Las alas de la pureza

Estaré fuera unos días atendiendo una convivencia; a la vuelta nos vemos en el blog. Mientras tanto os dejo con este bonito tema del libro “Amor y desamor. La pureza liberadora” de Guillaume Derville. Hoy el autor hace una metáfora entre la castidad y las alas para volar:

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En efecto, la pureza no se limita a una especie de situación «material», ni tampoco a la simple continencia. Significa más bien una opción, una elección personal, una decisión de la voluntad, una firme aspiración… Es una afirmación, una afirmación prolongada y repetida al mismo tiempo, deseada, querida, amorosa. No es algo que suponga sufrimiento ni que venga impuesto desde el exterior, sino más bien un impulso de amor. Por esa razón, san Josemaría, como otros santos anteriores a él, compara la virtud de la pureza con «alas que nos permiten transmitir los mandatos, la doctrina de Dios, por todos los ambientes de la tierra, sin temor a quedar enlodados. Las alas –también las de esas aves majestuosas que se remontan donde no alcanzan las nubes– pesan, y mucho. Pero si faltasen, no habría vuelo. Grabadlo en vuestras cabezas, decididos a no ceder si notáis el zarpazo de la tentación, que se insinúa presentando la pureza como una carga insoportable: ¡ánimo!, ¡arriba!, hasta el sol, a la caza del Amor» [18].

La imagen de las alas contiene reminiscencias bíblicas, que remiten a la poderosa y misericordiosa protección de Dios. «Tomo las alas de la aurora», dice el Salmo para aludir al Oriente y afirmar la presencia de Dios hasta los confines del mar (Sal 139 [138], 9). Del Oriente viene Cristo, «luz del mundo» (Jn 8, 12).

En Fedro, Platón hablaba de las alas del alma; después de él, Gregorio Nacianceno alude al «ala del pensamiento» [19]. En la tradición judeo-cristiana y en los santos Padres, las alas pueden ser el símbolo de la gracia, de la «ligereza» del alma para elevarse hacia Dios, e incluso más concretamente de la virginidad, como en el caso de Gregorio de Nisa, que se refiere a este estado como «ala de la virtud» o «ala celestial» [20]; las alas aligeran el fardo carnal, que no es simplemente el vuelo platónico del alma, sino un modo de vida sublime, el deseo de los bienes celestiales: son las «alas de la paloma» («¿Quién me diese alas como a la paloma?», dice el Salmo 55 [54], 7), en otras palabras la gracia del Espíritu Santo [21]. En la Biblia, la aurora y la luz simbolizan la salvación. El despertar matinal, en el momento de los dones divinos, refleja en ocasiones la resurrección (cf. Sal 17 [16], 15).

Las «alas de la aurora» pueden significar la pureza necesaria para la salvación. «Bienaventurados los limpios de corazón, porque verán a Dios» (Mt 5, 8): las alas de la pureza los llevarán hasta la aurora de la salvación eterna. Estas son «las alas de la virginidad» que, según san Jerónimo, hacen que, en la mañana de Pascua, Juan sea el primero en llegar al sepulcro vacío [22]. Paul Claudel explica a Jacques Rivière la grandeza de esta virtud diciéndole que la pureza le hará «tan espléndido como el sol de la mañana» [23].

Notas:

  • [18] S. Josemaría, Amigos de Dios, 177.
  • [19] S. Gregorio Nacianceno, Discurso 7.
  • [20] S. Gregorio de Nisa, La virginidad, cap. IV, n. 6; cap. XI, n. 5, Ciudad Nueva, Madrid 2000, pp. 71, 98.
  • [21] Cf. ibídem, cap. II, n. 3; cap. XI, n. 5: en ibídem, pp. 47, 98.
  • [22] Cf. S. Jerónimo, Commentarium in Isaiam, lib. XV, LVI, 4.5, enCorpus Christianorum, Series Latina, LXXIII A, Pars I, 2 A, 1963, p. 634: «Elatus virginitatis alis cucurrit ad Dominum» (evoca Jn 20, 4 comentando Is 56, 5; cf. Sb 3, 14).
  • [23] P. Claudel, Lettre à J. Rivière du 3 mars 1907, inCorrespondance, Plon, París 1926; ed. Livre de vie, París 1963, p. 36.

4 comentarios en “Las alas de la pureza

  1. No paséis con ligereza por encima de esas normas que son tan eficaces para conservarse dignos de la mirada de Dios: la custodia atenta de los sentidos y del corazón; la valentía -la valentía de ser cobarde- para huir de las ocasiones; la frecuencia de los sacramentos, de modo particular la Confesión sacramental; la sinceridad plena en la dirección espiritual personal; el dolor, la contrición, la reparación después de las faltas. Y todo ungido con una tierna devoción a Nuestra Señora, para que Ella nos obtenga de Dios el don de una vida santa y limpia (S. JOSEMARÍA ESCRIVÁ, Amigos de Dios, 185).

    La castidad no se adquiere de una vez para siempre, sino que es el resultado de una laboriosa conquista y de una afirmación cotidiana (PABLO VI, Enc. Sacerdotalis coelibatus, 24-VI-1967, n. 73).

    Si vemos así la pureza como fruto y fuente de amor, la consolidaremos en nuestra vida, la amaremos y la custodiaremos en toda su maravillosa extensión y grandeza: Dios nuestro Señor nos pide la pureza de cuerpo, de corazón, de alma y de intención. La pureza es una virtud frágil, o mejor, llevamos el gran tesoro de esta virtud en vasos frágiles ; por esto le hace falta una custodia prudente, inteligente y delicada. Pero para la custodia y para la defensa de esta virtud tenemos armas invencibles: las armas de nuestra humildad, de nuestra oración y de nuestra vigilancia. (S. CANALS,).

    La pureza del alma esta en razón directa de la mortificación del cuerpo. Ambas van a la par. No podemos, pues, gozar de la castidad si no nos resolvemos a guardar una norma constante en la temperancia.

    La penitencia purifica el alma, eleva el pensamiento, somete la carne propia al espíritu, hace al corazón contrito y humillado, disipa las nebulosidades de la concupiscencia, apaga el fuego de las pasiones y enciende la verdadera luz de la castidad (SAN AGUSTÍN,).

    A la impureza debemos poner el remedio de la oración. Como los ojos de los siervos están pendientes de las manos de sus señores, así debemos mirar al Señor Dios nuestro, hasta que tenga piedad de nosotros. Sólo Él es purísimo y sólo Él puede limpiar a quien ha sido concebido en pecado. Además, contra nuestros pecados instituyó el remedio de la Confesión, pues este Sacramento todo lo lava.

    Si queremos guardar la más bella de todas las virtudes, que es la castidad, hemos de saber que ella es una rosa que solamente florece entre espinas; y, por consiguiente, sólo la hallaremos, como todas las demás virtudes, en una persona mortificada (SANTO CURA DE ARS,).

    No se puede andar haciendo equilibrios en las fronteras del mal: hemos de evitar con reciedumbre el voluntario in causa, hemos de rechazar hasta el más pequeño desamor; y hemos de fomentar las ansias de un apostolado cristiano, continuo y fecundo, que necesita de la santa pureza como cimiento y también como uno de sus frutos más característicos (S. JOSEMARÍA ESCRIVÁ, Amigos de Dios, 186).

    Debemos profesar una ferviente devoción a la Santísima Virgen, si queremos conservar esta hermosa virtud; de lo cual no nos ha de caber duda alguna, si consideramos que ella es la reina, el modelo y la patrona de las vírgenes. San Ambrosio llama a la Santísima Virgen señora de la castidad; San Epifanio la llama princesa de la castidad, y San Gregorio, reina de la castidad […] (SANTO CURA DE ARS).

    Mas para guardar inmaculada y perfeccionar la castidad, existe ciertamente un medio, cuya maravillosa eficacia se halla confirmada continuamente por la experiencia de siglos: Nos referimos a una devoción sólida y ardiente hacia la Virgen Madre de Dios. En cierto modo, todos los demás medios se resumen en esta devoción; porque todo el que vive sincera y profundamente la devoción mariana se siente ciertamente inclinado a vigilar, a orar, a acercarse al tribunal de la Penitencia y a la Eucaristía (Pío XII,)

    La Virgen Santa María, Madre del Amor Hermoso, aquietará tu corazón, cuando te haga sentir que es de carne, si acudes a Ella con confianza (S. JOSEMARÍA ESCRIVÁ, Camino, n. 504).

    Cuanto más pura y más casta sea un alma, tanto más hambre tiene de este Pan, del cual saca la fuerza para resistir a toda seducción impura, para unirse mas íntimamente a su Divino Esposo: Quien come mi Carne y bebe mi Sangre, permanece en mi, y yo en él (LEÓN XIII, Enc. Mirae caritatis).

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