La pureza de corazón

Seguimos con el libro “Amor y desamor. La pureza liberadora” de Guillaume Derville. Hoy el autor reflexiona sobre el sentido profundo e interior de la castidad.

Fotos de Paisajes en Otoño 36Es en la interioridad del hombre, en lo más íntimo de la persona, donde se encuentra la verdadera pureza. Solo tiene sentido cuando abarca a toda la persona, no a una parte de ella. En el corazón se define la autenticidad de la castidad. Es algo esencial para captar el sentido de la pureza, pues esa no es ritual, formal o externa, y tampoco es etérea, abstracta o angélica. Ya no se trata de algo antiguo, formal o legal: es una pureza nueva, humana y divina, la del corazón. También el mandamiento confiado por Jesús en la intimidad del cenáculo, tras la salida de Judas, es el de amar como Él nos ha amado (cf Jn 13, 34): amar a Dios con todo nuestro corazón y al prójimo como a nosotros mismos (cf. Mt 22, 37-39). La novedad de este mandamiento reside en la persona divina de Cristo, nuestro único modelo, que en el Monte de las Bienaventuranzas proclama la felicidad de los corazones puros.
¿Qué es el corazón? Siguiendo el sentido bíblico, el término «corazón» reemplaza en el pensamiento cristiano al término clásico, estoico, de «pectus» («pecho»), que era el signo de la inteligencia. El corazón es el centro escondido de la persona, el lugar de sus decisiones, y también del encuentro con Dios y con los demás [1]. …
En una hermosa meditación sobre el sagrado Corazón de Jesús, san Josemaría considera que la Escritura ve el corazón humano como «toda la persona que quiere, que ama y trata a los demás», «el resumen, y la fuente, la expresión y el fondo último de los pensamientos, de las palabras y de las acciones»: la alegría, el arrepentimiento, la alabanza a Dios, la disposición para oír al Señor, la vela amorosa, y también la duda y el temor:

«El corazón no solo siente; también sabe y entiende. La ley de Dios es recibida en el corazón, y en él permanece escrita. Añade también la Escritura: de la abundancia del corazón habla la boca (Mt 12, 34). El Señor echó en cara a unos escribas: ¿por qué pensáis mal en vuestros corazones? (Mt 9, 4). Y para resumir todos los pecados que el hombre puede cometer, dijo: del corazón salen los malos pensamientos, los homicidios, adulterios, fornicaciones, hurtos, falsos testimonios, blasfemias (Mt 15, 19).
»Cuando en la Sagrada Escritura se habla del corazón, no se habla de un sentimiento pasajero, que trae la emoción o las lágrimas. Se habla del corazón para referirse a la persona que, como manifestó el mismo Jesucristo, se dirige toda ella –alma y cuerpo– a lo que considera su bien: porque donde está tu tesoro, allí estará también tu corazón (Mt 6, 2)» [2].

San Josemaría describe aquí el corazón como lo más profundo de la persona, el lugar en el que se apoya su relación con Dios y con el prójimo. Es la persona entera orientada hacia su bien. «Deja que tu corazón se expansione, que se ponga junto al Señor» [3], nos dice. Pues bien, el Señor mismo «deja que su corazón se enternezca ante el dolor de la viuda de Naín» [4], y resucita a su hijo.

Notas del Capítulo 1
[1] Cf. CCE, 2563.
[2] S. Josemaría, Es Cristo que pasa, 164.
[3] S. Josemaría, Via crucis, Novena estación, 3.
[4] S. Josemaría, Es Cristo que pasa, 108; cf. Lc 7, 11-17.

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5 comentarios en “La pureza de corazón

  1. En la raíz de nuestra vida hay un don que es también una llamada. En cuanto el hombre ha sido creado a imagen de Dios que es Amor (1Jn 4,8), en la humanidad del hombre y de la mujer están inscritas “la capacidad y la responsabilidad del amor y de la comunión. El amor es, por tanto, la vocación fundamental e innata de todo ser humano” (Familiaris consortio, n.11). Por esto, como ha recordado Juan Pablo II en su primera encíclica, “el hombre no puede vivir sin amor. Él permanece para sí mismo un ser incomprensible, su vida está privada de sentido, si no se le revela el amor, si no se encuentra con el amor, si no lo experimenta y no lo hace propio, si no participa en él vivamente” (Redemptor hominis, n.10).

    La reflexión sobre el lugar que ocupa la moral en la catequesis nos lleva a tratar sobre esta originaria llamada al amor y sobre la virtud que la hace posible: la castidad. Esta con-vocación al amor, que es propia de los esposos cristianos, como su vocación específica, en el marco de la universal vocación a la santidad, se realiza de hecho mediante un camino de crecimiento personal y común, sostenido por la gracia sacramental de Cristo. Por lo demás, toda vocación a la santidad tiene, por naturaleza, una dimensión esponsal, verificada y realizada en la caridad de Cristo hacia la Iglesia, su Esposa. De hecho, aquella universal llamada a la santidad, de la que habla el Concilio Vaticano II en el capítulo quinto de la Lumen gentium, es una vocación eclesial a la comunión de las personas, en el don de sí y en la acogida del otro.

    El matrimonio es una específica forma vocacional, en la que la llamada a la santidad pasa a través del signo de la conyugalidad entre el varón y la mujer. La participación en la caridad de Cristo, hecha posible por un don específico del Espíritu, debe expresarse en la unidad corpóreo espiritual de los cónyuges, abierta a la transmisión de la vida. Así, se establece una identificación vocacional de las personas de los esposos, juntamente “con-vocados” (llamados conjuntamente) y se configura su específica misión eclesial.

    La capacidad esponsal de un don de sí total y fecundo, fiel y creativo, de los esposos, encuentra su fuente en la Cruz de Cristo, en su cuerpo de Esposo: “tomad y comed, esto es mi cuerpo. Haced esto en memoria mía”. Así el matrimonio se hace sacramento en un sentido nuevo e incomparablemente más pleno que el creatural. No es ya sólo el sacramento natural del amor de Dios creador: ahora es también el signo eficaz del amor de Cristo por su Esposa, la Iglesia. Este misterio es grande (Ef 5). Incluso la caída, el pecado, la infidelidad son reabsorbidos en la misericordia y el perdón. Incorporado en el amor redentor de Cristo, mediante la Iglesia, el amor humano puede llegar a su término y la capacidad del don de sí y la acogida del otro puede ser transfigurada y llevada a su plenitud.

    Entonces, el amor originario es aquel de Cristo por la Iglesia: sobre este amor la esponsalidad humana está llamada a enraizarse y modelarse. El matrimonio está, por lo tanto, en el corazón del misterio de la Iglesia y la Iglesia está en el corazón del matrimonio. Ser “familia”, ser varón y mujer casados, no es algo sobreañadido extrínsecamente al ser cristiano: es una modalidad vocacional, mediante la cual se expresa en el mundo el misterio de la Iglesia, amada por Cristo. Y en este radicarse en Cristo, el amor humano encuentra su significado y la fuerza para llegar a su término.

    La redención no es, sin embargo, automática: es libre, es un camino en la historia que pasa a través de la Cruz: la Cruz de Cristo que hace posible nuestra cruz y la transforma en vía de redención. El cristiano se descubre pecador, constata su pecado cada día, también en el campo de la sexualidad. Y sin embargo, no debe mirar la sexualidad con hastío, como una fuente de peligro y de pecado, sino como camino, que en la comunión con Cristo readquiere su dignidad y la posibilidad de ser una gracia. La predicación de Jesús al respecto es muy exigente: llama a la fidelidad absoluta (sin posibilidad de divorcio); a la pureza no sólo en las acciones, sino hasta en las más profundas intenciones del corazón, a la pureza incluso de la mirada. Pero esta llamada no es para condenar al hombre pecador o para desalentarlo con un ideal imposible a las fuerzas humanas. Al contrario, es para llamarlo a la grandeza de su vocación y para ofrecerle, con la gracia, la posibilidad de ponerse en camino.

    El tema de la castidad conyugal se introduce precisamente en este punto, cuando nos preguntamos: ¿cómo es posible corresponder a este proyecto de Dios que convoca a los esposos a manifestar en su amor humano, el amor creativo y redentor de Dios? ¿Cómo la fuerza salvífica del amor divino, del amor eucarístico de Cristo, se introduce en el amor humano entre los esposos y lo hace capaz de expresar el don sincero de sí y la acogida del otro, en la apertura a la vida? La respuesta es posible mediante la adquisición de una virtud: la castidad conyugal, entendida como la virtud del amor verdadero.

    La castidad no goza hoy de buena fama, como, por lo demás, sucede con el resto de las virtudes. Cuando se pronuncia el nombre de virtud surge una idea de mediocridad: una actitud de vida carente de empuje, temerosa de enfrentarse a lo humano y sus riesgos, a fin de cuentas, más bien egoísta, cerrada en sí misma y dirigida sólo a un autoperfeccionamiento. Además, desde el punto de vista teológico, pesa sobre la virtud la reserva del pensamiento protestante, según el cual implicaría una suficiencia naturalista del sujeto en el momento de realizar el bien, un cierto pelagianismo que oscurecería la gratuidad del don.

    En particular, estamos habituados a pensar que la castidad se opone a una vida emotiva rica y sensible: el hombre perfectamente casto sería aquel que ha reprimido todas las emociones de naturaleza sexual, tendiendo a eliminar su deseo. Pero éste es el ideal estoico de virtud, como eliminación de las pasiones y de los deseos: el ideal de la perfecta indiferencia. No es, sin embargo, el ideal cristiano. De hecho, para el cristiano, la castidad no es represión de las pasiones, sino sobre todo la virtud que hace posible el amor auténtico, integrando las dimensiones del instinto y de la afectividad en la dinámica de la maduración personal hacia el don de sí y la acogida del otro. Una virtud que abre a la relación con los demás, en el reconocimiento de su dignidad de personas. Una virtud que es fruto en nosotros del Espíritu Santo, en cuanto realiza la caridad en la dimensión sexual de nuestras relaciones.

  2. Acabo de leer una historia que me ha parecido preciosa y quiero compartirla con todos vosotros:
    Hola, María, soy Gaspar.
    Como a mi mamá y a mi papá les gusta mucho leer historias bonitas en su página, se dijeron que quizás yo podría contar la mía. Entonces, como soy disciplinado (papá es militar, por lo que en casa, atención, ¡los niños tienen que obedecer!), me lanzo, desde lo alto de mis 2 años… bueno, mis 26 meses, más exactamente. Sí, es un poco raro, pero entre nosotros se cuentan los meses. Vas a entender por qué.

    Al nacer, todo iba sobre ruedas. Mi hermano mayor y mis dos hermanas mayores vinieron a verme a la clínica, me llenaron de abrazos. Me tomaron muchas fotos, como si fuera una estrella de cine.
    Y al cabo de una semana, como en el mundo de los Osos Amorosos, todos volvimos a casa. Me llevó un tiempo acostumbrarme a las noches, pero solo era para molestarles.

    Sin embargo, a fuerza de observarme sobre mi alfombra de juegos, mamá acabó dándose cuenta de que algo estaba mal. Yo no llegaba a sentarme, no decía gran cosa, mientras que los tres mayores, a la misma edad, estaban mucho más espabilados.

    En cambio, a mí me encantaba reír y entonces mi papá, que es un buen público, estallaba en carcajadas. Pero bueno, a los 11 meses fuimos a ver a un neuro-algo (una palabra complicada que da miedo) para que nos tranquilizara.
    Resultó que mamá, como suele pasar, estaba en lo cierto, y que papá, que siempre le dice a mamá “no te inquietes, sólo necesita su tiempo este pequeño”, se quedó parado.

    Se nos explicó que yo tenía una enfermedad genética, una enfermedad muy, muy rara. Se llama la enfermedad de Sandhoff. Lo más molesto de esta enfermedad es que no hay medicinas para tratarla y que de repente no voy a permanecer mucho en esta tierra.
    Es una enfermedad neurodegenerativa. A grandes rasgos, para explicártelo, pasas en dos o tres años de la edad de “bebé de anuncio” al estado de “pequeño bebé legumbre”.

    El día en que papá y mamá conocieron la noticia, papá estaba un poco sensible. Mamá… ella se lo esperaba porque su corazón de mamá siente muy bien las cosas.

    De repente ella tenía que desplegar sus mejores energías para que papá remontara. Y como tiene poderes mágicos lo logró.
    Es verdad que a veces incluso intentan esconderse y aunque no lo veo bien del todo, siento que es difícil para ellos. Sobre todo cuando yo estaba en el hospital (por suerte Buena-mamá y Timam, mis dos abuelos, les ayudan mucho).

    Para animarlos, yo recibí al nacer los ojos más bonitos del mundo, grandes ojos azules con pestañas más bonitas que las de Scarlett Johansson (a papá le encanta Scarlett).
    Entonces, como ahora ya no llego a reír ni a hablar ni a comer por la boca ni a ver, abro y cierro mis ojos miles de veces. Mamá dice siempre que ve la belleza de mi alma a través de mis ojos. Qué poeta es mamá, ¿no te parece?

    Hoy, por tanto, tengo 26 meses. ¿Has entendido ahora por qué entre nosotros se cuentan los meses?

    Papa, mamá y los tres mayores también han tenido suerte: los cinco recibieron todos los poderes mágicos para ofrecerme una vida de ensueño. Como tú, María, me doy cuenta de que cuanto más difícil es, más poderes mágicos se reciben.
    Entonces, yo aprovecho miles de besotes al día (nosotros decimos besotes), entre mis sesiones de muscu con el fisio.
    Y sobre todo siento que todo el mundo me quiere y que mi llegada ha sido un regalo, para que nuestra familia creciera en amor y en simplicidad.

    Papá dice incluso que “¡tenemos la suerte de vivir la radicalidad!”. ¡Está completamente loco! Ellos sólo entienden que, como mi homónimo el rey mago, sigo mi estrella inexorablemente.

    E incluso aunque mi viaje sea más corto que el suyo, lo que yo vivo con mi familia es de golpe tan denso, tan intenso, que eso equilibra, de alguna manera. ¡Digamos que eso compensa!
    El único problema es que siento que voy a subir al cielo antes que ellos y eso me molesta un poco porque normalmente habrían sido ellos los que me precederían un día en las nubes y me esperarían tranquilos.
    Por tanto, para compensar esta pequeña anomalía, yo hago muchos esfuerzos cada día para que estén orgullosos de mí. Batallo todos los días para toser, tragar bien, respirar bien, no coger frío o microbios, dormir bien.
    Y creo que funciona. Ellos me miran siempre con una gran sonrisa, incluso aunque siento también que algunas lágrimas caen a veces de sus ojos. ¡De sus ojitos, te digo!

    Pero de todas maneras, estoy absolutamente seguro de que saben que un día, allí, nos reuniremos los seis. Sin enfermedad ni discapacidad. Para siempre.
    No vamos a esperar a esta fecha hipotética para encontrarnos, en realidad, María. Se pesca pronto, como lo convenido (del todo bien con todo honor por supuesto). Se deja a nuestros padres organizar el tema entre mayores.

    ¡Ah, sí, a papá y a mamá les encantaría encontrarse con otras familias que tienen hijos como yo!
    Entonces, si te cruzas alguna en tu página, me envías un e-mail, ¿eh? Te abrazo y te agradezco infinitamente haberme dado permiso para contar mi historia:

    Gaspar (bajo el dictado de mi papá Benito, y gracias a la inspiración de mi mamá Marie-Axelle)

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