Viernes santo: ¡Benditos velos!

velos.jpgSegún una antigua tradición, que estuvo muy arraigada en España, durante la Semana de Pasión (la 5ª semana de Cuaresma) las imágenes de las iglesias se cubren con un velo morado. La liturgia permite mantener esta práctica, y yo procuro hacerlo en mi parroquia, porque al entrar en el templo y tropezar con los velos, quedan los ojos envueltos en la noche. Nada ven los sentidos, sino tristeza. Es la hora de la fe.

   Sólo la fe puede atravesar estas tinieblas. Sólo ella puede acompañar al Señor con el Madero por las calles del Vía Crucis. Sólo ella puede permanecer sobre el Gólgota.

   Finalmente, durante los Oficios, cae el velo… Canta el sacerdote la antífona Mirad… Y vemos la carne muerta del Hijo de Dios. Besamos el Crucifijo entre lágrimas, y sabemos que es otro velo el que besamos; un velo de muerte que oculta la Vida.

   … Y al instante manó sangre y agua. Se ha abierto la fuente, y mana la eternidad sobre la Tierra. Beberemos hasta saciarnos. Pero, para alcanzar esa fuente, es preciso haber alcanzado antes el corazón de la noche. ¡Benditos velos! Que nadie nos distraiga en estas horas. Es el tiempo de la fe.

José-Fernando Rey

2 comentarios en “Viernes santo: ¡Benditos velos!

  1. Hoy queremos acompañar a Cristo en la Cruz. Recuerdo unas palabras de san Josemaría Escrivá, en un Viernes Santo. Nos invitaba a revivir personalmente las horas de la Pasión: desde la agonía de Jesús en el Huerto de los Olivos hasta la flagelación, la coronación de espinas y la muerte en la Cruz. Decía: Ligada la omnipotencia de Dios por mano de hombre llevan a mi Jesús de un lado para otro, entre los insultos y los empujones de la plebe.

    Cada uno de nosotros ha de verse en medio de aquella muchedumbre, porque han sido nuestros pecados la causa del inmenso dolor que se abate sobre el alma y el cuerpo del Señor. Sí: cada uno lleva a Cristo, convertido en objeto de burla, de una parte a otra. Somos nosotros los que, con nuestros pecados, reclamamos a voz en grito su muerte. Y Él, perfecto Dios y perfecto Hombre, deja hacer. Lo había predicho el profeta Isaías: maltratado, no abrió su boca; como cordero llevado al matadero, como oveja muda ante los trasquiladores.

    Es justo que sintamos la responsabilidad de nuestros pecados. Es lógico que estemos muy agradecidos a Jesús. Es natural que busquemos la reparación, porque a nuestras manifestaciones de desamor, Él responde siempre con un amor total. En este tiempo de Semana Santa, vemos al Señor como más cercano, más semejante a sus hermanos los hombres… Meditemos unas palabras de Juan Pablo II: Quien cree en Jesús lleva la Cruz en triunfo, como prueba indudable de que Dios es amor… Pero la fe en Cristo jamás se da por descontada. El misterio pascual, que revivimos durante los días de la Semana Santa, es siempre actual (Homilía, 24-III-2002).

    Pidamos a Jesús, en esta Semana Santa, que se despierte en nuestra alma la conciencia de ser hombres y mujeres verdaderamente cristianos, porque vivamos cara a Dios y, con Dios, cara a todas las personas.

    No dejemos que el Señor lleve a solas la Cruz. Acojamos con alegría los pequeños sacrificios diarios.
    Aprovechemos la capacidad de amar, que Dios nos ha concedido, para concretar propósitos, pero sin quedarnos en un mero sentimentalismo. Digamos sinceramente: ¡Señor, ya no más!, ¡ya no más! Pidamos con fe que nosotros y todas las personas de la tierra descubramos la necesidad de tener odio al pecado mortal y de aborrecer el pecado venial deliberado, que tantos sufrimientos han causado a nuestro Dios.

    ¡Qué grande es la potencia de la Cruz! Cuando Cristo es objeto de irrisión y de burla para todo el mundo; cuando está en el Madero sin desear arrancarse de esos clavos; cuando nadie daría ni un centavo por su vida, el buen ladrón —uno como nosotros— descubre el amor de Cristo agonizante, y pide perdón. Hoy estarás conmigo en el Paraíso. ¡Qué fuerza tiene el sufrimiento, cuando se acepta junto a Nuestro Señor! Es capaz de sacar −de las situaciones más dolorosas− momentos de gloria y de vida. Ese hombre que se dirige a Cristo agonizante, encuentra la remisión de sus pecados, la felicidad para siempre.

    Nosotros hemos de hacer lo mismo. Si perdemos el miedo a la Cruz, si nos unimos a Cristo en la Cruz, recibiremos su gracia, su fuerza, su eficacia. Y nos llenaremos de paz.

    Al pie de la Cruz descubrimos a María, Virgen fiel. Pidámosle, en este Viernes Santo, que nos preste su amor y su fortaleza, para que también nosotros sepamos acompañar a Jesús. Nos dirigimos a Ella con unas palabras de San Josemaría Escrivá, que han ayudado a millones de personas. Di: Madre mía −tuya, porque eres suyo por muchos títulos−, que tu amor me ate a la Cruz de tu Hijo: que no me falte la Fe, ni la valentía, ni la audacia, para cumplir la voluntad de nuestro Jesús.

    (Este texto forma parte de ocho meditaciones breves de Mons. Javier Echevarría, Prelado del Opus Dei, sobre cada uno de los días santos, que la cadena de radio EWTN de Estados Unidos emitió en 2004).

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