La formalidad se mide por la puntualidad, se demuestra en detalles y al recordar lo que agrada al otro

paisaje bonitoLa formalidad, especialmente en las cosas pequeñas, es una muestra de cortesía.

—La formalidad se mide por la puntualidad. La impuntualidad es una descortesía. Si eres formal, serás preciso y estricto en el cumplimiento de lo acordado. Cuando te citas con un amigo a una hora determinada en un lugar determinado, o cuando te comprometes a hacer un favor en un momento concreto, estás demostrando cómo es tu carácter. Te muestras descortés y débil de carácter si ofreces a los demás frecuentes excusas por haberlos incomodado con tu retraso. Tanto si ocupas una posición de autoridad sobre otros como si no, no vives la caridad si no eres puntual.

La formalidad se demuestra en detalles cotidianos de caridad, en pequeños actos de servicio —como echar una carta al buzón, comprar algo en el supermercado o transmitir un recado— que los amigos se prestan mutuamente en la vida diaria con toda normalidad. Al amigo formal nunca le parecerá tan insignificante un favor como para no llevarlo a cabo correctamente y sin demora.

La formalidad se demuestra también recordando cosas oportunamente. La persona formal recuerda cuál es la palabra, el regalo o el gesto amable que agradan al otro. No solo guarda en la memoria los cumpleaños y los aniversarios, sino que nunca está demasiado ocupado para hacer una visita oportuna cuando hay alguien que sufre. Las personas informales suelen estar demasiado atareadas en lo suyo para advertir ocasiones como estas.

Propósito para el Año de la Misericordia: Intentar ser formal hasta en las cosas más pequeñas, porque exige generosidad, puntualidad, consideración, lealtad y caridad.

Fuente: “El poder oculto de la amabilidad” de Lovasik L.G.

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4 comentarios en “La formalidad se mide por la puntualidad, se demuestra en detalles y al recordar lo que agrada al otro

  1. El hombre necesita un tiempo para madurar. Ha de desarrollar y educar su propio ser, para poder alcanzar la perfección. Del mismo modo que hay que educar el cuerpo, y aprender a andar, bailar, comer, cantar, escribir, etc., así también hay que educar el alma, y aprender a ser prudente, fuerte, justo, sobrio, casto, veraz, leal, sincero, alegre, etc.

    Cuando uno se deja llevar por el vicio, sufre una desintegración, un desgarro interior del alma. Entonces, la voluntad no consigue querer de verdad. Querría hacer el bien, pero su organismo espiritual no le responde, como no responden los músculos de un cuerpo mal entrenado. Querría hacer el bien, querría querer, pero no consigue querer de verdad, se parte por dentro y no consigue hacer lo que, en el fondo, le gustaría ser capaz de querer.

    Esto es un fruto característico del pecado, una consecuencia necesaria del estropicio que el mal produce en el alma. Para poder amar en plenitud, la voluntad necesita que su propio ser moral esté adecuadamente educado.

    Los hábitos naturales, tanto buenos como malos ‑virtudes y vicios‑ se alcanzan a base de repetición de actos, buenos o malos. Así pasa con los músculos. Ejercitando un movimiento se refuerza el músculo, que adquiere mayor capacidad y facilidad para realizar ese movimiento. Lo mismo pasa con las facultades del alma. Cuando se hacen actos buenos, esas facultades mejoran y se robustecen, adquiriendo una facilidad mayor para hacer el bien. Y cuando se hacen actos malos, las facultades del alma se estropean, les cuesta más hacer el bien y tienden con más facilidad a hacer el mal, como cuando se coge un vicio en un deporte: cuesta más quitarlo que aprender desde cero.

    A la hora de la acción concreta, no es verdad que “querer es poder”, al menos de momento. Por mucho que quiera, yo no puedo correr, ahora, los cien metros en diez segundos. Quizás lo consiga con entrenamiento, pero ahora no. Ahora sólo puedo querer, de modo inmediato, entrenarme lo necesario, para ver si puedo llegar a esa marca.

    Lo mismo pasa con las facultades del alma. Para querer en plenitud el bien, la voluntad necesita que las diversas facultades de su organismo espiritual estén entrenadas y perfeccionadas, si no, no puede querer. Querría, le gustaría querer, pero no lo consigue. Para llegar a conseguirlo, tiene que dedicarse a ir alcanzando poco a poco esa perfección que le falta.

    Esas diversas perfecciones morales son lo que se llama virtudes. Los hábitos malos se llaman vicios. La madurez moral del hombre requiere desarrollar cada una de las virtudes. Todas ellas están conectadas entre sí, formando un organismo. Y hay que prestar atención al desarrollo de cada una de ellas.

    Al realizar una acción moral, primero hay que conocer qué es lo bueno (prudencia y fe), después ejercitar la libertad, querer querer (fortaleza y esperanza), y entonces entra en juego el querer de la voluntad (justicia y caridad). Como nuestra voluntad es de hombre, voluntad de carne y hueso, para querer bien necesitamos saber querer con el cuerpo (templanza: sobriedad, desprendimiento, castidad)..
    FUENTE: OPUS DEI

  2. Perdóneme D. Rafael, ha habido un gran despiste por mi parte, no había entendido bien el “TEMA”.

    La puntualidad es el cuidado y diligencia en hacer las cosas a su debido tiempo o en llegar a (o partir de) un lugar a la hora convenida. Por ejemplo: “Necesito que entregues el trabajo con puntualidad, de lo contrario tendremos problemas con el cliente”, “Llegaste una hora más tarde, tu puntualidad deja mucho que desear”, “El avión partió con puntualidad, así que estaremos en Brasil antes del mediodía”.

    El valor de la puntualidad varía de acuerdo a la cultura y el contexto. En el mundo occidental, se suele considerar que un atraso de unos quince o veinte minutos es algo tolerable en circunstancias normales (para encontrarse en un bar, llegar a una casa de visita, etc.). En cambio, las culturas orientales consideran que cualquier impuntualidad es una falta de respeto.

    En este sentido tenemos que destacar que, por ejemplo, es habitual hablar de lo que se conoce como puntualidad británica. Un término con el que se viene a dejar patente el hecho de que los ingleses están considerados personas que siempre llegan a tiempo a sus citas o compromisos. Aunque claro, siempre hay excepciones.

    Parte del origen de esa actual consideración podemos encontrarla en una serie de novelas tales como las realizadas por Julio Verne. En ellas se nos presenta siempre al caballero inglés con su bombín y con su reloj de bolsillo. Este sería el caso, por ejemplo, del personaje Phileas Fogg que aparece representado de esa manera en la novela que lleva por título “La vuelta al mundo en 80 días”.

    La puntualidad a la hora de ingresar al puesto de trabajo o a la escuela también es muy importante. Si la persona no cumple con el horario previsto, incluso puede ser sancionada, a menos que pueda explicar el motivo de la impuntualidad.

    Hay quienes tienen problemas de puntualidad, tanto en su vida laboral como en su ámbito más personal. Por ello, intentan poner remedio haciendo uso algunos de los instrumentos y trucos que poseen a su alcance. Es decir, alarmas en despertadores y relojes, tener el reloj de pulsera adelantado varios minutos para así nunca llegar tarde a una cita, levantarse más temprano para evitar no ser impuntual en el trabajo…

    El funcionamiento de los medios de transporte siempre debe ser puntual ya que, de lo contrario, sus usuarios no podrán cumplir con sus propias obligaciones temporales: “Quiero respetar la puntualidad, pero el tren siempre tiene algún retraso”.

    En este sentido podríamos destacar el hecho de que en España la línea de tren de alta velocidad se identifica por su puntualidad. Tanto es así, que, en el caso de que un tren llegue a su destino cinco minutos o más después de la hora prevista, el viajero verá como le es devuelto parte o todo el coste de su billete.

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