El timelapse de la semana

No me acostumbro a ver la tierra desde arriba. Aquí os dejo con vídeo más de la estación espacial internacional: Breathtaking time-lapse of Earth released by ISS

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4 comentarios en “El timelapse de la semana

  1. Igual que yo me he sentado para ver el video, que es precioso, así recordaba a Jesús cuando se sienta delante del arca de las ofrendas y observa.

    Jesús se queda a observar la vida. Nunca me había parado a pensar en ese gesto. Jesús mira. Me impresiona esta escena. Jesús sentado, observando. Sin hacer grandes cosas. Sólo eso. Dios en la tierra perdiendo el tiempo.
    No siempre hay que estar haciendo cosas productivas. Eso me lo enseña Jesús. Mira la vida. No está sentado con la gente. Está sentado observando un gesto ritual que muchos hombres realizan. Un momento de paz en medio del ajetreo del día. De saborear, de mirar en profundidad.
    A veces, como hoy, sencillamente, está sentado, mirando. Me sorprende que lo recoja el evangelista. Lo que hace también es importante. Y me gusta leerlo una y otra vez. Jesús está en Jerusalén. Ha estado enseñando en la explanada del templo.

    Seguro que la actividad de la ciudad es increíble. También la suya. Cura. Enseña. Está con la gente. Se sienta a mirar a los hombres. Él mira por dentro. En esta escena hay dos miradas. Mira a los ricos y mira a la viuda.

    Muchos hombres ricos se acercan al templo y echan su dinero. Jesús no los alaba. Me impresiona. Pienso en las colectas en las misas. Nos alegramos con la generosidad del que da mucho. Pero Jesús parece no alegrarse con la generosidad de los ricos, de los que más tienen. Ve que echan mucho dinero pero eso no le impresiona. En eso no se fija.

    El otro día hablaban de un hombre en la televisión que por momentos había sido el más rico del mundo. No sé cómo se sentiría en su corazón. Tal vez vería realizados muchos de los sueños y anhelos de toda su vida. Tanto esfuerzo recompensado. Toda su vida consagrada a ese fin y lo había logrado.
    Por unos momentos el más rico. ¿Uno se siente mejor, es más feliz, si por unos momentos es el más rico? No lo creo. Jesús hoy mira con compasión a los ricos. Porque lo tienen todo y no tienen nada de verdad.

    Ser ricos no nos hace más felices. A veces nos obsesionamos con tener, con lograr, con ser los más ricos, los más poderosos. Olvidamos lo importante de la vida. Estamos llamados a amar y ser amados. Lo demás es secundario.
    Podrá no faltarnos de nada, pero a lo mejor nos falta amor. Podremos poseer los bienes más preciados, pero eso tampoco nos hace mejores y no logra darnos la paz que buscamos.

    Queremos ser ricos, cobrar mucho, poseerlo todo. Nos gustaría tener todas las posibilidades del mundo. Cruzar el Atlántico, llegar a lugares donde nadie ha llegado. Presumimos de lo que hacemos. Nos gusta aparentar más de lo que hay.
    ¡Qué curiosa es el alma humana que vive comparándose! Nos comparamos con los que más tienen. Menospreciamos a los que tienen menos. Ninguno de esos ricos se fijó en la viuda. Ninguno valoró su gesto. Ellos sintieron que hacían una gran obra dando su dinero a Dios en el Templo. Fueron generosos. Sólo con lo que les sobraba.

    Jesús mira con más compasión a la viuda que echa dos reales. “Os aseguro que esa pobre viuda ha echado en el arca de las ofrendas más que nadie. Porque los demás han echado de lo que les sobra, pero esta, que pasa necesidad, ha echado todo lo que tenía para vivir”.
    La viuda que no tiene nada. Es la última, la más pequeña. Escondida, pasa desapercibida. Humilde. Jesús la mira. Ve su corazón. Ve su pureza de intención. Ve su pobreza que es su tesoro. Porque no se queja, sino que además da todo lo que tiene. Ve que todo lo que ha puesto es más de lo que puede.

    Me impresionan esas personas que no calculan, no llevan cuentas, no escatiman, no se quejan. Me sorprende su generosidad y su confianza plena en el Dios que camina en su vida. No temen, no se angustian.
    Para Jesús, la viuda es hoy el templo verdadero. Porque Dios está en ella. No mide. No cuenta. Da y confía. Así actúa siempre Dios. Da de lo que no tiene y nos llena con su vida. La actitud de la viuda, la actitud de esas personas generosas que conozco en esta vida, me recuerdan el amor de Dios. Jesús me ayuda hoy a fijarme en lo que nadie ha visto. Jesús se conmueve ante esa mujer.

    Llama a los discípulos para que miren lo que Él ha visto. Le parece importante hablarles de ella. Ellos todavía valoran los puestos, el poder, los amplios ropajes, el lugar principal. Ellos tal vez se fijaron en la generosidad de los ricos. Pero Jesús quiere contarles que para Él eso no cuenta. Ni siquiera cuenta quién da más o menos en el templo. Dios sólo mira el corazón. La intención recta. La pureza y la autenticidad. Sólo mira el porqué hacemos las cosas. El cómo.

    Jesús quiere que sus discípulos miren lo mismo que Él mira. Que aprendan a mirar más allá de lo que parece. De lo oculto. De lo que no cuenta. Jesús también quiere que miremos como Él y seamos como esa viuda. Quiere que tengamos ese corazón generoso, sin límites. También nos llama a cada uno y nos dice: “mira”. Nos pide que miremos a los demás por dentro.

    El otro día leía: “La compasión es el modo de ser de Dios, su primera reacción ante el ser humano, lo primero que brota de sus entrañas de Padre. Jesús tiene una mirada compasiva. Se fija en los ricos y se conmueve con la viuda. Porque ella sí lo da todo. Dio sin ser vista. No se detuvo en un gesto histriónico haciendo ver al mundo su generosidad. Nadie se percató de su acto. Nadie, salvo Jesús, sintió que su donativo era cuantioso.

    A veces decimos que queremos ser austeros, pobres como Jesús. Y luego, al caer la tarde, nos damos cuenta de cómo se encuentra apegado nuestro corazón a la riqueza. No somos pobres, no somos generosos. Quisiera vaciarme de lo que no es importante, y buscar sólo su amor.

    Es lo que hizo Jesús en su vida. Se fue desgastando día a día, poco a poco. No de golpe, no en la cruz. Su vida fue dejarse la piel y el alma amando, entregando. Muriendo por amor. Dio más de lo que tenía, lo dio todo. Me gustaría amar como Él, dar como Él, hasta el extremo y desgastarme amando, dando hasta que duela.

    Una persona rezaba: “Quiero amar en mis palabras y seguirte en mis deseos. Sé que sólo seré feliz si me amoldo a tu sueño y me entrego en cuerpo y alma. Cuando no retenga nada, cuando me desgaste alegre. Sé que si me contengo, pierdo. Si calculo me confundo. Pero, ¡cuánto cuesta amar sin medir y dar sin guardar! Te quiero, Jesús, déjame tocarte siempre. Y al tocarte, acercarme al que te busca. Quiero entregar lo que yo tengo”.

  2. HABLA EL PAPA:
    La Plaza de San Pedro estaba a rebosar y bañaba Roma un sol espléndido al que el Papa hizo referencia al saludar a los fieles congregados este domingo.
    Y si muchos de ellos esperaban que se pronunciase por el nuevo escándalo de filtración de documentos, conocido ya como Vatileaks 2, se vieron satisfechos.

    Tras el comentario del Evangelio del día y el rezo del Angelus, Francisco volvió a tomar la palabra y habló con determinación: “Sé que muchos de vosotros estáis preocupados por las noticias que han circulado en los últimos dias sobre los documentos confidenciales de la Santa Sede que han sido robados y publicados”.
    Siguió con energía: “Por esto quisiera deciros ante todo que robar esos documentos es un delito, es un acto deplorable, que no ayuda”, dijo recalcando esas palabras.

    Y explicó por qué: “Yo mismo había pedido que se hiciese ese estudio, y esos documentos mis colaboradores y yo ya los conocíamos muy bien, y se han tomado medidas que han comenzado a dar frutos, algunos visibles”.
    En ese momento la gente ovacionó al Papa, quien aprovechó para invocar precisamente ese apoyo: “Por tanto quiero aseguraros que este triste hecho no me distrae, ciertamente, de la tarea de reforma que estamos llevando a cabo [aquí la ovación arreció] con mis colaboradores y con el apoyo de todos vosotros”. Nueva ovación.

    “Sí, con el apoyo de toda la Iglesia, porque la Iglesia se renueva con la oración y con la santidad cotidiana de cada bautizado. Por eso os doy las gracias y os pido que sigáis rezando por el Papa y por la Iglesia sin dejaros preocupar sino yendo adelante con confianza y con esperanza”, concluyó entre nuevos aplausos y con un “¡Viva el Papa!” que resonó en la plaza.

    La anécdota de los tres medios filetes
    “Me permito contaros una anécdota que sucedió en mi diócesis anterior”, dijo a continuación. Y contó la historia de una madre que se encontraba comiendo en la mesa con sus tres hijos cuando llamó a la puerta un mendigo pidiendo algo de comer. La mujer, “una buena cristiana”, preguntó a los niños qué hacer y estuvieron de acuerdo en darle algo. Entonces ella cogió los filetes que estaban comiendo cada uno, los partió por la mitad y se los dió al pobre, entre las protestas de los niños, que le decían que cogiese algo de la nevera.

    “Los niños aprendieron”, explicó, “que la verdadera caridad se da, no de lo que nos sobra, sino de lo que nos es necesario. Estoy seguro de que aquella tarde pasaron un poco de hambre… pero así se hace. Ante las necesidades del prójimo estamos llamados a privarnos de algo, de algo indispensable, no sólo de lo superfluo. Estamos llamados a dar de forma inmediata e incondicional nuestro talento, no después de haberlo utilizado para nuestros fines… Pidamos el don de un corazón pobre pero rico en una generosidad gozosa y gratuita”, terminó.

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