La fe necesaria para casarse

Trbiunal-Rota-Papa-Francisco.jpgCopio este magnífico estudio del blog de mi amigo don Joan Carreras:

Desde hace años, el tema de la fe necesaria para casarse está bajo estudio y todavía no hay un pronunciamiento magisterial definitivo. Suelen recordarse las palabras de Benedicto XVI con las que abrió su corazón a los sacerdotes de la Diócesis de Aosta, que le escuchaban, durante un encuentro con ellos el 25 de julio de 2005 (1): él pensaba que la fe debía ser un elemento fundamental, cuya carencia comportase la nulidad del matrimonio, pero después de haber hecho estudiar el tema a las Conferencias Episcopales y a diversos especialistas llegó a la conclusión de que se trata de una cuestión muy delicada y que convenía profundizar todavía más. En 2014 la situación era parecida, puesto que el nº 48 de la Relatio finalis del Sínodo extraordinario del mes de octubre se proponía lo siguiente: “Debería considerarse la posibilidad de dar relevancia al papel de la fe de los esposos en orden a la validez del matrimonio“.

El 22 de enero el Papa Francisco pronunció el tradicional discurso de apertura del año judicial de la Rota Romana y se pronunció sobre el tema. Se mantuvo -en mi opinión- en los límites de la doctrina hoy admitida. Es decir, en principio en el ámbito canónico no se admite un capítulo de nulidad del matrimonio que consistiese en la falta de fe de los esposos. “Es necesario insistir con claridad que la calidad de la fe no es condición esencial del consentimiento matrimonial, que, según la doctrina de siempre, puede quedar afectado solamente a un nivel natural  (cfr CIC, can. 1055 § 1 e 2)” (2). 
Se trata de un tema muy difícil y también muy debatido en los últimos años por teólogos y canonistas. Los primeros suelen ser más proclives a exigir la fe como elemento necesario para la validez, interpretando literalmente las palabras de la Constitución dogmática Sacrosantum Concilium 59: “los sacramentos presuponen la fe”; los segundos, en cambio, entienden que esta afirmación o no tiene relevancia jurídica o bien no es aplicable al sacramento del Matrimonio, por sus peculiaridades, especialmente, por tratarse de un sacramento que ya existe desde el principio en el orden de la Creación. 
El texto clave sobre este tema sigue siendo el magnífico pasaje de la exhortación pastoral Familiaris Consortio 68 en el que el Papa Juan Pablo II mantuvo los puntos firmes, logrando un equilibrio notable entre las exigencias teológicas y las jurídicas:

“El Sacramento del Matrimonio tiene esta peculiaridad respecto a los otros: ser el sacramento de una realidad que existe ya en la economía de la creación; ser el mismo pacto conyugal instituido por el Creador «al principio». La decisión pues del hombre y de la mujer de casarse según este proyecto divino, esto es, la decisión de comprometer en su respectivo consentimiento conyugal toda su vida en un amor indisoluble y en una fidelidad incondicional, implica realmente, aunque no sea de manera plenamente consciente, una actitud de obediencia profunda a la voluntad de Dios, que no puede darse sin su gracia. Ellos quedan ya por tanto inseridos en un verdadero camino de salvación, que la celebración del sacramento y la inmediata preparación a la misma pueden completar y llevar a cabo, dada la rectitud de su intención” (FC 68).

En este texto se supera el tradicional desdoblamiento de la realidad en dos ámbitos separados -el natural y el sobrenatural- para contemplarla formando parte de la economía de la salvación, es decir, del Misterio Pascual. Porque el Misterio cristiano es precisamente esto, el designio salvífico de Dios que se hace presente a través de la familia y de la Iglesia (3). La familia en el orden de la Creación es el Misterio de Dios y, por tanto, no puede comprenderse al margen de la fe y de la gracia divinas. Cuando los esposos están bautizados, es el mismo matrimonio -el único que existe- el que se convierte en signo de la Nueva Alianza y pone en juego la virtud teologal de la fe de los esposos.

Esta es la perspectiva que tomó el Cardenal Kasper en la conferencia pronunciada en el consistorio de Cardenales con que dio comienzo el camino sinodal y que fue publicada bajo el título “El Evangelio de la familia”. En el apéndice primero, Kasper trata el problema desde una perspectiva interesante, puesto que sostiene que para casarse sería necesaria la fe implícita, tal como enseñaba santo Tomás de Aquino, para quien “el verdadero contenido de la fe es la fe en Dios. Según él, la fe en Dios, como meta y felicidad última del hombre, y en la providencia histórica de Dios, contiene implícitamente las verdades de fe que conciernen a los instrumentos de redención; por consiguiente, también en la encarnación y la pasión de Cristo” (4). Se trata de salir del aparente callejón sin salida en el que nos encontramos: de una parte, resulta evidente que la fe explícita no puede nunca convertirse en un requisito de validez del matrimonio; de otra, también se advierte la necesidad de superar el principio demasiado abstracto según el cual baste que los fieles tengan la intención de hacer lo que la Iglesia hace. Nos encontramos hoy con fieles que ya sólo tienen el nombre, porque un día fueron bautizados, y que su intención es sencillamente cumplir el rito de la Iglesia entendido de una manera totalmente superficial: “algo que no hacen por fe, sino por la solemnidad y el mayor esplendor del matrimonio religioso con respecto al civil” (5). El Cardenal propone que la fe implícita “en el Dios vivo, como meta y felicidad del hombre, y en su providencia, que desea guiarnos en nuestro camino de vida hacia la meta y la felicidad definitiva (…/…) es requisito mínimo para la recepción eficaz del sacramento” (6). Conviene señalar que no habla de un requisito para la validez, sino para la eficacia.

Entiendo que las mejores contribuciones sobre el tema son las que tienen en cuenta la unidad del designio de Dios, puesto que la realidad elevada a la dignidad de sacramento de la Nueva Alianza es la misma que Dios ha creado en amanecer de la Humanidad. El hecho de que llamemos fieles a los bautizados e infieles a los que no han recibido ese sacramento, parece llevar a pensar que la fe solo se da en los primeros y no en los segundos. Así, por ejemplo, Corecco entiende que el matrimonio natural puede ser conocido por la sola luz de la razón, mientras que el sacramental requiere la virtud de la fe (7).

Entender el matrimonio como una realidad sacramental en sí misma, es decir, en el orden de la creación, permite afrontar este tema desde una perspectiva más amplia: “el sacramento del matrimonio (existe) entre fieles e infieles” (8), es decir, que la fe puede encontrarse tanto entre los primeros como entre los segundos. Lógicamente, la fe como virtud infusa en el Bautismo no se encontrará en los “infieles” pero sí deberemos admitir que estos también gozan de una fe proporcional a la realidad sacramental del orden de la creación, que tiene a Dios por autor y que exige de ellos una donación de sí mismos, y “una actitud de obediencia profunda a la voluntad de Dios, que no puede darse sin su gracia” (FC 68).

De esta manera, se puede superar ese reduccionismo de la fe al ámbito de la virtud teologal, desligada de la virtud humana de la fe que constituye algo así como la estructura religiosa esencial de la persona humana creada por y en vistas a Cristo (Cf. Col 1, 16). En la Encíclica Lumen fidei, 35 el Papa Francisco plantea el tema de la fe de los que buscan a Dios: “Al configurarse como vía, la fe concierne también a la vida de los hombres que, aunque no crean, desean creer y no dejan de buscar. En la medida en que se abren al amor con corazón sincero y se ponen en marcha con aquella luz que consiguen alcanzar, viven ya, sin saberlo, en la senda hacia la fe” (9). Con otras palabras, es posible entender que hay no creyentes que tienen fe y que quizá también hay creyentes que paradójicamente carecen de ella (10). 

Por esta razón, se podría decir que la celebración del matrimonio -de todo matrimonio- exige la fe de los contrayentes, al menos como esa apertura y disposición interior a creer, que puede encontrarse en todo tipo de personas. Su carencia hace que la persona se convierta en mundana -tanto da que con una mundanidad libertina o espiritual (11)- y por tanto cerrada a la trascedencia y al don de sí misma. De hecho, como recuerda la EncíclicaLumen fidei 52 “hombre y mujer pueden prometerse amor mutuo con un gesto que compromete toda la vida y que recuerda tantos rasgos de la fe. Prometer un amor para siempre es posible cuando se descubre un plan que sobrepasa los propios proyectos, que nos sostiene y nos permite entregar totalmente nuestro futuro a la persona amada”.

En la práctica, y para concluir, la falta de fe no debería constituir nunca un capítulo autónomo de nulidad del matrimonio, porque en seguida se manifestará de una manera u otra en el resto de capitulos de nulidad que se refieren al consentimiento matrimonial y a la intención necesaria para que sea válido. “La solución, en efecto, se encuentra en la evangelización, y no en el elitismo a que se llegaría si sólo se admitiesen al matrimonio a aquellos fieles particularmente bien preparados y conocedores de las implicaciones sacramentales del matrimonio, mientras gran parte de fieles, menos preparados, verían negado en la práctica el ejercicio del derecho natural al matrimonio” (12).

____________________
(1) Benedicto XVI, Discurso a los sacerdotes de la diócesis de Aosta, 25 de julio de 2005: “Yo diría que es particularmente dolorosa la situación de los que se casaron por la Iglesia, pero no eran realmente creyentes y lo hicieron por tradición, y luego, hallándose en un nuevo matrimonio inválido se convierten, encuentran la fe y se sienten excluidos del Sacramento. Realmente se trata de un gran sufrimiento. Cuando era prefecto de la Congregación para la doctrina de la fe, invité a diversas Conferencias episcopales y a varios especialistas a estudiar este problema: un sacramento celebrado sin fe. No me atrevo a decir si realmente se puede encontrar aquí un momento de invalidez, porque al sacramento le faltaba una dimensión fundamental. Yo personalmente lo pensaba, pero los debates que tuvimos me hicieron comprender que el problema es muy difícil y que se debe profundizar aún más. Dada la situación de sufrimiento de esas personas, hace falta profundizarlo”.
(2) Francisco, Discurso en el Año judicial del tribunal de la Rota Romana, 22 de enero de 2016.
(3) En el discurso del Papa Francisco a la Rota Romana, del que tomamos pie para hablar de este tema, se alude a esta mutua implicación de la Familia y de la Iglesia, como comunidades de amor que guardan grandes analogías en la óptica del Misterio, como ya puso de relieve el Papa Juan Pablo II en la Carta a las Familias, 19. Cf F. Simón, La familia cristiana en la familia de la Iglesia, en Scripta Thelogica 47 (2015) 133-52.
(4) W. Kasper, El Evangelio de la familia, Santander 2014, apéndice 1, p. 77.
(5) Ibidem, p. 78.
(6) Ibidem.
(7) E. Corecco, Il sacramento del matrimonio, cardine della costituzione della Chiesa, en “Ius et communio. Scritti di Diritto Canonico“, a cura di G. Borgonovo e A. Cattaneo, Casale Monferrato 1997, vol II, p. 573.
(8) Inocencio III, Carta Gaudemus in Domino, año 1201, en A. Sarmiento – J. Escrivá-Ivars, Enchiridium familiae, Pamplona 2003, vol. I, p. 119. Más clara y luminosa es la afirmación del Papa León XIII en su Encíclica Arcanum, 11: “Teniendo el matrimonio a Dios por autor, y habiendo sido desde el principio sombra y figura de la Encarnación del Verbo Divino, por esto mismo tiene un carácter sagrado, no accidental sino ingénito, no recibido de los hombres, sí impreso por la misma naturaleza. Por esto Nuestros predecesores Inocencia III y Honorio III no injusta ni temerariamente pudieron afirmar que el sacramento del matrimonio existe entre fieles e infieles”. A. Sarmiento – J. Escrivá-Ivars, Enchiridium familiae, cit., p. 495.
(9) Francisco, Lumen fidei 35.
(10) Cf. J. Carreras, El creyente y el ateo no son tan distintos como los pintan, post en Nupcias de Dios, 26 de noviembre de 2015.
(11) Francisco, Exhortación apostólica Evangelii gaudium, 93-97: la mundanidad espiritual es una tentación en la que pueden caer los agentes pastorales y, en mi opinión, se puede aplicar también a los fieles que reducen el matrimonio a un cumplimiento de obligaciones estereotipadas donde la entrega de la persona se desvanece: “Quien ha caído en esta mundanidad mira de arriba y de lejos, rechaza la profecía de los hermanos, descalifica a quien lo cuestione, destaca constantemente los errores ajenos y se obsesiona por la apariencia. Ha replegado la referencia del corazón al horizonte cerrado de su inmanencia y sus intereses y, como consecuencia de esto, no aprende de sus pecados ni está auténticamente abierto al perdón. Es una tremenda corrupción con apariencia de bien” (n. 97).
(12) M. A. Ortiz, Fede y consentimiento matrimonial, en AA.VV., Matrimonio e famiglia. La questione antropologica,XIX Convegno di Studi della Facoltà di Diritto Canonico, Roma 12-13 marzo 2015, p. 142.
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4 comentarios en “La fe necesaria para casarse

  1. El recorrido que se debe seguir para un tratamiento adecuado de la relación entre fe y sacramentos, también en lo que concierne específicamente al matrimonio, está indicado por el Concilio Vaticano II cuando enseña: «Los sacramentos (…). No sólo suponen la fe, sino que con las palabras y las cosas sensibles (verbis et rebus) la nutren, la robustecen y la manifiestan; por esto son llamados sacramentos de la fe». ¿Cómo se verifica esto en el caso del matrimonio celebrado por católicos con una fe muy imperfecta?

    La fe se supone, sobre todo, porque sin ella no se acercarían al sacramento, y después, porque si falta no puede ser manifestada, alimentada y robustecida. ¿Qué decir entonces de los católicos que piden el matrimonio por la Iglesia y al mismo tiempo se muestran incrédulos y no practicantes? ¿Se puede suponer una fe que parece inexistente?

    La fe como don habitual, como virtud recibida en el bautismo, pertenece a la intimidad del alma y está más allá de la experiencia empírica; no obstante, podemos reconocerla, en alguna medida, por sus efectos, por su dinamicidad. Si la persona no es practicante –como se acostumbra a decir–, si no acude a la iglesia y se manifiesta extraña a la doctrina católica, parece no dar señales de fe, como si ésta fuese inexistente. En este punto el Papa da la vuelta al hilo del discurso, haciendo considerar que la petición de la celebración eclesial del matrimonio, si responde a una sincera voluntad de casarse, es propiamente un signo de fe: «El sacramento del matrimonio tiene esto de específico entre todos los demás: el ser el sacramento de una realidad que ya existe en la economía de la creación, de ser el mismo pacto conyugal instituido por el Creador “al principio”. Por tanto, la decisión del hombre y la mujer de casarse según este proyecto divino, es decir, la decisión de comprometerse con su irrevocable consentimiento conyugal toda su vida en un amor indisoluble y en una fidelidad incondicionada, implica realmente, aun de modo no plenamente consciente, una actitud de profunda obediencia a la voluntad de Dios, que no puede darse sin su gracia. Ellos, por tanto, están ya introducidos en un verdadero y propio camino de salvación, que la celebración del sacramento y la inmediata preparación al mismo pueden completar y llevar a su término, dada la rectitud de su intención».

    La elevación del matrimonio a sacramento ha respetado y asumido los valores humanos ínsitos en el matrimonio «del principio», los cuales forman parte del rico contenido de la fe de la Iglesia acerca de este sacramento. Por consiguiente, la voluntad de casarse verdaderamente, o sea, de unirse según un recíproco don que corresponde al designio original divino, es signo de aceptación de tal designio, si bien quizá a un nivel poco consciente, y por tanto es signo de actividad de fe, que parece encontrarse en estado latente, casi oculta entre la cenizas; pero es verdadera fe, algo bien diverso de su ausencia.

    Si, por el contrario, rechazasen un matrimonio indisoluble o, dicho de modo más general, excluyesen positivamente un elemento o propiedad esencial del matrimonio, su voluntad no sería la del verdadero consentimiento conyugal y no se podría reconocer, al menos en lo que se refiere al matrimonio, una verdadera fe, ni siquiera imperfecta. Tal voluntad, además, no daría lugar al matrimonio natural tampoco entre los no bautizados.

    Los sacramentos manifiestan la fe y esto es también válido para el matrimonio. De hecho, en cada sacramento existe un encuentro entre la fe y el anuncio evangélico. El sacramento sella el anuncio evangélico porque, a través de él, son comunicados los bienes salvíficos anunciados y, por su parte, la participación del sacramento expresa la fe que acoge tal anuncio. EL sacramento, por tanto, expresa la fe, tanto en sentido objetivo (la fe anunciada) como en sentido subjetivo (la fe que acoge el anuncio). Existe por consiguiente una íntima unión entre evangelización y sacramentos.

    En el Nuevo Testamento tal unión aparece de manera muy explícita en lo que se refiere al bautismo. Podemos considerar, en primer lugar, la misión dada por el Señor a los Apóstoles, tal como viene referida al final de los evangelios de Mateo y Marcos: «Id, pues, y enseñad a todas las gentes, bautizándolas en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo» (Mt 28,19); «Id al mundo entero y predicad el Evangelio a toda criatura. El que crea y sea bautizado, se salvará; pero el que no crea, se condenará» (Mc 16,15-16). EL evangelio anunciado viene como sellado por el bautismo, por medio del cual es comunicada la salvación objeto del anuncio evangélico. El bautismo es como el punto de encuentro de la palabra y de la fe que acoge la palabra; en él no sólo el sujeto manifiesta su recepción de la fe, sino que también se resume como en síntesis todo lo que los Apóstoles deben proclamar; el bautismo es, por tanto, expresión adecuada, exacta de la fe, entendida tanto en sentido subjetivo –tanto el sujeto como la Iglesia confiesan su fe–, como en sentido objetivo –el misterio encerrado en el sacramento y aquello que se debe creer–.

    El bautismo como punto de encuentro entre el anuncio evangélico y la fe que acoge la palabra aparece también en los Hechos de Los Apóstoles. Desde el día de Pentecostés el bautismo aparece como el medio necesario de participar en la obra de la salvación realizada por Cristo y que es anunciado por los predicadores del evangelio. Basta escuchar la respuesta de Pedro a la pregunta de aquéllos que acogieron su anuncio de Cristo: «¿Qué debemos hacer, hermanos? Y dijo Pedro:

    “Convertíos, y que cada uno de vosotros se bautice en el nombre de Jesucristo, para perdón de vuestros pecados, y recibiréis el don del Espíritu Santo”» (Act 2,37-38). El mismo esquema doctrinal reaparece en posteriores momentos de los Hechos. Estos textos manifiestan que en la Iglesia apostólica se producía el cumplimiento exacto del mandamiento del Señor recogido al final de los evangelios de Mateo y Marcos: el objeto de la fe, que es el del anuncio evangélico, se presenta como realidad de salvación hecha efectiva, como condensada, en el bautismo, el cual, al mismo tiempo, se convierte en fe profesada.

    Esta relación entre fe y sacramento no es exclusivo del bautismo. Santo Tomás, más de una vez en la Summa Thteologiae, lo extiende a los otros sacramentos, afirmando en términos generales que los sacramentos son fidei protestationes. Protestatio tiene el sentido de declaración formal de algo y la expresión protestatio fidei parece ir más allá del sentido de simple confesión de fe: ésta quiere decir expresión de la fe mediante la palabra, mientras que la protestatio implica, junto con la palabra, también el actuar; y es propiamente lo que sucede en los sacramentos. Toda la actividad de los que, de un modo u otro, intervienen en la liturgia de los sacramentos –ministro, sujeto, y toda la comunidad– es en sí misma actividad creyente, expresión viva de la fe. La repetición mecánica de gestos y palabras es la antítesis de lo que son los sacramentos y su finalidad.

    Se puede plantear la siguiente pregunta: ¿el consentimiento matrimonial puede ser repetición mecánica, vacía de gestos y palabras? Siendo un acto de recíproca donación que constituye una comunidad de toda la vida entre un hombre y una mujer, no puede ser palabra vacía. Además, porque manifiesta el don recíproco de sí de dos cristianos, expresa objetivamente el misterio esponsal de Cristo y la Iglesia, al que pertenecen en cuanto bautizados, y que asume en sí la unión que establecen. Constituye por tanto expresión de la fe de la Iglesia, que es siempre fe viva. La Iglesia cree el misterio que significan los dos esposos, uniéndose en matrimonio, y extrae la fuerza vital, vive de él, porque es el misterio de su existencia. Tal vitalidad de la fe no falta nunca en la Iglesia, en la que siempre hay muchos fieles con fe formada por la caridad que por obra del Espíritu Santo invade todos los miembros vivos del cuerpo místico de Cristo. Bajo este aspecto, el matrimonio de dos cristianos es siempre sacramento de la fe.

    A la expresión objetiva del misterio de la unión esponsal entre Cristo y la Iglesia puede no corresponder la misma consciencia creyente por parte de quienes se casan. En este caso, el contenido objetivo de fe expresado por el consentimiento matrimonial es asumido sólo parcialmente, es decir, limitado a los elementos del matrimonio de la creación. ¿Tal discordancia entre el contenido de fe expresado objetivamente y su asunción parcial desde el plano subjetivo impide quizá que haya verdadero sacramento? En los otros sacramentos tal discordancia no impide su válida realización, porque el ministro actúa in persona Christi et Ecclesiae, y es la fe de la Iglesia la que viene expresada por el gesto y por las palabras sacramentales del ministro. En el matrimonio, en cambio, los que se casan actúan en nombre propio para realizar el don de sí mismos; de aquí la especificidad de La cuestión en referencia al matrimonio.

    Existe siempre una cierta discordancia, porque subjetivamente los esposos no llegan nunca a asumir plenamente el contenido de fe expresado objetivamente por el consentimiento y profesado por la Iglesia. Esto de por sí no es un problema, porque pertenece a la ley de lo sobrenatural: el misterio cristiano excede siempre la capacidad del creyente, que es llamado precisamente a un continuo crecimiento en la fe.

    El problema se agudiza allí donde, por lo que se refiere a la fe, es tan imperfecta que hace infructuoso el sacramento del matrimonio. En este caso, la persona no se encuentra en gracia de Dios: la orientación radical de su vida no es hacia Dios como fin último; no es la caridad la que informa sus disposiciones espirituales. No obstante, todavía es posible el sacramento del matrimonio, porque éste es el signo eficaz (signo y participación) del misterio de la unión entre Cristo y la Iglesia. Y es tal signo, fundamentalmente en virtud de lo que ambos son y de lo que llegan a ser: dos que pertenecen, como bautizados, al misterio de la unión esponsal entre Cristo y la Iglesia (unión anudada en el seno de María y en la Cruz), que se unen (se convierten en esposos) y permanecen unidos conyugalmente, con una unión insertada en el mismo misterio. Después su conducta deberá mostrarse según esta realidad como exigencia –entre otras cosas– de autenticidad, pero la significación sacramental es anterior a la conducta conyugal.

    Si el sacramento del matrimonio fuera esencialmente el sacramento del amor conyugal, de un proyecto de vida común, entonces sin una fe consciente de la referencia de ese amor y proyecto de vida al misterio de Cristo, la sacramentalidad quedaría como algo vacío, inerte. En otras palabras, si el matrimonio consistiera en el actuar como cónyuges –amarse íntimamente, realizar un común proyecto de vida– y no en el convertirse en (in fieri) y ser cónyuges (in facto esse), entonces no habría sacramento sin referencia de tal actuar, a través de la actividad intelectiva y volitiva –esto es el acto creyente–, al misterio de amor entre Cristo y la Iglesia. El matrimonio, sin embargo, no es el amor conyugal, aunque deba suponerlo (deber moral) y exija (deber también moral) su cuidado y su desarrollo; y los dos esposos no son simplemente dos enamorados. Son mucho más.

    El matrimonio es la unión de un hombre y una mujer que constituye un consortium totius vitae ordenado al bien de la prole y de los cónyuges. Es un vínculo de pertenencia mutua, y no sólo la coincidencia de dos voluntades en un afecto recíproco. Ambos forman una unidad que hunde sus raíces en la naturaleza –en la natural complementariedad entre el hombre y la mujer–, y es realizada por la libertad: unidad que mana de una alianza que actualiza lo que está enraizado en la naturaleza humana. Tal unidad se inserta en el misterio de la unión entre Cristo y la Iglesia, convirtiéndose en una partecilla de tal misterio, y por esto mismo expresa este misterio y es su signo. La pareja de esposos se convierte en signo de este misterio y participa de él en virtud de lo que ellos son, y también en virtud de lo que hacen, pero como consecuencia de lo que son.

    De aquí también la respuesta acerca del papel que tiene la fe en la intención sacramental. No es necesaria un intención que implique un sobreañadido al consentimiento que hace nacer el matrimonio como realidad humana, un sobreañadido que debería ser dado por la fe que haya alcanzado un cierto grado de perfección. Naturalmente es deseable, es más, moralmente debido, que la intención sea informada por la fe subjetiva y sea consciente de la sacramentalidad del matrimonio, pero no es necesario para que puede nacer el matrimonio sacramental; es suficiente la intención de casarse como se casan los cristianos.

    Si los sacramentos, además de expresar la fe, la nutren y robustecen, esto quiere decir que la fe es activa y no permanece a nivel de fe objetiva (fides quae) manifestada. Esto es también válido por lo que se refiere al matrimonio en su momento formativo, en su celebración: la fe expresada es también activa, sea la fe de la Iglesia como la de los esposos.

    Sobre la eficacia operativa de la fe de la Iglesia respecto a los sacramentos, Santo Tomás de Aquino es bastante explícito. Ella no quita nada a la objetividad de tal eficacia, enunciada con la fórmula ex opere operato. La fuente de la gracia es Cristo, no la Iglesia; pero, como enseña el Concilio Vaticano II respecto a la liturgia –y los sacramentos son su eje principal–, «en esta obra tan grande por la que Dios es perfectamente glorificado y los hombres santificados, Cristo asocia siempre consigo a su amadísima Esposa la Iglesia».

    Santo Tomás atribuye la eficacia de los sacramentos a la fe de la Iglesia, en cuanto que ella une el signo sacramental a la fuente de su fuerza santificadora: la pasión de Cristo. Tal unión se produce porque los gestos y las palabras sacramentales son protestationes fidei, gestos y palabras de fe, de la fe de la Iglesia. No es La materialidad de los gestos y de las palabras la que constituye el signo como signo sacramental; éste es una acción de la Iglesia y por ello se convierte en un acto de fe. Aunque entre los que participan en la celebración del sacramento puede ocurrir que a algunos les falte la fe, sin embargo, nunca sucede que el sacramento se convierta en un signo vacío, porque en la Iglesia siempre hay muchos fieles con fe informada por la caridad, la cual, por obra del Espíritu Santo, penetra y se difunde a todos los miembros vivos del cuerpo místico de Cristo.

    Todo esto se verifica también en el caso del matrimonio. Este es siempre un sacramento de la fe, y de fe viva, aunque la fe de los esposos pueda estar muerta. Es sacramento de la fe viva de la Iglesia.

    La fe de la Iglesia es activa en la celebración del matrimonio, y se hace también activa la fe de los esposos. Aquí se debe recordar la doctrina general del papel activo de la fe del sujeto en los sacramentos. Santo Tomás atribuye a la fe, junto al sacramento, el contacto entre la pasión de Cristo y el sujeto, un contacto que supera la distancia espacio-temporal. Con todo, el modo en que el poder de la pasión de Cristo, del misterio pascual, se continúa a través de los sacramentos es distinto del modo en que se continúa por medio de la fe. La santa humanidad de Cristo es el instrumento unido a la divinidad en la obra de nuestra santificación, y los sacramentos prolongan su acción salvífica hasta nosotros; la eficacia de los sacramentos deriva de la de Cristo, de su misterio pascual.

    El contacto con el misterio pascual de Cristo por medio de la fe es distinto al contacto por medio de los sacramentos. Es un contacto recíproco con Cristo sea en cuanto Dios que en cuanto hombre. En cuanto Dios nos da la gracia santificante, haciéndonos con su infinita eficacia partícipes de su naturaleza, esto es, de su vida íntima; y al mismo tiempo es el fin de nuestra vida, de nuestro actuar, como fin conocido y amado por nosotros. Se produce así el contacto recíproco: Dios toca el alma causando en ella la gracia y el hombre, en alguna medida, toca a Dios con el conocimiento y el amor.

    El mutuo contacto hace referencia también a la humanidad de Cristo, porque la acción divina deificante pasa a través de la humanidad de Cristo, se prolonga en los sacramentos y llega a nosotros. Al mismo tiempo nuestra fe en Dios es también fe en Jesucristo; nos unimos a Dios uniéndonos a Cristo.

    El movimiento del alma hacia Dios es efecto de la gracia que Él nos infunde por medio del sacramento. La gracia es principio de vida sobrenatural; quien la recibe comienza inmediatamente a vivir de ella; y si se trata de un aumento de la gracia, significa entonces un aumento de vitalidad, y por tanto una mayor actividad de la fe, como primer acto vital.

    La fe se hace por esto particularmente activa en la participación en los sacramentos: lº) porque dan o acrecientan la gracia, es decir, el principio de vida sobrenatural; 2º) porque en cuanto signos hacen conocer la acción de Cristo en nosotros y exigen la actividad de la fe que acoge (la notificación) el mensaje divino; tal actividad puede faltar por parte de! sujeto del sacramento, pero no por parte de la Iglesia, por lo que el sacramento no es jamás un signo no percibido por ninguno.

    En la celebración del matrimonio la inserción de los dos esposos, en cuanto pareja conyugal, en el misterio de la unión esponsal entre Cristo y la Iglesia les hace partícipes de los dones esponsales con los cuales Cristo ha enriquecido a la Iglesia y acrecienta, por tanto, sus vidas en Cristo. Son tocados por el misterio y orientados hacia él; por esto su fe viene alimentada y robustecida, porque la fe está siempre en la raíz de todo acto sobrenatural. La fe, además, se hace activa, para que a través de su consentimiento reconozcan el misterio de la unión entre Cristo y la Iglesia, del que se han convertido en un reclamo permanente.

    Si a causa de su fe defectuosa e insuficiente pertenecen al misterio de la unión entre Cristo y la Iglesia como miembros muertos, privados de la gracia santificante y de la caridad, la inserción de su unión conyugal en el misterio de Cristo no les hace partícipes de la vida sobrenatural que de él brota, pero tal unión significa el misterio y participa de él, del mismo modo que ellos continúan siendo miembros del Cuerpo místico, aunque permanezca inactiva su fe. Su pertenencia a Cristo se convierte en una continua llamada a la conversión y, cuando ésta tenga lugar y se reconcilien con Dios por medio del sacramento de la penitencia, se producirá también la reviviscencia del sacramento del matrimonio.

    Todo esto puede quizá hacer pensar en un excesivo automatismo sacramental, como si el matrimonio naciese del simple hecho del bautismo al margen de la intención de los dos que se casan. En realidad el matrimonio no nace (y no puede nacer) independientemente de la voluntad de los esposos, porque es su recíproca donación la que lo hace nacer. Que ésta implique además una intención sacramental sin ser explícitamente consciente, deriva de la naturaleza misma del sacramento del matrimonio.

    Ciertamente no hay un automatismo totalmente al margen de la voluntad de los esposos, pero un cierto automatismo puede ser admitido y forma parte de la objetividad del orden sacramental. Por otro lado, ello no contrasta con la libertad humana y con la responsabilidad que de ella nace. Baste pensar que es propio de la condición humana el hecho de contraer vínculos que comprometen la libertad sin que intervenga una libre elección, y esto no sólo en el origen de la existencia –el niño no elige a sus padres, ni la nación a la que pertenece con todos los condicionamientos culturales que conlleva, y tantos otros vínculos–, sino también cuando se es adulto en pleno ejercicio de la libertad: una persona, por ejemplo, es cuñada del marido de su hermana, con tantos compromisos como ello conlleva, sin que medie una elección personal, sino como resultado de la elección de dos que se han casado.

    Los esposos, respecto a su matrimonio, están bien lejos un automatismo de ese tipo, pero la consideración de tales condicionamientos humanos aleja el peligro de querer concebir la libertad humana dentro de esquemas desencarnados e idealistas, como principio absoluto, incondicionado del propio estado personal. De hecho, la unión conyugal no es exclusivamente reducible a la libertad de los esposos: se casan, si quieren, pero la unión que se establece está ya predeterminada por el plan original divino sobre el matrimonio, que se manifiesta en la natural complementariedad entre el hombre y la mujer, y por su condición de pertenecientes al misterio de la unión esponsal entre Cristo y la Iglesia.

    En conclusión, la imperfección de la fe de los cristianos que se unen en matrimonio no impide que éste sea sacramento de la fe, fe supuesta, expresada y hecha activa.

    (Fuente Almudi)

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