La sonrisa luminosa de un Niño (y 2)

La-sonrisa-del-bebé-y-su-evolución-01.jpg¿Qué sorprendió a aquellos jóvenes en aquel árbol de Navidad?  Que estaba adornado con 178 cartulinas de colores, y en cada cartulina, un nombre y un número: el nombre de un niño y la edad. Todos eran niños enfermos, es decir necesitados de cariño; algunos con síndrome Down; y ninguno mayor de 8 años.

Después se hacía una invitación: regalar un “detalle” a un niño, a una niña, para alegrarles la Navidad. Un “detalle”: un juguete; una prenda de ropa nueva; algo que les pudiera ser útil en su vida, y que fuera un poco más que unos dulces, que también eran bien recibidos. Junto a las cartulinas otras 30 más sencillas, que solicitaban “otro detalle” para ancianos y ancianas que vivían solos: una bufanda, una manta de rodillas; un pañuelo de hombros.

Voluntarias de unas parroquias repartieron los “detalles”. Ninguno de los 178 niños, ni de los 30 ancianos, se quedaron sin una “sonrisa”.

Empieza el año 2016… Y, como pequeñas luces en el firmamento, estas “sonrisas” del Niño Jesús que sigue anunciando al mundo, con estos nuevos ángeles -universitarios, voluntarios, árboles de Navidad-: “Gloria a Dios en el Cielo; y Paz en la tierra a los hombres de buena voluntad”.

Fuente: Ernesto Juliá Díaz, ernesto.julia@gmailcom

 

Un comentario en “La sonrisa luminosa de un Niño (y 2)

  1. Bello comentario, que todos deberíamos pensar y hacer como una exigencia personal, fruto del cariño y responsabilidad.

    Hace tiempo leí que en dos países estupendos y con grandes posibilidades materiales, como son Estados Unidos e Inglaterra, los propietarios de mascotas habían invertido altas sumas de dinero en la compra de regalos de navidad para sus animales: joyas de oro y de perlas verdaderas, gastos en hoteles para animales –de habitaciones con aire acondicionado y purificadores–, campos de ejercicios con entrenadores de animales, etc. Todo esto ocurría la misma navidad cuando la UNICEF publicaba su informe titulado «El Estado Mundial de la Infancia: Excluidos e Invisibles». Allí, la Directora Ejecutiva de UNICEF, Ann Veneman, comentaba, en una rueda de prensa en la misma ciudad de Londres, que «no puede haber un progreso duradero si seguimos descuidando a los niños que están más en necesidad –el más pobre y el más vulnerable, el explotado y el abusado». El informe abunda en datos precisos sobre la situación de los niños pobres, desprovistos de los bienes materiales más básicos y sin oportunidades de educación.

    No es sólo un sentimiento
    Si bien las injusticias sociales y la marginalidad tienden a hacernos reaccionar y decir ¡cómo es posible que estas cosas estén sucediendo en el Mundo!, no siempre reflexionamos acerca de la relación que pueden tener con el egoísmo personal, con la falta de corazón. Se puede pensar que una cosa es el amor a las mascotas, a un capricho, a un lujo, etc., y otra cosa son los problemas del Mundo, cuando en realidad ambas situaciones tienen su punto de encuentro en el corazón de las personas. Un corazón empequeñecido difícilmente notará los problemas que ocurren a su alrededor porque es insensible. Así se paraliza, paulatinamente, el curso de las acciones que podrían llevar a aportar una pequeña solución –o no tan pequeña– a los problemas del Mundo. Pensemos por ejemplo qué hubiese sucedido si en esas navidades esos 150 millones de dólares que, según el artículo, fueron gastados en regalos de navidad para animales, se hubiesen invertido en comida y regalos para los 1.000 millones de niños pobres que hay en el Mundo. No toda la responsabilidad de los problemas sociales debemos atribuirla a los gobiernos y a la ineficacia pública de las finanzas.

    Pero no es sólo esta dimensión material de la justicia social la que se transformaría si las personas nos ejercitásemos más en este esfuerzo por agrandar el corazón. Sobre todo mejorarían las relaciones humanas, se fortalecería la familia, los matrimonios, el noviazgo. También descubriríamos la verdadera dimensión de la caridad cristiana, que es esencialmente un acto de amor interior. Podríamos comenzar por ejercitarnos en el esfuerzo diario por recordar a aquellos que sufren, porque están solos, porque necesitan amor: los niños, los enfermos, los pobres, los ancianos. Seguramente notaremos cómo el corazón se va sensibilizando progresivamente. Adquirir esa profundidad de las personas que saben acoger y comprender a los demás es una urgencia de este nuevo milenio que no queremos que sufra las guerras y el odio del siglo pasado. Es bueno saber que este acto de recordar no necesariamente conlleva un sentimiento, que basta con un puro y simple acto de la memoria, un “hacer presente en el corazón” aquellas realidades, una y otra vez, para ir adquiriendo una mayor sensibilidad interior frente a los problemas y las personas.

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