Tiene algo de misterioso el “abrirse” del alma


abrir-las-puertas-del-almaTiene algo de misterioso el “abrirse” del alma: 

“Se abre el alma a quien se quiere, al amigo íntimo, al hermano. Y se abre el alma, para recibir, cuando menos, interés, comprensión, afecto”. (Javier Echevarría en “Getsemaní”, pg. 72)

Dar consejo al que lo necesite. Una gran obra de misericordia. Pero para lograr un diálogo sincero, un importante elemento requerido y algo olvidado es la confianza total en el que escucha, y  que presupone en éste: total lealtad y discreción absoluta. Generalmente también es necesario un periodo más o menos largo de trato y conocimiento mutuo que puede ir creciendo escalonadamente. Conforme crece la intimidad en el trato y se percibe la sinceridad e interés en el que escucha es más fácil abrirse y pedir consejo. Por eso, otro elemento clave es la perseverancia en el trato, de una manera u otra (cartas, citas, paseos, llamadas…).

Siempre se ha de hablar desde el alama y al alma, de corazón a corazón. A veces, es hablar quedamente como si se pensara en voz alta tratando de desenmarañar hasta conseguirlo ideas o sentimientos o situaciones que no están muy definidas en el interior. A algunos les puede costar expresar sentimientos o realidades muy ocultas bien por timidez o inseguridad temperamental –introversión- o por razones genéticas. Entonces, con gran respeto, se les puede ayudar con algunas sugerencias llenas de delicadeza y estando atentos a no insistir si se ve que pueden herir legítimas susceptibilidades. Hay que saber interpretar los silencios y respetarlos.

Si queremos establecer una amistad hay que ganarse al interlocutor. Y esto sólo se consigue con un paciente y sincero interés por él. Al simple oliscón cotilla enseguida se le ve el plumero. Desde el comienzo el afecto, el cariño ha de estar presente, de una manera más o menos discretamente manifestado. Este modo de actuar, que no es ni truco ni ardid –y, por tanto, hipócrita y falso, que no deben aparecer nunca en ningún tipo de relación-, aparecerá cada vez más claramente la naturalidad, la desenvoltura y el gozo; no habrá ni engolamiento, ni tensión, ni desconfianza. Al final quedará el recuerdo de un buen rato y el deseo con regusto de un próximo reencuentro. Es bueno “dejar hablar”, sin interrumpir innecesariamente; y manifestar de vez en cuando alguna señal de nuestro interés y animando a que continúe. Hacer que se esté a gusto con nosotros. Procurar que sea el otro el que propone cosas: un tema, un sitio, una invitación, otra cita…

Y, aunque la meta a conseguir en esta relación sea generosa y noble, por aquello de que es difícil dar liebre por gato, sin que se desconfíe, ni dar pie a que se malinterprete nuestra actitud –ojo con ser excesivamente obsequiosos o solícitos-, hay que tener gran cuidado y no precipitarse en los pasos que se hayan de dar. Soltar hilo e ir recogiendo suavemente…, una y otra vez. Todo llegará a su hora. No se trata, sin embargo de una jugada de ajedrez. En todo esto hay dos elementos esenciales: la intuición y la exquisita delicadeza.

Al que hurga en el alma de otro sin estos requisitos, se le acaban todos los derechos que pueda argüir. Al alma se entra sin derecho alguno. Entrar en un alma es un gran privilegio y por ella hay que andar con sumo respeto y unción. Casi de rodillas. No todos están capacitados para ello, porque exige una dosis superlativa de sensibilidad, humildad, atención, capacidad admirativa y piedad. Al entrar en el interior de otro hay que dejar fuera la rudeza, los prejuicios, la dureza de corazón y la posibilidad de escándalo. (cfr. “me asomé al corazón de un hombre de bien, y me asusté”)

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8 comentarios en “Tiene algo de misterioso el “abrirse” del alma

  1. Dar buen consejo al que lo necesita.
    ¡Cuánto bien puede hacer un buen consejo! ¡Y cuánto mal puede hacer un mal consejo!
    Una de las obras de misericordia espirituales es esta de dar buen consejo al que lo necesita. Y podemos tomar el ejemplo de la Virgen, que dio el Buen Consejo a los servidores de las Bodas de Caná: “Hagan todo lo que Él les diga”.
    Así también nosotros debemos aconsejar a nuestros hermanos con las enseñanzas del Evangelio, cuando vemos que lo necesitan y es el momento oportuno.

    Dar consejo no es ordenar, digo sugerir, ponerse en el lugar del otro y, caminando un tiempo con sus zapatos, tratar de aconsejar de la mejor manera posible, especialmente inspirados por el Espíritu Santo que nos dirá la forma y el modo de dar el consejo, ya que Él es quien da la luz que tanto necesitamos para cumplir con esta obra de misericordia.

    No tenemos que ser sermoneadores y corregir a todas horas, cansando y desalentando a los hermanos, sino que tenemos que saber ser prudentes y aconsejar cuando la otra persona lo necesita y nosotros estamos capacitados para hacerlo.
    Si tenemos buena voluntad, paciencia y amor, Dios hará el resto y nos dará palabras sabias para aconsejar cristianamente.

    Nuestro mundo necesita completar la justicia con la misericordia, acoger a todos aquellos que tienen necesidad de ayuda, de perdón y de amor… construir la civilización del amor. En un mundo en que domina la idea de juicio, también el juicio divino, hemos de penetrar más el sentido de Jesús: «El Hijo del Hombre no ha venido para juzgar al mundo, sino para que el mundo se salve por él» (Juan 3,17).

    Cada uno de nosotros podemos ser agentes de misericordia, inclinarnos ante el hombre necesitado de hoy para abrazarle y levantarle con amor redentor. Te pedimos, Señor, ser dignos de ti, con un corazón grande para quienes nos rodean. Que seamos buenos samaritanos, sin “pasar de largo” con hipocresía o indiferencia ante las necesidades de los demás, sino com-padecernos de él, “pararnos” y atenderlo, como haces tú, Jesús, con nosotros. Las obras de misericordia son innumerables, tantas como necesidades tiene el hombre: hambre y sed, vestido y hogar, sentirse escuchado y amado, acompañado en su sufrimiento y en la enfermedad y en la hora de su muerte.

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