El arte de saber pedir consejo

shrek_burro1.jpgCuentan que en un puente estrecho, de aquellos típicos que se encontraban hace unos siglos como colgados entre las dos orillas de un torrente, se paró en cierta ocasión un burro, afirmándose con terquedad en el sitio. Intentaron arrastrarlo por la cabeza, empujarle, e incluso molerle a palos las costillas, pero no había modo de hacerle avanzar. A uno y otro extremo del puente la gente esperaba con impaciencia. Hasta que llegó uno que parecía entender de burros, se acercó, agarró al burro por el rabo y tiró de él hacia atrás. Al sentir que le querían hacer retroceder, el animal salió como una flecha hacia adelante, dejando el paso libre.


No es extraño encontrarse con personas tercas, que llevan la contraria a todo lo que amablemente se les propone. Están como imbuidas de una especie de autosuficiencia que no les permite aceptar un consejo.

Dar consejo al que lo necesite, es una gran obra de misericordia. Pero para ello es necesario que estemos dispuestos a recibir el consejo. Todos necesitamos la ayuda de los demás; de alguien que nos ayude y nos comprenda; de alguien con quien poder desahogarnos alguna vez. Cuantas veces nos ha ocurrido que al contar lo que nos preocupa a alguien, adquirimos más objetividad y comprendemos mejor lo que nos pasa. Además, del gran desahogo que nos causa.

Pedir consejo no implica seguirlo siempre, ni descargar en quien nos aconseja la responsabilidad de la decisión. No quita personalidad, pues seguimos siendo los autores y verdaderos responsables de nuestras vidas. El consejo hay que tomarlo de quien nos merezca confianza, y luego decidir por nuestra cuenta lo que vamos a hacer y ya está. 

2 comentarios en “El arte de saber pedir consejo

  1. El buen juicio, que permite orientar la propia vida por el misterioso camino de Dios, sin desvío ni engaño alguno, ha de ser buscado como un bien supremo. Y así el padre aconseja al hijo: «sigue el consejo de los prudentes y no desprecies ningún buen consejo» (Tob 4,18). «Escucha el consejo y acepta la corrección, y llegarás finalmente a ser sabio» (Prov 19,20).

    El buen consejo ha de ser pedido a Dios humildemente. Si, como hemos visto, es tal la distancia entre los pensamientos y caminos de Dios y los pensamientos y caminos de los hombres, sólo como don de Dios será posible al hombre el buen consejo; es decir, sólo por la oración de súplica y por la docilidad incondicional al Espíritu divino conseguirá el hombre el buen juicio siempre y en todas las cosas:

    El buen consejo es imposible si los ojos del corazón están sucios por el pecado: «si tu ojo está sano, todo tu cuerpo estará luminoso; pero si tu ojo está malo, todo tu cuerpo estará a oscuras» (Mt 6,22-23). Será, pues, el fuego del Espíritu Santo el que purifique y queme toda escoria en nuestros corazones, y el que los ilumine plenamente con la luz del consejo divino. Sólo así, por el don espiritual de consejo, podremos ser «prudentes como serpientes y sencillos como palomas» (Mt 10,16).

    El don de consejo es un hábito sobrenatural por el que la persona, por obra del Espíritu Santo, intuye en las diversas circunstancias de la vida, con prontitud y seguridad sobrehumanas, lo que es voluntad de Dios, es decir, lo que conviene hacer en orden al fin sobrenatural.

    Entre los vicios opuestos al don de consejo se dan, por defecto, la precipitación, la prisa, la impulsividad, que llevan a hacer algo sin pensarlo suficientemente, es decir, sin consultarlo con Dios y sin aconsejarse del prójimo; y la temeridad, nacida de la autosuficiencia y de la presunción. Por exceso se le opone la excesiva lentitud, perezosa o cavilosa en un temor indebido, pues hay acciones que si se demoran en exceso, dejan pasar ocasiones favorables, y llegan a hacerse en su tardanza imprudentes o simplemente imposibles.

    Sin la asistencia asidua del don de consejo, no podrá ser perfecta la prudencia del cristiano, por buena que sea su intención. La virtud de la prudencia juzga laboriosamente a la luz de la fe lo que en cada momento conviene hacer, teniendo en cuenta cien datos y complejas circunstancias. Por el contrario, la persona, por el don de consejo, iluminada y movida inmediatamente por el Espíritu Santo, intuye en cada caso lo que conviene, con rápido y seguro discernimiento, con toda facilidad. Y entonces, la substancia de su acto procede de la virtud operativa de la prudencia, es cierto; pero la manera de su ejercicio es ya al modo divino por el don de consejo.

    Pensemos en la confesión o en la dirección espiritual. .

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