Lunes santo: A mí no siempre me tenéis

timidezLos evangelios están repletos de contradicciones luminosas. La frase de Jesús: A mí no siempre me tenéis, parece desmentir la que diría poco después, ya resucitado y a punto de ascender a los cielos: Yo estoy con vosotros todos los días hasta el fin del mundo (Mt 28, 20).

   La aparente contradicción se resuelve cuando entendemos que Jesús se refiere a formas diferentes de presencia: se encuentra con nosotros hasta el fin de los tiempos, y mora realmente en nuestras almas por su Espíritu. Pero su cuerpo, ese cuerpo que María Magdalena ungía con devoción; el mismo cuerpo que ella querrá perfumar y embalsamar, creyéndolo muerto, pocos días después; ese cuerpo, ya resucitado, que intentará atrapar asiéndolo de los pies en el huerto de José de Arimatea; ese cuerpo que le dijo: Suéltame (Jn 20, 17)… Ese cuerpo, es verdad, no siempre lo tenemos. María Magdalena es la maestra de todas las almas eucarísticas.

   Lo abrazamos y besamos en cada comunión, y sólo palpamos sus accidentes. Intentamos retenerlo en nuestros cuerpos, y, en apenas diez minutos, esos mismos accidentes se han disuelto y su divino cuerpo ya no está.

   A mí no siempre me tenéis. ¡Ojalá aprovechásemos esos diez minutos!

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