Paradoja de la ceniza

llama y cenizasParadoja: la ceniza, que es el resultado de un fuego, se vierte sobre nosotros para apagar un fuego.

La ceniza es silencio: las llamas cesaron, cesó el crepitar de la leña, el calor de las brasas también se apagó, y queda la ceniza como testigo mudo de un… silencio.

Hoy, esa ceniza dice al hombre: «¡Silencio!».

Cuando hagas limosna… La limosna es el silencio del ego. Se apaga el egoísmo, deja de importar el yo, y el afán de apoderarse de todo y de todos, el deseo de controlarlo todo y a todos, da lugar a la generosidad, a la entrega y al despojo. He dejado de importar para mí mismo. Cuanto soy y cuanto tengo lo entrego a Dios y a los demás.

Cuando recéis… La oración es silencio del espíritu. Preocupaciones, urgencias, problemas personales, y todo el griterío que llena la mente del hombre se apaga al caer la ceniza, y en el silencio se escucha a Dios.

Cuando ayunéis… El ayuno es el silencio de la carne. Tantos placeres, tanta comida, tanta bebida, tanto recreo para los ojos, nos tiene abotargados. El ayuno hará callar todo ese alboroto de sensaciones, y nos hará sentir hambre de Dios.

2 comentarios en “Paradoja de la ceniza

  1. Aligerar la carga para aumentar el peso es el programa de la Iglesia del futuro. Privarse de la grasa para ganar vitalidad, frescura espiritual, no como una última inspiración o fascinación. Belleza, atractivo, en el fondo también fuerza, para hacer frente a una tarea que se ha hecho tan difícil. «Convertíos», dice usando las palabras de la Biblia al marcar la frente de los cardenales y abades con las cenizas, «y creed en el Evangelio». «¿Usted es el final de lo viejo −pregunté al Papa en nuestro último encuentro- o el inicio de lo nuevo?». La respuesta fue: «Las dos cosas».

    La llamada de Cristo a la conversión sigue resonando en la vida de los cristianos. Esta segunda conversión es una tarea ininterrumpida para toda la Iglesia que “recibe en su propio seno a los pecadores” y que siendo “santa al mismo tiempo que necesitada de purificación constante, busca sin cesar la penitencia y la renovación” (LG 8). Este esfuerzo de conversión no es sólo una obra humana. Es el movimiento del “corazón contrito” (Sal 51,19), atraído y movido por la gracia (cf Jn 6,44; 12,32) a responder al amor misericordioso de Dios que nos ha amado primero (cf 1 Jn 4,10).

    La caridad empieza por casa, en donde optamos cada día por dar nuestro tiempo, nuestra atención, nuestra sonrisa de afirmación y lo hacemos con generosidad. Sin embargo, la caridad no debe terminar allí, porque para los católicos nuestra “casa” es universal y nuestra familia es tan grande como el mundo.
    A veces lo único que podemos dar es una sonrisa, pero algunas veces ese es el mayor sacrificio, la mejor oración y -aún más- la más generosa y sacrificada de las limosnas.

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