¡Desde arriba!

OmarMonroyL-011-Cruzenloalto.jpg“Yo te saqué de los apriscos, de andar tras las ovejas, para que fueras jefe de mi pueblo Israel. Yo estaré contigo en todas tus empresas, acabaré con tus enemigos, te haré famoso como a los más famosos de la tierra”. (1ª lectura de la misa de hoy)

Después de llevar a Jerusalén el Arca de la Alianza, David abrigó una secreta vergüenza. En efecto, allí estaba el Arca, símbolo de la gloria de Dios, en el interior de una tiendecita de campaña…  Sin embargo él vivía en un palacio rodeado de lujos, y hasta sus servidores habitaban en magníficas casas de cedro… Así que le nació  la idea de ensalzar a Yahvé: le construiría un gran templo, un templo digno del Rey de los Cielos.

En estas cabilizaciones andaba, cuando el profeta Natán le hizo llegar la impugnación del Altísimo: “Aún no, David. Primero te ensalzaré Yo a ti, te situaré por encima de todos tus enemigos y te llevaré a lo más alto… Y, después, cuando estés arriba, será tu hijo quien me ensalce a Mí“… David lo entendió correctamente; el Señor le decía: “Te ensalzaré David, pero no te ensalzo para que te ensoberbezcas; te ensalzo para que tú me ensalces a Mí“.

La conclusión es clara. Si Dios permite que seamos ensalzados, es para que lo ensalcemos también a Él, introduciendo el espíritu de Cristo en las entrañas de la sociedad. Un día, nos pedirá cuentas acerca de los dones que nos proporcionó.

Sólo una falsa humildad (caricatura de la soberbia), puede hacer a un cristiano renunciar a “escalar puestos“. Por eso, el que pueda ser ministro, debe serlo; quien pueda ser director de alguna institución, debe serlo; quien pueda alcanzar el Premio Nobel, ¡Que lo alcance!; quien pueda ser presidente de gobierno, que lo sea; y quien pueda ser catedrático de universidad, dará cuentas si se queda en ayudante interino… Sin miedo, sin timideces tontas: ¡Hay que escalar muy alto, para poner a Cristo en la cumbre de las estructuras humanas!

También hay cristianos a quienes Dios los lleva por el camino de la humillación, y allí han de descubrir el don de quien ha sido bendecido con la Cruz: también desde allí se salva a muchas almas… Pero algunos pocos, como le ocurrió a David, son llamados a dejándose ensalzar por Dios, para desde arriba servirle a Él y a los hombres ¡Sí, desde arriba! A éstos también los necesita Dios ¡Y mucho!

Así que ya lo sabes, si las circunstancias te ensalzan, se prudente no vayas a caer en dos desatinos: el primero sería el de la falsa humildad de no dejarte ensalzar; el segundo -¡Peor!-, dejarte ensalzar, pero no para servir a Dios -y a los demás-, sino para servirte de los hombres -y quizá de Dios- en beneficio propio… ¡Sé sensato! ¡Arriba, pero para servir! Acepta el reto, como lo hizo María, la más humilde de las mujeres, pero recuerda que: “Porque ha mirado la humillación de su Esclava… Me felicitarán todas las generaciones“.

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4 comentarios en “¡Desde arriba!

  1. ¡Que bien me ha venido su comentario hoy¡ Apenas he dormido, pero si he tenido en mi mente el considerar profundamente la humildad. Aquí os dejo lo que pienso….y ahora me estoy dando cuenta de que me he alargado demasiado. Otra cosa más para intentar mejorar.

    Ciertamente, si Dios valoriza enormemente la humildad, es porque es algo bueno, y no significa ser humilde no tener auto estima, o no tener ideas de superación, o no amarse a si mismo. Al contrario, la humildad da mucha fuerza, en especial porque ella abre las puertas que Dios nos tiene para vivir en el Reino. “Soy manso y humilde de corazón”, nos ha dicho el Señor.

    “Saca todo afuera para que te rellenes de humildad”, me aconsejo en una ocasión mi papá siendo yo muy joven y pasando instantes de soberbia. ¿Y que se debe echar afuera?, la idea de que uno es mártir de las circunstancias, tener demasiados sentimientos de culpas, vivir buscando las simpatías de los demás, andar pretendiendo ser líder de todo, querer estar en todo para que otros piensen de ti como un gran colaborador. Hay una especie de soberbia en querer nosotros subir más alto, pues demasiado hace Dios permitiendo que nos acerquemos a Él, siendo lo que somos (Santa Teresa de Jesus, V 12, 4; CN 2).

    Ser humilde no es vivir en el pesimismo, tampoco es auto criticarse. En efecto, malo es andar comentando nuestros errores, porque puede ser que lo que busquemos es que otros nos complazcan diciendo que no es para tanto y así se alimente nuestro orgullo. Porque el orgullo y acompañado de soberbia y autosuficiencia es contraria la humildad.

    Tampoco es humilde el que se asolapa en una vida callada, porque estamos hechos para una vida en comunidad, y vivir en silencio por estos motivos, puede encubrir una forma de esconderse y de apartarse para que no te revelen quien eres. Alejarse de sus hermanos, es pensar que no somos iguales en comunicarnos y debemos vivir en comunión.
    No somos humildes si buscamos justificarnos, ni menos si no somos capaces de sentir culpa de nuestras equivocaciones. Peor es si buscamos hacer ver que son otros los equivocados, todo esto para buscar un mejor trato para nosotros.

    Si somos humildes, sentimos necesidad de que nos ayuden y nos aconsejen para bien, y la falsa humildad es creer que no necesitamos los consejos de alguien, y peor es no saber reconocer cuando alguien es razonable en sus actos y palabras y mas dramático es no aceptar la verdad de una persona a la cual creemos que está menos preparada que nosotros.

    Es falsa humildad no ser responsable de tomar decisiones en especial cuando se debe actuar en defensa de los preceptos de Dios. En efecto, eso es miedo a luchar contra las consecuencias que pueden repercutir. Por tanto no deja de ser humilde el que responde a su convicción. Y muestra grandeza el que sin dejar de lado su valor, es capaz de enfrentar situaciones de esa naturaleza con paciencia, con mucho amor, y confiado de que ha cuidado de obedecer a Dios. “Hermanos, si alguien es sorprendido en alguna falta, ustedes, los que están animados por el Espíritu, corríjanlo con dulzura. Piensa que también tú puedes ser tentado”. (Gal. 6:1)

    No somos superiores a otros, y sentirlo porque estamos en un nivel mas alto por la posición que estamos ocupando, es contrario a la humildad. Si nos han nombrado en un puesto de autoridad, es la oportunidad que nos ha dado Dios para ejercer ese cargo con sabiduría, y para que demostremos que tenemos capacidad de amarnos unos a los otros y que estamos en ese cargo ayudando al bien de las personas y no el nuestro. Y es falta de humildad, si en nosotros hay resentimientos porque por estar en un cargo de autoridad, no sentimos que otros nos consideran y nos respetan como pensamos y como creemos merecer…

    El sentirse fracasado en una de las peores falsas humildades y lo que mas cuesta, es darse cuenta que estos fracasos son una lección que nos da Dios para mejor y ser mejor. Muchas veces permite el Señor una caída para que el alma quede más humilde (Santa Teresa de Jesus, Cta 400, 5).
    Nuestra vida esta expuesta a tener fracaso, pero también para tener éxitos, el primero nos trae pánico por el temor a sentirnos humillados, y el segundo, se transforma en una obsesión: Que ninguno de los dos sea una barrera para ser buenos hijos de Dios, obediente a sus preceptos, y amantes de servir, como el que se hizo servidor de nosotros.

    La humildad tiene una gran importancia en nuestra relación con Dios y con todos los hombres, el cristiano esta llamado a ser un eterno buscador de esta virtud y vivir con ella todos los días de su vida temporal.
    Para conocer a Cristo, se debe tener un corazón humilde. Cristo salva a los humilde, que se acercan con humillación, “Y colocándose detrás de Jesús, se puso a llorar a sus pies, luego comenzó a bañarlos con sus lágrimas; los secaba con sus cabellos, los cubría de besos y los ungía con perfume” (Lc 7, 36-50), La pecadora debe haber clavado su mirada en Jesús, implorando su misericordia, reconociendo sus pecados, confiada totalmente en Jesús, y a esa mirada, Jesús responde con la suya, que esta llena de compasión y comprensión, respondiendo “Tus pecados te son perdonados”. En efecto, si somos capaces de reconocer con humildad que somos pecadores y que tenemos necesidad de perdón, podremos acercarnos a Cristo y conocerlo más.

    Si no somos humildes, tampoco podemos ser sumisos, y para someternos a Dios la sumisión a El es necesaria. La humildad es la ayuda necesaria que alimenta la confianza en Dios, no habrá confianza en EL, si confiamos más en nuestro orgullo. El Señor es muy amigo de humildad (Santa Teresa de Jesus,).

    La humildad es la que nos permite amar a al Señor nuestro Dios y a nuestro prójimo. Dice Cristo Jesus: “el Señor nuestro Dios es el único Señor; y tú amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón y con toda tu alma, con todo tu espíritu y con todas tus fuerzas”. (Mc 12, 28-34) Con todo el corazón, es con humildad y sin ninguna restricción y con todo lo que nos da la vida, con todo el corazón es con todo lo nuestro, sin reservas, con todo tipo de sacrificios, con todo lo que nos hace vivir. Con toda el alma, es con toda la humildad del amor divino, con toda el alma, es con el primer principio de nuestra vida, lo mas importante, la parte espiritual e inmortal, capaz de entender, querer y sentir, y que, junto con el cuerpo, constituye su esencia humana. Con todas tus fuerzas, es algo ardientemente y no con tibieza, y añadimos para que no falte nada, con todo nuestro entendimiento, con toda nuestra mente, con la inteligencia, con la reflexión, con la capacidad intelectual humana, con el pensamiento y voluntad, todo eso, es capaz de conocerlo solo un corazón humilde.

    La humildad es afable y es la que nos permite tener buenas relaciones con nuestros hermanos, nuestro prójimo más próximo. En efecto, un corazón que conoce de la humildad, sabe relacionarse, sabe obedecer, sabe someterse, sabe reconocer los errores y todo esto nos permite vivir en paz con nuestra familia, compañeros de trabajo, esposas y esposos, hijos y padres.

    La humildad es la gracia que nos permite convivir con todos los hermanos cristianos, sin discriminación. Amor total es nos lo pide Cristo Jesus, no amor parcial o limitado, esto es lo que nos enseña y nos exige, la entrega y el amor, tanto a Dios como al prójimo. Cristo Jesús puso al mismo nivel los dos mandamientos, y así lo aclara el evangelio de Mateo cuando dice; “De estos dos mandamientos dependen toda la Ley y los Profetas”. Por tanto nosotros, los cristianos y seguidores de Jesús, debemos ser absolutamente contrarios a cualquier sentimiento acentuado de hostilidad, antipatía, rechazo y odio a los hombres, sabiendo que es algo con lo que convivimos a diario. El hombre es imagen de Dios y si amamos a nuestro prójimo, amamos a Dios, y si amamos a Dios, lo amamos también en el prójimo.

    La humildad, nos ayudará a crecer más en nuestra fe y en nuestro camino a la santidad. Si no crecemos interiormente, no seremos capaces de transformarnos y nadie es santo si no se transforma y nadie se transforma si no es sumiso y dependiente de Dios.
    “Tened entre vosotros los mismos sentimientos que Cristo”, (Filp. 2,2-5). “Aprendan de mí, porque soy paciente y humilde de corazón”, (Mt 11,29)

    Ser humilde es ser como Cristo, quien fue humilde antes de nacer, quien nació en una humilde pesebrera, que se formo con un humilde carpintero. Cristo aparece a su vida pública en forma humilde, elige a sus íntimos amigos entre humildes pescadores, hombres rudos y entre ellos a un publicano. Y vive entre los hombres con mucha humildad y jamás hizo ostentaciones de ser Hijo de Dios. Sus preferidos fueron los mas pobres, los mas humildes, los enfermos y afligidos. Toda su predica la hizo con humildad. Cristo fue insultado, escupido, le arrebataron sus ropas, y ante todo esto, el pidió a Dios perdón diciendo: Padre, perdónales, porque no saben lo que hacen” (Lucas 23, 33-34).

    Y a pesar de todos los errores que tenemos, Cristo nos busca y nos elige, no porque somos buenos, sino porque Él es bueno y nos ama al extremo y espera que nosotros cambiemos. Dios nos pide cambiar y espera que seamos hombres buenos, como su Hijo Jesucristo, “mansos y humildes de corazón.”
    Para ser humildes de corazón como Cristo, tenemos que abandonar nuestra vida y dejar que El viva en nosotros, “y no vivo yo, sino que es Cristo quien vive en mí”, (Gal. 2,30). Y orando a Dios debemos pedirle su ayuda para sentir la humildad del corazón de Cristo.

    La soberbia y el orgullo, es una amenaza constante que esta al acecho, y no hay que dejarse cazar por ella, porque perderemos las dispensas que nos quiere regalar Dios y nos enemista con El. Sin embargo el humilde goza del privilegio de tener una relación personal con Dios, correspondencia que se mantiene con la oración constante. Y si tenemos buena comunicación con Dios, caminaremos a diario en comunión con El. Quien conoce la humildad, ama intensamente a Dios y sabe de las responsabilidades que le competen, y esta dispuesto a rendirle cuentas. El hombre que se siente humilde, sabe que sin Dios nada puede y con El todo es posible. El que se reconoce humilde, confía en Cristo y se hace seguidor de El. El que siente que hay humildad en su corazón, siente que Espíritu obra en él.

    El corazón humilde tiene un deseo legítimo de ayudar a y servir a todo el que lo necesita, es un corazón consecuente de todas las necesidades y vive dispuesto a ofrendarse por sus hermanos. Un alma humilde, siempre alienta y estimula las virtudes de sus semejantes. Un hombre humilde no duda en encubrir las debilidades de sus amigos, es un ser que esta siempre disponible, no se cierra a nadie, es abierto a la amistad, al compañerismo, y es ante todo solidario.

    Este es un desafío de gran importancia, hay que preparase bien y mucho. Tenemos que examinar en conciencia lo que somos y saber reconocer lo que son los demás.
    Si alguien esta mejor preparado que nosotros, no podemos negarnos a reconocerlo, no importa quien sea, si alguien puede enseñarnos, acojamos con sencillez esa posibilidad. No seamos como aquellos que despreciaron a Jesus, por ser hijo de un humilde carpintero. Si llegáramos a ver a todos los hombres del mismo modo como nos ve Dios, podríamos sentir que hemos aprendido a vivir en humildad y no intentaríamos desbarrancar a nadie por lo que es. A Dios no podemos mostrarles mascaras, delante de El somos lo que realmente somos, tenemos distintas cualidades, distintas virtudes, diversos defectos y vicios, pero a los ojos de El, somos lo que somos. Vivir en humildad, es conocer las cualidades que tenemos y ponerlas al servicio de los demás. Vivir en humildad, no es esconder los defectos y vicios, es dejar que los que tienen las virtudes que no tenemos nos ayuden a erradicarlos.

    Para vivir en humildad, no tratemos de ocultarle nuestros defectos y debilidades a Dios, al contrario, dejémosle que Él nos enseñe por medio de ellas. Haciéndole ver a Dios nuestra bajeza, reconocemos en El su grandeza, y para aprender a ser humildes y vivir en ella. Cuando somos capaces de reconocer ante Dios todas nuestras faltas, nuestros errores, el va de inmediato en nuestra ayuda.
    Cuando nos sentimos enfermos, nos damos cuenta lo débiles que somos, cuando fracasamos nos damos cuenta de nuestras limitaciones y que no somos capaces por nosotros mismos. Esas debilidades, limitaciones e incapacidades, nos debe hacernos dar cuenta de nuestra dependencia de Dios, El nos dará fuerza en nuestra flaquezas.
    El cristiano que logra sentir alegría de ser humilde ante Dios y los hombres, se regocija en gozo, porque sabe que Dios se digna en utilizarle para beneficio de si mismo y todos los hombres. Es un gran favor el que nos hace Dios al regalarnos la virtud de la humildad, por cuanto nos debemos alegrar por esto y los muchos favores que no merecemos y que nos regala Dios.

    María dijo: Mi alma canta la grandeza del Señor, y mi espíritu se estremece de gozo en Dios, mi Salvador, porque él miró con bondad la pequeñez de su servidora. En adelante todas las generaciones me llamarán feliz, porque el Todopoderoso ha hecho en mí grandes cosas: ¡su Nombre es santo! Su misericordia se extiende de generación en generación sobre aquellos que lo temen. Desplegó la fuerza de su brazo, dispersó a los soberbios de corazón. Derribó a los poderosos de sus tronos, y elevó a los humildes. (Lc 1, 39-56) El Magníficat, responde a una explosión de júbilo en Dios, incubada desde que se había realizado en ella el misterio de la encarnación. Este canto es la una expresión elevadísima del alma de María, donde las lágrimas de alegría, gozo y esperanzas, se encierran en su Corazón, porque él miró con bondad la pequeñez de su servidora. La humildad de la Virgen María, es la causa de su grandeza, se humilla hasta en lo más ínfimo y Dios la eleva a lo más alto de la dignidad. La alabanza que hace María a Dios por la elección que hizo en ella, engrandeciendo a Dios, ella esta profundamente agradecida, entonces le bendice y le celebra.

    También reflexionemos en la vida de San José, esposo de Maria, que con su humildad nos enseño que lo importante no es realizar grandes cosas y que sean vistas por todos. José fue un hombre sencillo, un tranquilo obrero manual, aldeano y abnegado en su trabajo y habiendo hecho una gran obra, pareciera que no hizo nada extraordinario, sin embargo, el tuvo en sus brazos al Hijo de Dios y en su infancia, le enseño a caminar, le dio de comer, le cuidó, le abrigó e hizo bien su tarea, mostrándonos que para ser un hombre bueno y considerado por los demás, no es necesario hacer “grandes cosas”, sino practicar las virtudes humanas, sencillas, pero verdaderas y auténticas” (Pablo VI).

    El Señor nos Bendiga a todos y nos regale ser humildes

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