Un caballero es alguien que nunca inflige dolor a los demás

Paisajes-NaturalesLa cortesía es la amabilidad del corazón manifestada en nuestro trato con los demás; es, simplemente, la manera de ser un caballero o una dama. «Un caballero es alguien que nunca inflige dolor»9, dice el cardenal Newman.
Un caballero se fija en todos los presentes: es atento con el tímido, amable con el distante y misericordioso con el ausente. Evita sacar cualquier tema de conversación molesto o hiriente; a veces resulta aburrido. Quita importancia a los favores que hace. Nunca habla de sí mismo, excepto cuando se ve obligado a ello; nunca se defiende con acalorados argumentos, ni le gustan las difamaciones y los chismes. Procura no atribuir motivos torcidos a quienes disienten de él y, siempre que puede, lo interpreta todo en positivo; y si no puede, se calla.
Un caballero nunca es mezquino ni desagradable cuando discute, no se aprovecha de su superioridad, no tergiversa ni los dichos agudos ni las frases célebres para apoyar sus argumentos; jamás insinúa nada malo que no se atreva a decir abiertamente. Sigue la máxima de comportarse con el enemigo como si algún día fuera a ser amigo suyo.

En la vida de los seres humanos hasta un «gracias» tiene su importancia. Por pequeño e insignificante que sea un favor, merece un reconocimiento, y quien descuida habitualmente este aspecto merece que lo tengan por maleducado y descortés.

Propósito para este Año de la Misericordia: aprender a pensar primero en los demás.

Los pequeños detalles de cortesía son el perfume de la vida. La amabilidad es el arte de agradar, el mejor modo para contribuir en lo posible a la gratuidad y la felicidad de aquellos con quienes te relacionas.

Fuente: “El poder oculto de la amabilidad”

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7 comentarios en “Un caballero es alguien que nunca inflige dolor a los demás

  1. Algunos podrían intentar reducir la empatía a una simple estrategia, como si fuera una de esas técnicas que proponen un producto al consumidor de tal modo que tiene la sensación de que eso era justo lo que estaba buscando. Aunque lo anterior pueda ser válido en ámbito comercial, las relaciones interpersonales siguen otra lógica. La auténtica empatía implica sinceridad y es incompatible con una conducta impostada, que esconde los propios intereses.

    Esta sinceridad es fundamental cuando buscamos dar a conocer el Señor a las personas con las que convivimos. Haciendo propios los sentimientos de quienes Dios ha puesto a nuestro lado en el camino, tenemos la finura de caridad de alegrarnos con cada uno de ellos y de sufrir con cada uno también. «¿Quién desfallece sin que yo desfallezca? ¿Quién tiene un tropiezo, sin que yo me abrase de dolor?» ¡Cuánto afecto sincero se descubre en esta cariñosa alusión de san Pablo a los cristianos de Corinto! Es más fácil que la verdad se abra paso a través de este modo de compartir sentimientos, porque se establece una corriente de afectos −de afabilidad− que potencia la comunicación. El alma se vuelve así más receptiva a lo que escucha, especialmente si se trata de un comentario constructivo que la anima a mejorar en su vida espiritual.

    «Lo primero, en la comunicación con el otro, es la capacidad del corazón que hace posible la proximidad, sin la cual no existe un verdadero encuentro espiritual. La escucha nos ayuda a encontrar el gesto y la palabra oportuna que nos desinstala de la tranquila condición de espectadores». Cuando la escucha es atenta, nos implicamos en la realidad de los demás. Buscamos ayudar al otro a discernir cuál es el paso que el Señor le pide dar en ese momento específico. Es en el momento en que el interlocutor percibe que su situación, opiniones y sentimientos son respetados −es más, asumidos por quien le escucha− cuando abre los ojos del alma para contemplar el resplandor de la verdad, la amabilidad de la virtud.

    En contraste, la indiferencia ante los demás es una grave enfermedad para el alma apostólica. No cabe ser distantes con quienes nos rodean: «Esas personas, a las que resultas antipático, dejarán de opinar así, cuando se den cuenta de que “de verdad” les quieres. De ti depende». La palabra comprensiva, los detalles de servicio, la conversación amable, reflejan un interés sincero por el bien de aquellas personas con las que convivimos. Sabremos hacernos querer, abriendo las puertas de una amistad que comparte la maravilla del trato con el Señor.
    FUENTE: OPUS DEI

    1. Que alegría tener noticias tuyas Evalú. Espero que estés triunfando por Bogotá y que toda la familia esté bien. Aquí me tienes en el blog, cada día, unos minutos.
      Recibe un saludo cordial y feliz año nuevo!! (aunque ya un poquito avanzado jeje)

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