a valorar lo que hacen desde una perspectiva sobrenatural.

    «Cuando salía para ponerse en camino, vino uno corriendo y, arrodillado ante él, le preguntó: −Maestro bueno, ¿qué debo hacer para conseguir la vida eterna? Jesús le dijo: −¿Por qué me llamas bueno? Nadie es bueno sino uno solo: Dios. Ya conoces los mandamientos: no matarás, no cometerás adulterio, no robarás, no dirás falso testimonio, no defraudarás a nadie, honra a tu padre y a tu madre» (Mc 10, 17-19). Así empieza San Mateo el llamado “episodio del joven rico”. El evangelista describe la escena con rasgos vivos: el protagonista corre, se arroja a los pies de Jesús. Todo revela urgencia: la pregunta manifiesta una inquietud que le aflige el alma. Necesita una respuesta, y ve en el Maestro de Galilea una oportunidad que quizá no se vuelva a presentar.

    Maestro bueno… Asistimos a la escena y vemos en estas palabras el cariño del joven por el Maestro. Conocemos la bondad de Jesús, el modo en que acoge a todos y se adelanta a sus necesidades, y esperamos la respuesta. Queremos oír al Señor hablar del Reino, de la conversión, de seguirle. Sin embargo, Jesús nos sorprende: rechaza la muestra de estima que se le ha dirigido, para enderezarla hacia el Padre −¿por qué me llamas bueno? Nadie es bueno sino uno solo: Dios− y, además, a continuación, en vez de contestar directamente, remite a unos mandamientos que ya conoces.

    Juan Pablo II, comentando este episodio, escribía: «Si queremos, pues, penetrar en el núcleo de la moral evangélica y comprender su contenido profundo e inmutable, debemos escrutar cuidadosamente el sentido de la pregunta hecha por el joven rico del evangelio y, más aún, el sentido de la respuesta de Jesús, dejándonos guiar por Él. En efecto, Jesús, con delicada solicitud pedagógica, responde llevando al joven como de la mano, paso a paso, hacia la verdad plena»[1]. Jesús no da propiamente una solución al problema planteado, ni una respuesta taxativa: ésta, quizá, permitiría saber qué es la vida eterna, pero eso no basta para alcanzarla, pues conseguirla consiste en una tarea que empeña la vida entera. El Señor −que conoce bien cómo es cada alma− actúa sin apresuramientos: quiere poner a su interlocutor en las mejores condiciones para adherirse de un modo profundo, personal y duradero al ideal que busca, ese ideal que consiste en ser perfecto ante el Señor, tu Dios (Dt 18, 13), y que se identifica con vivir por Él y en Él.

    Dar confianza

    Tal vez este joven, con su modo de actuar, quería ganarse la estima y benevolencia del Maestro; quizá pensaba que, para calmar la inquietud que tenía, bastaría poner en práctica lo que le Señor le habría de decir: ¿Qué debo hacer? Algunos −sobre todo jóvenes, pero no sólo ellos− se acercan a Jesús −o a quienes luchan por identificarse con Él− con disposiciones similares. Se presenta entonces el riesgo, para el discípulo de Cristo, de limitarse a darles “cosas para hacer”, unos “deberes”. Las personas −sobre todo si son rectas− asumirán tales empeños con ilusión y dedicación, y de este modo se dará una primera “mejora” en sus vidas; sin embargo, si limitamos el apostolado a decir “qué se debe poner en práctica”, difícilmente se enamorarán de Dios. Hay que «ayudarles a encauzar rectamente sus afanes e ilusiones, enseñarles a considerar las cosas y a razonar; no imponerles una conducta, sino mostrarles los motivos, sobrenaturales y humanos, que la aconsejan»[2]. Si nos fijamos, Jesús sitúa al joven rico frente a su conciencia, a su libertad, a su capacidad de ser más como persona; le lleva a implicarse en su pregunta, haciendo que considere cómo vive los mandamientos: sólo por ese camino −el camino de tomar las riendas de la propia vida interior− podrán madurar sus disposiciones, y encontrar −¡vivir!− la respuesta que busca. Lo paradójico es que el Señor lleva a cabo este proceso mediante un aparente doble rechazo.

    Jesús no acepta, como ya se dijo, lo que podría parecer adulación: ¿por qué me llamas bueno? Se trata de un modo sutil y cortés de encaminar la atención del joven hacia lo verdaderamente importante −Dios−, creando a la vez un clima de confianza. ¿Cómo lo miraría Jesús, cuando le dirigió esas palabras? Su interlocutor debió de apreciar que el amor y benevolencia del Maestro eran incondicionados, que no era necesario hacer o decir nada especial por conquistar su afecto.

    A continuación, al remitirle a los mandamientos, Jesús prepara al joven para que no se limite a que sean otros quienes le digan qué debe hacer y cómo. No hay técnicas para alcanzar el Cielo. Hay prácticas −de piedad, por ejemplo− que, indudablemente, sirven; pero no basta asimilarlas pasivamente, pues se perdería su verdadero sentido, su finalidad: el bien personal, el trato con Dios. El joven puede, eso sí, dejarse ayudar −el Maestro, de hecho, está hablando con él, lo está guiando… lo mira con cariño−, pero nadie lo puede sustituir en su búsqueda de la santidad; ha de ser él quien escuche los ecos de la Ley que Dios ha inscrito en su corazón.

    Cristo conoce los peligros y falacias que oculta la adulación: el riesgo que corren quienes se dejan seducir por ella, olvidando que es Dios quien actúa en las almas; la fragilidad de quienes recurren a ella para acercarse a los demás, que es signo de debilidad o de hipocresía. Conseguir la vida eterna, sin embargo, requiere madurez y libertad interior: el Reino de los Cielos sólo «los esforzados lo conquistan» (Mt 11, 12). Por eso, Jesús da confianza al joven, sugiriéndole que la solución está a su alcance: sabes los mandamientos. Si se quieren encender los nobles ideales del Evangelio en las almas, conviene recordar que «la mente no necesita ser rellenada como si fuera un recipiente; más bien, como la leña, precisa de una chispa que la encienda y le dé el impulso para buscar la verdad y amarla ardientemente»[3].

    Saber escuchar

    Cuando una persona muestra el deseo de vivir más a fondo su vida con Jesucristo, lo mejor será −normalmente− acompañarla en el descubrimiento de esa Verdad y ese Amor que ya intuye en el corazón, acaso de modo confuso. Fomentando su iniciativa, se le ayudará a concretar sus buenos deseos, de forma −por decirlo de alguna manera− que las sugerencias se acomoden a su alma. Así las hará plenamente suyas, implicándose en serio, llegando al trato personal con Dios. Si alguien se limita a hacer “lo que le dicen”, por muy bueno que parezca su temple, difícilmente podrá abrazar un ideal que empeñe toda la existencia, difícilmente estará dispuesto a complicarse la vida, porque no habrá oído −o hará oídos sordos− a Dios que quiere meterse en su alma[4].

    De nuevo, miremos a Jesús: da crédito al joven, a sus conocimientos, a sus cualidades. En numerosas ocasiones, san Josemaría nos enseñó a imitar al Señor también en este punto, creando ese clima de respeto por la libertad en el que nuestros amigos pueden abrir su corazón. Lo que resulta fecundo es formar con respeto, desarrollando en las personas la libertad de los hijos de Dios, y enseñándoles a administrarla. Dios quiere que se le sirva en libertad, y por tanto no sería recto un apostolado que no respetase la libertad de las conciencias. Por eso, cada cristiano ha de procurar vivir una caridad sin límites: comprendiendo y disculpando, y mostrando un celo grande y amable por quienes le rodean.

    Suele suceder que las personas que conocemos saquen a relucir, en ese contexto de delicadeza y confianza, alguna duda doctrinal o moral. El Espíritu Santo nos iluminará para ayudarles del mejor modo posible: a veces, será necesario decir las cosas con firmeza y resolución, para alejar a esa persona de una situación que supone un peligro inmediato para su alma; a la vez, convendrá animarles a descubrir las razones de sus dificultades, de modo que interioricen las ideas madre de la fe. Con san Josemaría, podemos decir: «No te contaré nada nuevo. Voy a remover en tus recuerdos, para que se alce algún pensamiento que te hiera: y así mejores tu vida y te metas por caminos de oración y de Amor. Y acabes por ser alma de criterio»[5]. Sin duda, esto requiere tiempo, atención, y dedicación; pero es el modo de proceder en un ambiente de amistad, el único en el que los ideales pueden transmitirse, arraigar y desarrollarse en profundidad.

    Hay quien pide consejo, en el fondo, buscando una “receta” que lo exima de tomar la iniciativa: ¿qué debo hacer en mi trabajo?; ¿cómo hago apostolado con mis compañeros? Ante semejantes cuestiones, es importante no anular −ni siquiera involuntariamente− el protagonismo de las almas. Es más difícil, pero más real, decir con Jesús, ¿por qué me llamas bueno? −No sé todo, y tengo tus mismas luchas; pero podemos pensar y rezar juntos, y buscar la respuesta a tus dudas en las páginas del Evangelio, en las enseñanzas de la Iglesia, en la vida de los santos. Por ejemplo, ante quien nos pregunte cómo hacer oración, con frecuencia, lo mejor será reconocer con sencillez: te puedo contar qué hago, qué cosas me sirven para tratar al Señor, de qué le hablo; vamos juntos a rezar a la iglesia ante el Santísimo… pero a ti te toca descubrir por qué caminos Dios te busca, qué es lo que te está pidiendo.

    Saber exigir

    Por lealtad humana y sobrenatural, deseamos de corazón que nuestros amigos sigan a Dios al paso que Él quiere. Para esto, es misión del cristiano ponerles frente a lo que Jesús puede pedirles, animarles a que lo interioricen, ayudarles a que lo practiquen. Cuando un hombre no quiere hacer nada, nuestro trato puede empujarle, al menos, a tener deseos de hacer algo. Fomentar estas aspiraciones requiere “entrar” en las almas, con delicadeza y respeto, pero sin temor a la verdad; el amor a la libertad de las conciencias es compatible con ofrecer remedios a lo que les aleja del Señor: acudir a la confesión, aprender a rezar, vivir una determinada virtud, tener dirección espiritual, romper con los miedos en el apostolado… Llevarles por esos caminos requiere, sobre todo, que experimenten nuestra cercanía y lealtad, que vean nuestro ejemplo, que les impulsemos con nuestra palabra. Amar a nuestros amigos significa querer para ellos el bien supremo: Dios, y poner todos los medios que están en nuestra mano para que lo descubran. «¿Por qué no han de preferir lo mejor? −Reza, mortifícate, y luego −¡tienes obligación!− despiértales uno a uno»[6]. Con nuestra oración y nuestro ejemplo, con nuestro estímulo porque mejoren su vida cristiana, fortalezcan su voluntad, aclaren su inteligencia, estimularemos a nuestros amigos a ponerse frente al Señor; daremos a sus vidas un impulso que no supone pérdida de libertad interior ni violencia, porque es el del compelle intrare (Lc 14, 23) evangélico: la fuerza de la caridad, el empuje de una amistad que «muestra en su proceder la fuerza de Dios»[7].

    Gracias a nuestro propio trato con Dios, sabremos plantear lo que las almas necesitan para acercarse a Él, y les ayudaremos a poner en práctica sus deseos de santidad. Secundaremos así sus decisiones de entrega, sin quitarles protagonismo e iniciativa, pero animándoles a que sigan el paso de Dios, que no coincide con el de la comodidad personal o la tibieza. También en esto el Señor nos da ejemplo; llegado el momento, hacer ver al joven rico que sólo una cosa muy concreta puede satisfacerle: «vende tus bienes y dáselos a los pobres, y tendrás un tesoro en los cielos. Luego, ven y sígueme» (Mt 19, 21). Dejar el propio yo para seguir a Jesús: ésta es la verdadera aspiración que colma el alma.

    * * *

    Ven y sígueme. Al final de su diálogo con el joven rico, el Maestro le pone frente al origen de su inquietud: cumplir los mandamientos, más que una meta, es también un inicio. Como enseñaba Juan Pablo II, «Jesús lleva a cumplimiento los mandamientos de Dios −en particular, el mandamiento del amor al prójimo−, interiorizando y radicalizando sus exigencias: el amor al prójimo brota de un corazón que ama y que, precisamente porque ama, está dispuesto a vivir las mayores exigencias. Jesús muestra que los mandamientos no deben ser entendidos como un límite mínimo que no hay que sobrepasar, sino como una senda abierta para un camino moral y espiritual de perfección, cuyo impulso interior es el amor (cfr. Col 3, 14)»[8]. La Virgen, Madre de Jesús y Madre nuestra, guarde nuestros corazones y nos enseñe con su ejemplo a vivir, en la sencillez de la vida cotidiana, los altos ideales que nos ha transmitido su Hijo. Ideales de comprensión y de paz. Ideales de justicia, de amor a la vida, de pasión por la verdad, por el servicio, por la santificación de todos los hombres.

    L. Fantini / J.M. Martín
    Fuente: collationes.org.

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