Conversión: misterio de Amor

Paul-icon¡Cuántas oraciones por la conversión de los pecadores! Muchas de ellas imploran la vuelta de todos los corazones alejados, y ofrecen penitencias día y noche. Otras, como saetas dirigidas a un blanco, piden con lágrimas la conversión de personas queridas: hijos, nietos, amigos, padres… ¿Podrá Dios no escuchar semejantes plegarias?

   Imposible.

   Y, con todo, no basta el infinito poder de Dios para obtener la conversión de un pecador. Así lo quiso Él, cuando creó libre al hombre. Dios sale al encuentro de la oveja perdida y le tiende sus brazos. Enciende luces ante sus ojos e ilumina su camino hacia la gracia. Pero el pecador debe abrazar a Cristo y poner sus pies en el camino.

   El que se resista a creer, será condenado. Ante la luz del Cielo, Pablo cambió su vida. La cambiaron Agustín, y Francisco, y Edith Stein. Pero los tres están de acuerdo en una cosa: pudieron resistirse. Dios no impone a nadie la salvación, que es misterio de amor.

   Con todo, cuando rezo por los pecadores, confío en Dios. Él sabe cómo y cuándo salir al encuentro del hombre; conoce la hora de cada alma. Por eso sigo pidiendo, y sé que no quedaré defraudado.

Autor: José-Fernando Rey

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2 comentarios en “Conversión: misterio de Amor

  1. Dios me espera en mi propia vida, en mi existencia personal concreta, donde Él no cesa de hacer maravillas con la pequeñez de su esclavo.
    Una persona conversa es la que sabe cantar el Magníficat, componer el Magníficat, con los elementos de su propia experiencia existencial. Algo que no debemos de pasar por alto es que la autoestima es algo connatural a la conversión. Descubrirme a mí mismo como amado de Dios, instrumento de su amor para con los demás, y llamado a una perfecta unión de amor con Él, y en Él con todas las criaturas, es fruto propio de una auténtica conversión.

    ¿Para qué me espera Dios?
    Dios me espera para ser el Absoluto de mi vida, el único capaz de saciar las hambres más profundas de mi existencia, y enseñarme a ser fiel a mí mismo. Cuando Dios es mi Absoluto, aprendo a relativizar todas las cosas de la vida; y a valorarlas en tanto en cuanto me ayudan a crecer según Dios.

    Todo cuanto me lleva a Dios es bueno, y malo solamente lo que me pueda apartar de Él. Nadie puede vivir sin un absoluto que dé estructura, consistencia, sentido y fruto a su vida. Todo el que ha encontrado su absoluto en Dios, jamás se verá esclavo de falsas concepciones de la vida y de la persona humana.

    ¿Hacia donde tengo que volverme para encontrarme con Él?
    Dios me espera en los últimos de este mundo, en los más pequeños y desfavorecidos de esta historia humana, con los que ha querido revelarnos lo mejor de sí y de su obra de salvación universal.
    En ellos me espera Dios. (Mt 25, 31-46).

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