“Una luz de arriba se derramó en mi pecho ya limpio”

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Cierta vez existió debajo de la tierra una caverna. Durante toda su existencia había permanecido en la oscuridad. Un día una voz llamó:
– “Sube y ven hacia la luz, ven a ver la luz del Sol”.
La caverna respondió:
– “No entiendo que quieres decirme; nada existe fuera de la oscuridad”.
Pero finalmente la caverna tuvo valor para subir y quedó sorprendida al ver la luz por todas partes. Entonces la caverna se dirigió al Sol y le dijo:
– “Ven ahora tú conmigo y conocerás la oscuridad.”
– “¿Qué es oscuridad?” preguntó curioso el Sol.
La caverna insistió: – “Ven conmigo y verás”.
Un día el Sol aceptó la invitación. Al entrar, la caverna dijo: – “Ahora verás mi oscuridad”.
– “¿Qué oscuridad?” preguntó curioso el Sol.
La caverna insistió: – “Ven conmigo y verás mi oscuridad”. Pero no había ninguna oscuridad.

El mensaje es sencillo: la oscuridad no es nada en sí misma; es la ausencia de luz. De igual modo, lo malo en nuestras vidas no tiene tanto poder como parece; porque no es más que la ausencia, vacío, de algo bueno que anhelamos… Por eso, cuando bajamos a los sótanos de nuestro miseria, no hemos de bajar solos, conviene bajar siempre con Jesucristo: el Señor de la Misericordia. Con Él, ya arrepentidos, nuestra oscuridad será transformada por la luz de su Perdón.

Un joven se encontraba en lucha consigo mismo; en un momento de conversión y duda dejo escrito el siguiente relato… Este joven llegaría a ser santo:

“Cuando me encontraba sumido en las tinieblas y en la noche cerrada bamboleándome y fluctuando en el mar agitado del mundo, lleno de dudas en pos de señales perdedoras, ignorante de mi propia vida, extraño a la verdad y a la luz, me parecía que según era en aquel momento mi modo de vida había de serme sumamente difícil y duro lo que la misericordia divina me prometía para mi salvación, a saber, poder renacer de nuevo y con el lavatorio del agua salvadora (Bautismo) comenzar una nueva vida, deshaciéndome de todo lo de antes y cambiar el modo de sentir y de entender del hombre, aunque el cuerpo permaneciera el mismo.

¿Cómo puede ser posible, me decía, una conversión tan grande, por la que de repente y en un momento se despoje uno de aquellas cosas congénitas que han adquirido la solidez de la misma naturaleza, o de aquellas cosas adquiridas desde largo tiempo y que han arraigado y envejecido con los años? Estas cosas están sólidamente arraigadas, con raíces sólidas y profundas. ¿Cuándo aprenderá la templanza, el que ya está acostumbrado a las buenas cenas y a los grandes banquetes? El que solía brillar por su elegancia, vestido ricamente de oro y púrpura, ¿cuándo podrá ponerse el vestido sencillo del pueblo? El que tenía sus delicias en los honores y dignidades, no puede permanecer como simple privado y sin gloria. El que iba siempre rodeado de una piña de clientes y se sentía honrado con su numeroso séquito y su escuadrón de servidores, piensa ser un castigo el tener que andar solo. Se han hecho imprescindibles los tenaces estímulos a que uno se había acostumbrado: el animarse con el vino, hincharse con la soberbia, inflamarse de ira, preocuparse por la rapacidad, excitarse con la crueldad, deleitarse en la ambición, entregarse al placer.

Esto pensaba yo muchas veces dentro de mi, pues yo mismo me encontraba enredado en los muchos errores de mi vida anterior, y no pensaba que pudiera llegar a despojarme de ellos… Pero cuando la suciedad de mi vida anterior fue lavada por medio del agua regeneradora, una luz de arriba se derramó en mi pecho ya limpio y puro. Después que hube bebido del Espíritu celeste, me encontré rejuvenecido con un segundo nacimiento y hecho un hombre nuevo: de manera milagrosa desaparecieron de repente las dudas, se abrió la cerrazón, se iluminaron las tinieblas, se hizo posible lo que antes parecía imposible… Reconocí que mi anterior vida carnal y entregada al pecado era cosa de la tierra, mientras que la que ya había empezado a vivir del Espíritu Santo era cosa de Dios… El alabarse a si mismo es odiosa soberbia, pero no es soberbia, sino agradecimiento, el proclamar lo que se atribuye, no al esfuerzo del hombre, sino al don de Dios. El dejar de pecar es cosa de Dios, mientras que el anterior pecado era cosa del error humano. Nuestro poder, repito, todo nuestro poder, es cosa de Dios. De Él es nuestra vida, de Él nuestra fuerza, de Él tomamos y asimilamos nuestra vitalidad por la que, estando todavía en este mundo, reconocemos los signos de las cosas futura”. (San Cipriano, 250 d.C).

Así que ya lo sabes: ánimo en este Año de la Misericordia!! Con Él, con su Gracia, podemos cambiar!!

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