¿Te ríes porque te digo que tienes “vocación matrimonial”?

 ¿Te ríes porque te digo que tienes «vocación matrimonial»?

—Pues la tienes: así, vocación.

Encomiéndate a San Rafael, para que te conduzca castamente hasta el fin del camino, como a Tobías. (Camino · Punto 27)

 En la Sagrada Escritura se narra la historia del joven Tobías. Su padre era un hombre piadoso que confiaba en Dios y se había quedado ciego. Creyendo que estaba próxima su muerte le pidió que fuera a cobrar una deuda a un poblado lejano.

El joven Tobías, deseando cumplir cuanto antes la petición de su padre, buscó un guía, y encontró a otro joven, llamado Rafael ,que estaba dispuesto a acompañarle en su viaje. Ambos emprendieron el camino. Durante el viaje Rafael aconsejó a Tobías que guardase ciertas sustancias de un pescado para curar la ceguera de su padre. Después, le propuso conocer a Sara: una mujer piadosa, buena y hermosa. Tobías se enamoró de ella y pidió a sus padres que le dejaran contraer matrimonio. Sus padres accedieron. Rafael, mientras tanto, fue a cobrar la deuda pendiente.

Cuando regresaron a casa del padre de Tobías, siguiendo el consejo de Rafael, Tobías aplicó el ungüento en los ojos de su padre, que recuperó la vista. El joven Rafael les reveló en ese momento quien era realmente: “Yo soy el ángel Rafael, uno de los siete que asistimos delante del Señor” (Tob. 12, 15). Toda la familia dió gracias a Dios por haberlos socorrido en sus necesidades.

2 comentarios en “¿Te ríes porque te digo que tienes “vocación matrimonial”?

  1. Ya en el libro del Génesis se presenta esta verdad cuando se afirma que “dejará el hombre a su padre y a su madre y se unirá a su mujer, y se harán una sola carne”. El mismo Cristo, polemizando con los fariseos, citará esas mismas palabras, añadiendo: “De manera que ya no son dos sino una sola carne. Pues bien, lo que Dios unió no lo separe el hombre”. Esas palabras fuertes –”una sola carne”– indican hasta qué punto es peculiar y única la unión matrimonial, hasta qué punto el amor que manifiesta responde efectivamente a una vocación, a una elección divina, que lleva a los contrayentes a ser los propios ministros del sacramento que los une. Ese amor conyugal expresa –según san Pablo– un gran misterio, puesto que en él se manifiesta el amor esponsal de Cristo por su Iglesia.

    Dios es Amor; Cristo –el Verbo encarnado– dijo de sí mismo que es el Camino, la Verdad y la Vida. Una escuela para aprender a querer, a comprender, a escuchar, a perdonar, a disculpar; una escuela de irrepetible amor a cada vida que llega; un continuo aprendizaje que muestra y acrecienta el amor primero, de tal manera que lo constituye en el único santuario de la vida, hasta tal punto que –como dice el Papa en su Carta a las familias – “en la paternidad y en la maternidad humanas Dios mismo está presente de un modo diverso a como lo está en cualquier otra generación sobre la tierra”. La razón es evidente: ahí no hay sólo biología, sino una excepcional colaboración con Dios Creador, de la que surge un ser que es imagen y semejanza suya.

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