¿Cómo romper el círculo del odio?

circulo_del_odio.gifAquella mañana muy temprano un importante señor gritó enfurecido al director de su empresa, porque estaba enfadado en ese momento… El director al llegar a su casa gritó a su esposa, acusándola de que lo único que sabía hacer bien era comprar cosas y gastar dinero… Su esposa se irritó y cuando la empleada rompió un plato mientras recogía la mesa, ella le gritó amargamente y le decía “no haces nada bien, lo rompes todo”… La empleada no dijo nada pero se sintió muy mal ante aquella acusación injusta. Y cuando al salir al jardín, el perro de la casa le hizo tropezar, le dio, con rabia, una patada mientras le gritaba… El perro asustado y dolorido salió corriendo y saltó el cercado de la casa, con la mala fortuna de que en ese momento pasaba una señora por la acera y el perro la mordió… Cuando esa señora fue al hospital para que le curasen la herida y ponerse una vacuna, gritó al joven médico, porque le dolió el pinchazo de la vacuna y según ella se la había puesto muy mal… El joven médico cuando, a la noche, llegó a su casa, la cena no era de su gusto y protestó con amargura a su madre… 

Su madre, calló; complaciente y maternal, acarició sus cabellos diciéndole: “De acuerdo, hijo, mañana te haré tu comida favorita. Trabajas mucho; se te ve cansado; necesitarás descansar bien”. Se dirigió a la habitación y puso unas sábanas nuevas, que recién lavadas mantenían aún el perfume, pensando que descansaría así mejor. Dio un beso a su hijo: “Buenas noches, hijo. Buenas noches, mamá…” 
En ese instante, se hizo el milagro: el círculo del odio cesó.

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Se interrumpió su cadena porque chocó con la dulzura, el perdón y el amor… Este año de la misericordia, cuando te des cuenta de que estás atrapado dentro del círculo del odio, acuérdate que puedes romperlo con el perdón y un poco de cariño… Y al tomar la iniciativa, recobrarás la sonrisa al descubrir que hay más alegría en dar que en recibir (Hech 20,35) (fuente)

2 comentarios en “¿Cómo romper el círculo del odio?

  1. La comunicación tiene el poder de crear puentes, de favorecer el encuentro y la inclusión, enriqueciendo de este modo la sociedad. Es hermoso ver personas que se afanan en elegir con cuidado las palabras y los gestos para superar las incomprensiones, curar la memoria herida y construir paz y armonía. Las palabras pueden construir puentes entre las personas, las familias, los grupos sociales y los pueblos. Y esto es posible tanto en el mundo físico como en el digital. Por tanto, que las palabras y las acciones sean apropiadas para ayudarnos a salir de los círculos viciosos de las condenas y las venganzas, que siguen enmarañando a individuos y naciones, y que llevan a expresarse con mensajes de odio. La palabra del cristiano, sin embargo, se propone hacer crecer la comunión e, incluso cuando debe condenar con firmeza el mal, trata de no romper nunca la relación y la comunicación.

    Quisiera, por tanto, invitar a las personas de buena voluntad a descubrir el poder de la misericordia de sanar las relaciones dañadas y de volver a llevar paz y armonía a las familias y a las comunidades. Todos sabemos en qué modo las viejas heridas y los resentimientos que arrastramos pueden atrapar a las personas e impedirles comunicarse y reconciliarse. Esto vale también para las relaciones entre los pueblos. En todos estos casos la misericordia es capaz de activar un nuevo modo de hablar y dialogar, como tan elocuentemente expresó Shakespeare: «La misericordia no es obligatoria, cae como la dulce lluvia del cielo sobre la tierra que está bajo ella. Es una doble bendición: bendice al que la concede y al que la recibe”

    Es deseable que también el lenguaje de la política y de la diplomacia se deje inspirar por la misericordia, que nunca da nada por perdido. Hago un llamamiento sobre todo a cuantos tienen responsabilidades institucionales, políticas y de formar la opinión pública, a que estén siempre atentos al modo de expresarse cuando se refieren a quien piensa o actúa de forma distinta, o a quienes han cometido errores. Es fácil ceder a la tentación de aprovechar estas situaciones y alimentar de ese modo las llamas de la desconfianza, del miedo, del odio. Se necesita, sin embargo, valentía para orientar a las personas hacia procesos de reconciliación. Y es precisamente esa audacia positiva y creativa la que ofrece verdaderas soluciones a antiguos conflictos así como la oportunidad de realizar una paz duradera. «Bienaventurados los misericordiosos, porque ellos alcanzarán misericordia. […] Bienaventurados los que trabajan por la paz, porque ellos serán llamados hijos de Dios» (Mt 5,7.9).

    Que el estilo de nuestra comunicación sea tal, que supere la lógica que separa netamente los pecadores de los justos. Nosotros podemos y debemos juzgar situaciones de pecado −violencia, corrupción, explotación, etc.−, pero no podemos juzgar a las personas, porque sólo Dios puede leer en profundidad sus corazones. Nuestra tarea es amonestar a quien se equivoca, denunciando la maldad y la injusticia de ciertos comportamientos, con el fin de liberar a las víctimas y de levantar al caído. . Sólo palabras pronunciadas con amor y acompañadas de mansedumbre y misericordia tocan los corazones de quienes somos pecadores. Palabras y gestos duros y moralistas corren el riesgo hundir más a quienes querríamos conducir a la conversión y a la libertad, reforzando su sentido de negación y de defensa.

    También los correos electrónicos, los mensajes de texto, las redes sociales, los foros pueden ser formas de comunicación plenamente humanas. No es la tecnología la que determina si la comunicación es auténtica o no, sino el corazón del hombre y su capacidad para usar bien los medios a su disposición. Las redes sociales son capaces de favorecer las relaciones y de promover el bien de la sociedad, pero también pueden conducir a una ulterior polarización y división entre las personas y los grupos. El entorno digital es una plaza, un lugar de encuentro, donde se puede acariciar o herir, tener una provechosa discusión o un linchamiento moral. También en red se construye una verdadera ciudadanía. El acceso a las redes digitales lleva consigo una responsabilidad por el otro, que no vemos pero que es real, tiene una dignidad que debe ser respetada. La red puede ser bien utilizada para hacer crecer una sociedad sana y abierta a la puesta en común.
    (Fuente: Papa Francisco)

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