“Yo no moriré”, la vida después de la muerte

yo no morireMe envían los de Palabra este comentario al nuevo libro de Aurelio Alvarez, que se ha editado en un momento tan oportuno:

El hecho de la muerte se constata por la experiencia diaria; por el contrario, la pregunta por el “más allá” reclama una justificación. Pues bien, la razón humana muestra que la pervivencia tras la muerte no es un absurdo, sino que ofrece argumentos que la hacen razonable. Por su parte, la revelación cristiana confirma que, tras la muerte, el hombre inicia un modo nuevo de existencia.
Para quienes dudan o se empeñan en negar la vida después de la muerte, el autor les emplaza a responder a estos interrogantes: ¿Hay algún motivo plausible para no cuestionarse por el “más allá” tras el vivir terreno? ¿Acaso no es racional que la fugacidad de la vida humana se alargue en la permanencia estable de otra vida? ¿Las grandes promesas que nos hacemos a nosotros mismos son meras utopías y no van a tener ningún cumplimiento? ¿Cómo explicar nuestros inquietos anhelos de felicidad? ¿Esas preguntas tan atormentadas que nos hacemos los humanos van a ser meras quejas de una sociedad psicológicamente enferma? ¿Las graves injusticias que relata la crónica de la humanidad no van a ser reparadas y los actos de heroísmo que llevan al hombre a dar su vida por los demás no serán premiados? Si la vida eterna no fuese la coronación de la historia humana, a la vista de las catástrofes, desgracias e injusticias que relatan la crónica de la sociedad, ¿al final va a vencer el mal sobre el bien? ¿Las grandes palabras como justicia, bondad, maldad, misericordia, perdón, amor… son meros sonidos (flatus vocis) que se quedan en puros enunciados y responden a utopías irrealizables?  A estas y otras preguntas, el lector encuentra en este libro respuestas razonables.

Para leer el primer capítulo pinchar aquí

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5 comentarios en ““Yo no moriré”, la vida después de la muerte

  1. Es fácil imaginar lo que sucedería si la vida biológica del hombre no tuviera fin, si fuera inmortal: nos encontraríamos en un mundo envejecido, en un mundo lleno de viejos, en un mundo que no dejaría espacio a los jóvenes, un mundo en el que no se renovaría la vida. Así comprendemos que este no puede ser el tipo de inmortalidad al que aspiramos; esta no es la posibilidad de beber en la fuente de la vida, que todos deseamos.

    Precisamente en este punto, en el que, por una parte, comprendemos que no podemos esperar una prolongación infinita de la vida biológica y sin embargo, por otra, deseamos beber en la fuente de la vida para gozar de una vida sin fin, precisamente en este punto interviene el Señor y nos habla en el evangelio diciendo: “Yo soy la resurrección y la vida. El que cree en mí, aunque muera, vivirá; y todo el que vive y cree en mí, no morirá jamás” (Jn 11, 25-26). “Yo soy la resurrección”: beber en la fuente de la vida es entrar en comunión con el amor infinito que es la fuente de la vida. Al encontrar a Cristo, entramos en contacto, más aún, en comunión con la vida misma y ya hemos cruzado el umbral de la muerte, porque estamos en contacto, más allá de la vida biológica, con la vida verdadera.

    Los Padres de la Iglesia llamaron a la Eucaristía medicina de inmortalidad. Y lo es, porque en la Eucaristía entramos en contacto, más aún, en comunión con el cuerpo resucitado de Cristo, entramos en el espacio de la vida ya resucitada, de la vida eterna. Entramos en comunión con ese cuerpo que está animado por la vida inmortal y así estamos ya desde ahora y para siempre en el espacio de la vida misma. Así, este evangelio es también una profunda interpretación de lo que es la Eucaristía y nos invita a vivir realmente de la Eucaristía para poder ser transformados en la comunión del amor. Esta es la verdadera vida.

    En el evangelio de san Juan el Señor dice: “Yo he venido para que tengan vida y la tengan en abundancia” (Jn 10, 10). Vida en abundancia no es, como algunos piensan, consumir todo, tener todo, poder hacer todo lo que se quiera. En ese caso viviríamos para las cosas muertas, viviríamos para la muerte. Vida en abundancia es estar en comunión con la verdadera vida, con el amor infinito. Así entramos realmente en la abundancia de la vida y nos convertimos en portadores de la vida también para los demás.

    Los prisioneros de guerra que estuvieron en Rusia durante diez años o más, expuestos al frío y al hambre, después de volver dijeron: “Pude sobrevivir porque sabía que me esperaban. Sabía que había personas que me esperaban, sabía que yo era necesario y esperado”. Este amor que los esperaba fue la medicina eficaz de la vida contra todos los males.

    En realidad, hay alguien que nos espera a todos. El Señor nos espera; y no sólo nos espera: está presente y nos tiende la mano. Aceptemos la mano del Señor y pidámosle que nos conceda vivir realmente, vivir la abundancia de la vida, para poder así comunicar también a nuestros contemporáneos la verdadera vida, la vida en abundancia.

  2. PARA TENER PRESENTE DURANTE EL DIA:
    ¿Habéis pensado alguna vez: el Señor sueña conmigo, piensa en mí, yo estoy en la mente, en el corazón del Señor, el Señor es capaz de cambiarme la vida?, Papa Francisco, 16 de marzo de 2015.

    San Josemaría:
    No sé qué te ocurrirá a ti…, pero necesito confiarte mi emoción interior, después de leer las palabras del profeta Isaías: “ego vocavi te nomine tuo, meus es tu! . “Yo te he llamado, te he traído a mi Iglesia, ¡eres mío!: ¡que Dios me diga a mí que soy suyo! ¡Es como para volverse loco de Amor! Forja, 12

    Qué respeto, qué veneración, qué cariño hemos de sentir por una sola alma, ante la realidad de que Dios la ama como algo suyo! Forja, 34

    Si respondes a la llamada que te ha hecho el Señor, tu vida —¡tu pobre vida!— dejará en la historia de la humanidad un surco hondo y ancho, luminoso y fecundo, eterno y divino. Forja, 59

    —¡Dios es mi Padre! —Si lo meditas, no saldrás de esta consoladora consideración. —¡Jesús es mi Amigo entrañable! (otro Mediterráneo), que me quiere con toda la divina locura de su Corazón. —¡El Espíritu Santo es mi Consolador!, que me guía en el andar de todo mi camino. Piénsalo bien. —Tú eres de Dios…, y Dios es tuyo. Forja, 2

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