“Dame tu gracia, Señor, que yo te doy mis pequeñas mortificaciones”

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Tu lema para esta Cuaresma, me dices, es: “mortificación”. Pero, los componentes léxicos de “mortificación” son: mor, mortis (muerte), facere (hacer), más el sufijo -ción (acción y efecto); mortificarse significa la “acción o efecto de hacer morir”. Y morir solo tiene sentido si hay una vida más grande. Darse muerte voluntariamente en esta vida solo tiene sentido si con ello se merece una vida de gracia de Dios que ilumine y alegre nuestra vida, primero aquí en la tierra, y luego eternamente en el Cielo… Por eso, ¿qué te parece empezar esta Cuaresma con una muy contrita y buena confesión?

Mortificarse también significa negarse, por lo normal, en cosas pequeñas, intrascendentes, triviales quizá, pero que nos transforman profundamente. Las ocasiones se presentan a lo largo del día casi tan frecuentes como el latir del corazón o la respiración. Poner buena cara ante esas situaciones que nos sacan de quicio o que nos resultan molestas: una hermana fastidiosa, una abuela acelerada, un profesor aterrador o un adolescente, un jefe enfadado…

Mortificarse significa también pensar en los demás:”Esa palabra acertada, el chiste que no salió de tu boca; la sonrisa amable para quien te molesta; aquel silencio ante la acusación injusta; tu bondadosa conversación con los cargantes y los inoportunos; el pasar por alto cada día, a las personas que conviven contigo, un detalle y otro fastidiosos e impertinentes… Esto, con perseverancia, sí que es sólida mortificación interior.” (Camino 173)

Mortificarse significa entrenarse haciendo voluntariamente muchos actos de amor en cosas pequeñas para poder afrontar con éxito los posibles momentos de desamor involuntario. Pues quien sufre por amor a Dios, aun en cosas pequeñas, está más preparado de llevar la Cruz. Le pasa un poco como aquel Cirineo que fue forzado a cargar con la Cruz… pero después no la quería soltar. Sufrir por la persona amada es una muestra de amor, y en el sacrificio voluntario demostramos a Dios que le queremos… Porque como el Cireneo quieres ayudarle a cargar un ratito con la Cruz.

Es momento de concretar. Piensa cómo podrías enamorarte más de Dios en esta Cuaresma; cómo suprimir tal o cual defecto que te hace tan desagradable o arisco; cómo buscar y encontrar la paz en tu corazón. Luego deja que la gracia de Dios haga su tarea de mejora en ti; pero sin dejar tus pequeños sacrificios, que expresan tu disposición para recibirla.

Puedes establecer tres tipos de mortificaciones: unas referidas a Dios (generosidad en tu plan de vida); otras referidas a los demás (amabilidad y buen trato) y, finalmente, las referidas a ti mismo (ser más sobrio y templado). Repásalo cada día y dile sinceramente al Señor cada noche: “Dame tu gracia, Señor, que yo te doy mis pequeñas mortificaciones”.

2 comentarios en ““Dame tu gracia, Señor, que yo te doy mis pequeñas mortificaciones”

  1. La penitencia y la mortificación son una parte pequeña pero esencial de la vida cristiana. Jesucristo ayunó durante cuarenta días en preparación de su ministerio público. La mortificación nos ayuda a resistir nuestra tendencia natural a la comodidad personal, que tantas veces nos impide responder a la llamada cristiana a amar a Dios y a servir al prójimo por amor de Dios. Además, esas molestias voluntariamente aceptadas unen al cristiano con Jesucristo y con los sufrimientos que Él voluntariamente aceptó para redimirnos del pecado. Para cualquier católico, es amar a Dios y al prójimo. Enfatiza los pequeños sacrificios, más que los grandes: seguir trabajando cuando uno está cansado, ser puntual, prescindir de algo que a uno le gusta en la comida o en la bebida, no quejarse.

    Palabras de san Josemaría sobre la mortificación:
    Surco, 991
    Cuidar las cosas pequeñas supone una mortificación constante, camino para hacer más agradable la vida a los demás.

    Amigos de Dios, 8.
    Convenceos de que ordinariamente no encontraréis lugar para hazañas deslumbrantes, entre otras razones, porque no suelen presentarse. En cambio, no os faltan ocasiones de demostrar a través de lo pequeño, de lo normal, el amor que tenéis a Jesucristo.

    Camino 199.
    Si el grano de trigo no muere queda infecundo. —¿No quieres ser grano de trigo, morir por la mortificación, y dar espigas bien granadas? —¡Que Jesús bendiga tu trigal!

    Forja, 409.
    El mejor espíritu de sacrificio es la perseverancia en el trabajo comenzado: cuando se hace con ilusión, y cuando resulta cuesta arriba.

    Es Cristo que pasa, 139.
    Sólo cuando el hombre, siendo fiel a la gracia, se decide a colocar en el centro de su alma la Cruz, negándose a sí mismo por amor a Dios, estando realmente desprendido del egoísmo y de toda falsa seguridad humana, es decir, cuando vive verdaderamente de fe, es entonces y sólo entonces cuando recibe con plenitud el gran fuego, la gran luz, la gran consolación del Espíritu Santo

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