La ciencia de la Cruz

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Es el Señor quien lo ha dicho:

El Hijo del hombre tiene que padecer mucho… El que quiera seguirme, que se niegue a sí mismo, cargue con su cruz cada día y se venga conmigo.

No te lleves a engaño. Esto es lo que hay. Esto es lo que se nos dice. El camino que empezamos en Cuaresma es sendero de “muerte”, de “negación”… pero que conduce a la Vida, a la Afirmación, si permanecemoss unidos a Cristo.

Así que no te extrañe, si en los días que vienen asoman el sufrimiento, el ansia, el hambre y la sed, el aislamiento, la desilusión o la angustia… ¡Vaya panorama! –dices-. Bueno, ya te avisé. Esas serán las señales seguras de que estas en el Camino correcto. Eres libre de venir o no. Esto es solo para “el que quiera” irse con Él. No vamos solos, Cristo nos anima y nos consuela. Pero, eso sí, si vienes, no te quejes ¿de acuerdo?.

Así aprenderemos la “ciencia de la Cruz”: la de quienes mueren y sonríen. Sonríen, no porque mueren, sino porque, en medio de esa muerte, aman y se saben amados ¿Te vienes?

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2 comentarios en “La ciencia de la Cruz

  1. Se ha de destacar que las verdades buscadas en esta relación interpersonal no pertenecen primariamente al orden fáctico o filosófico. Lo que se pretende, más que nada, es la verdad misma de la persona: lo que ella es y lo que manifiesta de su propio interior. En efecto, la perfección del hombre no está en la mera adquisición del conocimiento abstracto de la verdad, sino que consiste también en una relación viva de entrega y fidelidad hacia el otro. En esta fidelidad que sabe darse, el hombre encuentra plena certeza y seguridad. Al mismo tiempo, el conocimiento por creencia, que se funda sobre la confianza interpersonal, está en relación con la verdad: el hombre, creyendo, confia en la verdad que el otro le manifiesta.

    ¡Cuántos ejemplos se podrían poner para ilustrar este dato! Pienso ante todo en el testimonio de los mártires. El mártir, en efecto, es el testigo más auténtico de la verdad sobre la existencia. Él sabe que ha hallado en el encuentro con Jesucristo la verdad sobre su vida y nada ni nadie podrá arrebatarle jamás esta certeza. Ni el sufrimiento ni la muerte violenta lo harán apartar de la adhesión a la verdad que ha descubierto en su encuentro con Cristo. Por eso el testimonio de los mártires atrae, es aceptado, escuchado y seguido hasta en nuestros días. Ésta es la razón por la cual nos fiamos de su palabra: se percibe en ellos la evidencia de un amor que no tiene necesidad de largas argumentaciones para convencer, desde el momento en que habla a cada uno de lo que él ya percibe en su interior como verdadero y buscado desde tanto tiempo. En definitiva, el mártir suscita en nosotros una gran confianza, porque dice lo que nosotros ya sentimos y hace evidente lo que también quisiéramos tener la fuerza de expresar.

    De esta forma, una persona que una en su ser y en su vida la condición de santidad, sellada por el martirio, y la de reflexión filosófico-teológica profunda, a la luz de esa misma experiencia personal de fe, merece una particularísima atención a la hora de afrontar los retos que plantea el misterio de la Cruz de Cristo, y en general todas las relaciones fe-razón.

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