Jubileo de la misericordia

 

4 comentarios en “Jubileo de la misericordia

  1. HABLA EL PAPA:
    Queridos hermanos y hermanas:

    En el umbral del Año de la Misericordia, quiero reflexionar hoy sobre el sentido de la Puerta Santa. Una puerta que se abre en la Iglesia para salir al encuentro de aquellos que por tantas razones se encuentran lejos. También las familias están invitadas a abrir sus puertas para salir al encuentro de Jesús que nos espera paciente, y que quiere traernos su bendición y su amistad. Una Iglesia que no fuera hospitalaria o una familia cerrada en sí misma sería una realidad terrible, que mortifica el Evangelio y hace más árido el mundo.

    La puerta abierta nos habla de confianza, de hospitalidad, de acogida. La puerta es para proteger pero no para rechazar, y además no puede ser forzada, porque la hospitalidad brilla por la libertad de la acogida. Jesús siempre llama, siempre pide permiso. Al mismo tiempo, la puerta debe abrirse frecuentemente, aunque sólo sea para ver si hay alguien que espera y que no tiene el valor ni la fuerza del llamar.

    En el evangelio de san Juan, Jesús se compara con la puerta del redil, en el que encontramos seguridad. Jesús es una puerta por la que podemos entrar y salir sin temor. La Iglesia debe colaborar con Cristo como el guardián del que habla el evangelio, escuchando la voz del Pastor y dejando entrar a todas las ovejas que Él trae consigo.

    Saludo cordialmente a los peregrinos de lengua española, en particular a los grupos provenientes de España y Latinoamérica. Pidamos a la Sagrada Familia, que supo lo que significa encontrar una puerta cerrada, que ayude a los hogares cristianos a ser un signo elocuente de la Puerta de la Misericordia, que se abre al Señor que llama y al hermano que viene. Que Dios los bendiga.

    Con esta reflexión hemos llegado al umbral del Jubileo que se acerca. Ante nosotros está la puerta, pero no solo la puerta santa, la otra: la gran puerta de la Misericordia de Dios −¡una hermosa puerta−, que acoge nuestro arrepentimiento, ofreciendo la gracia de su perdón. La puerta está generosamente abierta; hace falta un poco de valor por nuestra parte para atravesarla. Cada uno lleva dentro cosas que pesan −¡todos somos pecadores!−; aprovechemos este momento que viene y pasemos el umbral de la misericordia de Dios que nunca se cansa de perdonar, nunca se cansa de esperarnos. Nos mira, y siempre está a nuestro lado. ¡Ánimo! ¡Entremos por esa puerta!

    Del Sínodo de Obispos que celebramos el pasado mes de octubre, todas las familias, y la Iglesia entera, han recibido un gran impulso para encontrarse en el umbral de esta puerta abierta. La Iglesia ha sido animada a abrir sus puertas, para salir con el Señor al encuentro de los hijos e hijas en camino −a veces inciertos, a veces perdidos−, en estos tiempos difíciles. Las familias cristianas, en particular, han sido animadas a abrir la puerta al Señor que espera entrar, trayendo su bendición y su amistad. Y si la puerta de la misericordia de Dios está siempre abierta, también las puertas de nuestras iglesias, de nuestras comunidades, de nuestras parroquias, de nuestras instituciones, de nuestras diócesis, deben estar abiertas, para que así todos podamos salir a llevar la misericordia de Dios. El Jubileo significa la gran puerta de la misericordia de Dios, pero también las pequeñas puertas de nuestras iglesias abiertas para dejar entrar al Señor o, muchas veces, salir al Señor, prisionero de nuestras estructuras, de nuestro egoísmo y de tantas cosas.

    El Señor no fuerza nunca la puerta: hasta Él pide permiso para entrar. El Libro del Apocalipsis dice: «Estoy a la puerta y llamo. Si alguno escucha mi voz y me abre la puerta, vendré a él, cenaré con él y él conmigo» (3,20). ¡Imaginémonos al Señor que llama a la puerta de nuestro corazón! Y en la última gran visión de ese Libro del Apocalipsis, se profetiza así de la Ciudad de Dios: «Sus puertas no se cerrarán nunca durante el día», lo que significa para siempre, porque «ya no habrá noche» (21,25). Hay lugares en el mundo donde no se cierran las puertas con llave, todavía los hay. Pero hay muchos donde las puertas blindadas son lo habitual. No debemos rendirnos a la idea de tener que aplicar este sistema a toda nuestra vida: a la vida de la familia, de la ciudad, de la sociedad; y mucho menos a la vida de la Iglesia. ¡Sería terrible! Una Iglesia inhóspita, como una familia encerrada en sí misma, mortifica el Evangelio y marchita el mundo. ¡Nada de puertas blindadas en la Iglesia, no! ¡Todo abierto!

    La gestión simbólica de las “puertas” −de los umbrales, de los pasadizos, de las fronteras− se ha hecho crucial. La puerta debe proteger, ciertamente, pero no rechazar. La puerta no debe ser forzada; al contrario, se pide permiso, porque la hospitalidad brilla en la libertad de la acogida, y se oscurece en la prepotencia de la invasión. La puerta se abre frecuentemente, para ver si fuera hay alguien que espera, y quizá no tenga valor o ni siquiera fuerza para llamar. Cuánta gente ha perdido la confianza, no tiene el valor de llamar a la puerta de nuestro corazón cristiano, a las puertas de nuestras iglesias… Y están ahí, sin valor; les hemos quitado la confianza: por favor, que esto no pase nunca. La puerta dice muchas cosas de la casa, y también de la Iglesia. La gestión de la puerta requiere un atento discernimiento y, al mismo tiempo, debe inspirar gran confianza. Quisiera dedicar unas palabras de agradecimiento a todos los porteros: de nuestras casas, de las instituciones civiles, de las mismas iglesias. A menudo la previsión y la gentileza de la portería son capaces de ofrecer una imagen de humanidad y acogida de toda la casa, ya desde la entrada. Hay que aprender de estos hombres y mujeres, que son porteros de lugares de encuentro y de acogida de la ciudad del hombre. A todos vosotros, porteros de tantas puertas, puertas de casas o puertas de iglesias, ¡muchas gracias! Pero siempre con una sonrisa, siempre mostrando la acogida de esa casa, de esa iglesia, y así la gente se siente feliz y acogida en aquel lugar.

    En realidad, sabemos que nosotros mismos somos los porteros y los siervos de la Puerta de Dios. Y la puerta de Dios, ¿cómo se llama? ¡Jesús! Él nos ilumina sobre todas las puertas de la vida, incluidas las de nuestro nacimiento y nuestra muerte. Él mismo lo afirmó: «Yo soy la puerta: si uno entra a través de mí, se salvará; entrará y saldrá y encontrará pastos» (Jn 10,9). Jesús es la puerta que nos hace entrar y salir. Porque el rebaño de Dios es un refugio, ¡no es una prisión! La casa de Dios es un refugio, no es una prisión, y la puerta se llama Jesús. Y si la puerta está cerrada, decimos: “Señor, abre la puerta”. Jesús es la puerta y nos hace entrar y salir. Son los ladrones los que intentan evitar la puerta: es curioso, los ladrones siempre procuran entrar por otra parte −por la ventana, por el techo−, pero evitan la puerta, porque tienen malas intenciones, y se introducen furtivamente en el rebaño para engañar a las ovejas y aprovecharse de ellas. Nosotros debemos pasar por la puerta y escuchar la voz de Jesús: si sentimos su tono de voz, estamos seguros, estamos a salvo. Podemos entrar sin miedo y salir sin peligro. En este bellísimo discurso de Jesús, se habla también del portero, que tiene la tarea de abrir al buen Pastor (cfr. Jn 10,2). Si el portero escucha la voz del Pastor, entonces abre, y deja entrar a todas las ovejas que trae el Pastor, todas, incluidas las perdidas en los bosques, que el buen Pastor fue a buscar. Las ovejas no las escoge el portero, no las elige el secretario parroquial o la secretaria de la parroquia; las ovejas son todas invitadas, son elegidas por el buen Pastor. El portero −él también− obedece a la voz del Pastor. Así pues, podemos decir que hemos de ser como aquel portero. La Iglesia es la portera de la casa del Señor, no es la dueña de la casa del Señor.

    La Sagrada Familia de Nazaret sabe bien qué significa una puerta abierta o cerrada, para quien espera un hijo, para quien no tiene refugio, para quien debe escapar del peligro. Que las familias cristianas hagan del umbral de su casa una pequeña gran señal de la Puerta de la misericordia y de la acogida de Dios. Es precisamente así como la Iglesia deberá ser reconocida en cada rincón de la tierra: como la portera de un Dios que llama, como la acogida de un Dios que no te cierra la puerta en la cara, con la excusa de que no eres de casa. Con este espíritu nos acercamos al Jubileo: estará la puerta santa, pero está la puerta de la gran misericordia de Dios. Que esté también la puerta de nuestro corazón para recibir el perdón de Dios y dar a nuestra vez nuestro perdón, acogiendo a todos los que llamen a nuestra puerta.

    Fuente: romereports.com / vatican.va.

  2. Después de la histórica anticipación del Jubileo de la Misericordia con la oración y la misa en la Catedral de Bangui, capital de la República de Centroafricana, el Papa Francisco este domingo 29 de noviembre encontró a los jóvenes en su última etapa del viaje apostólico que lo llevó a África (25-30 de noviembre).

    El Papa escuchó algunos testimonios de los jóvenes preocupados por su futuro en un país en el caos debido a una guerra entre musulmanes y cristianos y que ha dejado miles de muertos y más de un millón de prófugos.

    En este contexto, el Papa invitó a los jóvenes a la resistencia y luchar por las cosas buenas de la vida.

    “Algunos de ustedes quieren irse…huir a los desafíos de la vida jamás es una solución. Es necesario resistir, tener el coraje de la resistencia de la lucha por el bien, quien huye no tiene la valentía de dar vida”, dijo.

    ¿Cómo se hace para resistir? El pontífice presentó tres claves para resistir. “Primero la oración, la oración es poderosa, la oración vence el mal. Te acerca a Dios que es todo y es potente”.

    Como es costumbre para el Papa Francisco cuestionó a los jóvenes: ¿Ustedes rezan?

    Asimismo, les exhortó a buscar la paz. “La paz es un trabajo artesanal, se hace con las manos, se hace con la propia vida… padre – alguno de ustedes me puede preguntar-: ‘¿cómo puedo ser un artesano de la paz?’. Primero no odiar nunca. Si alguien te hace mal, trata de perdonar. Nada de odio. Perdonar mucho.

    Y luego les invitó a la multitud de jóvenes a “no odiar, amar mucho”, quienes respondieron en coro a lo aprendido.

    “Y si tú no tienes odio en tu corazón, si tu perdonas ¡serás un vencedor! Porque serás vencedor de la batalla más difícil de la vida, vencedor del amor. Y por el amor viene la paz”, añadió.

    ¿Quieren ustedes ser fracasados o vencedores en la vida? ¿Qué quieren?

    “Y solo se vence en el camino del amor. El camino del amor”, constató.

    “¿Se puede amar el enemigo? Sí. ¿Se puede perdonar al que te ha hecho mal? Sí. Así, con el amor y con el perdón ustedes serán vencedores. Con el amor, ustedes serán vencedores en la vida y darán vida siempre. El amor jamás los hará fracasar”.
    El papa Francisco en su respuesta espontánea a los jóvenes comparó la resistencia de la paz a la de una planta local les bananiers , las plantas de bananos que crecen en abundancia en la zona.

    “Piensen en les bananiers a la resistencia delante a la dificultad. Huir, irse lejos, no es una solución. Ustedes tienen que ser valientes. ¿Entendido lo que significa ser valientes?

    “Valientes en el perdón, valientes en el amor, valientes en hacer la paz. ¿De acuerdo?”, expresó para luego pedir de repetir en coro los tres elementos de la valentía.

    El Pontífice explicó el significado de su gesto inédito en la historia de abrir el Jubileo de la Misericordia en África, y específicamente en su país.

    “Queridos jóvenes centroafricanos estoy muy contento de encontrarlos. Hoy hemos abierto esta puerta. Esto significa la puerta de la misericordia de Dios. Confíen en Dios. Porque Dios es misericordioso. Él es amor. Él es capaz de darnos la paz. Y por esto les dije al inicio de orar…es necesario orar para resistir, para amar y ser artesanos de paz”.

    El Papa se despidió de los jóvenes antes de ir a confesar dentro de la catedral de Bangui algunos de ellos.

    “¿Están dispuestos a luchar por la paz? ¿tienen el corazón dispuesto a perdonar? ¿tienen el corazón dispuesto a la reconciliación?, ¿tienen el corazón dispuesto a amar esta bella patria?, ¿tienen el corazón dispuesto para rezar?”.

    Por último les pidió de rezar por él para que sea un buen obispo y un buen papa. “¿Me prometen que rezan por mí?”, concluyó.

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