Las obras de misericordia

sunset-aperitif-singita-sunset.jpgPodríamos decir que la misericordia es, escuetamente, amar al miserable, y, en especial, cuando sus miserias resultan más desagradables, es decir, cuando están al aire.

Pero -me dices-, que entre los nosotros los hombres, las miserias suscitan repugnancia, y el amor no brota solo. En efecto, se precisa un corazón misericordioso, capaz de superar la repugnancia inicial, para amar así. Solo un espíritu misericordioso puede ser tocado por la ternura y deshacerse ante la miseria ajena.

Yendo al grano, nosotros no necesitamos misericordia para amar a Jesucristo o la Virgen María, pero cuando ellos nos aman a nosotros, nos aman con misericordia. Dios ha de usar de misericordia para amarnos. Y afortunadamente es así porque también los miserables necesitamos sabernos amados. Y pedimos -a gritos- amor que nos sane, ese bálsamo que nos cure las heridas y limpie nuestras impurezas.

Por eso, recuerda que Él nos amó primero ¿Te acuerdas?:

Tuve hambre y me disteis de comer, tuve sed y me disteis de beber, fu forastero y me hospedasteis, estuve desnudo y me vestisteis…

Así que, ya lo sabes. No lo olvides. Recuérdalo a menudo: “Dios me amó primero: estando yo enfermo, estando cubierto con la lepra del pecado, Él, me abrazó y me sanó”. Y ahora, cuando mires a tu alrededor y veas a tus semejantes envueltos en miserias… ¿Seré capaz de negarles ese mismo amor que Él te ofreció?

 

2 comentarios en “Las obras de misericordia

  1. La misericordia de Dios transforma el corazón del hombre haciéndole experimentar un amor fiel, y lo hace a su vez capaz de misericordia. Es siempre un milagro el que la misericordia divina se irradie en la vida de cada uno de nosotros, impulsándonos a amar al prójimo y animándonos a vivir lo que la tradición de la Iglesia llama las obras de misericordia corporales y espirituales. Ellas nos recuerdan que nuestra fe se traduce en gestos concretos y cotidianos, destinados a ayudar a nuestro prójimo en el cuerpo y en el espíritu, y sobre los que seremos juzgados: nutrirlo, visitarlo, consolarlo y educarlo. Por eso, «el pueblo cristiano debe reflexionar durante el Jubileo sobre las obras de misericordia. Será un modo para despertar nuestra conciencia, muchas veces aletargada ante el drama de la pobreza, y para entrar todavía más en el corazón del Evangelio, donde los pobres son los privilegiados de la misericordia divina» En el pobre, en efecto, la carne de Cristo «se hace de nuevo visible como cuerpo martirizado, llagado, flagelado, desnutrido, en fuga… para que nosotros lo reconozcamos, lo toquemos y lo asistamos con cuidado». Misterio inaudito y escandaloso la continuación en la historia del sufrimiento del Cordero Inocente, zarza ardiente de amor gratuito ante el cual, como Moisés, sólo podemos quitarnos las sandalias (cf. Ex 3,5); más aún cuando el pobre es el hermano o la hermana en Cristo que sufren a causa de su fe.

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