La aventura de la libertad

Me gusta hablar de la aventura de la libertad, porque así se desenvuelve nuestra vida… Y es que Dios condesciende con nuestra libertad, con nuestra imperfección, con nuestras miserias. Consiente en que los tesoros divinos sean llevados en vasos de barro, en que los demos a conocer mezclando nuestras deficiencias humanas con su fuerza divina. (san Josemaría)

loros volando

Este cuento no es un cuento. Es un sucedido. En casa teníamos un loro. Pero un loro auténtico. No una cotorra. (…) Lo habían traído de pichón y se había criado con nosotros, compartiendo nuestra vida de cada día, nuestros entusiasmos y nuestras discusiones. Y fue así como aprendió a gritar muchas cosas.

Se llamaba Pastor. (…) Cuando tenía hambre, por ejemplo, y quería suscitar nuestra compasión, repetía en tono triste: -¡Pobrecito Pastor! ¡La papa para Pastor, pobrecito Pastor! – Y agarraba con una de sus patitas el pedazo de pan familiar. Aferrándose con la otra de donde estaba apoyado, lo comía con gesto humano. Con gesto de familia.

(…) Además repetía las órdenes que se daban a los chicos; y así nos mandaba encerrar los terneros, traer agua; o simplemente nos llamaba por nuestro nombre. En casa lo teníamos por uno más de la familia. Habiendo compartido casi la totalidad de su vida consciente con nosotros, pensábamos que todos sus ideales se identificaban con los nuestros. Lo creíamos un loro domesticado. Le teníamos tanta confianza que le habíamos otorgado plena libertad.

Porque tienen que saber que teníamos otros pájaros: tres cardenales copete rojo y una urraca de monte. Tuvimos tordos y boyeros de esos que hacen su nido como una larga media colgada de las ramas de un algarrobo. En fin, una variedad de otros pájaros salvajes. Pero a todos los teníamos en cerrados en sus jaulas. De ellos nos interesaban sus trinos y sus colores; pero sabíamos que no deseaban compartir nuestra vida. No estaban integrados.

En cambio nuestro loro, no. Se subía a nuestros mismos árboles y gateaba las mismas ramas que nosotros, los chicos. Nuestro parral era también suyo. Y los días de lluvia o frío compartía la tibieza de nuestra cocina. Para saber dónde estaba, bastaba con gritar fuerte: -¡Pastor!…- y él, desde su rama o su rincón contestaba: -¡Eu! Con pico y patas descendía hasta uno para tomar su pedazo de pan familiar.

Eso sí. Tenía sus agresividades. ¡Cómo no! Y también sus antipatías. Eso era lógico. A todos en casa nos pasaba más o menos lo mismo. Pero no. Seguramente no fue ése el motivo de su insólita actitud aquella tarde de otoño.

Sí. Era otoño. Lo recuerdo bien. Como una cicatriz de mi infancia. (…) Serían las tres o cuatro de la tarde. Cada uno estaba en lo suyo, y todo parecía estar en paz. Viniendo desde el sur, una bandada de loros salvajes emigraba hacia el norte; hacia las selvas, las Cataratas, el Paraguay. Su vuelo nervioso era apuntado por esos gritos característicos del loro en vuelo: -¡Creo, creo, creo!…- y la bandada pasó sobre mi casa.

¿Qué le pasó a nuestro loro? ¿Habrá estado triste, disconforme? ¿Se habrá sentido oprimido o alienado? Puedo asegurarles que en casa no le faltaba nada … No. Estoy seguro de que no. No fue por ninguno de esos motivos. No fue para liberarse de algo. Fue simplemente porque sintió que algo se liberaba en él. Sacudido por ese grito ancestral de su raza en vuelo, también en él surgió la necesidad imperiosa de afirmar su fe en aquellas realidades primordiales que constituyen la esencia de todos los loros. Y agitando sus alas torpes, no adiestradas para el vuelo, lanzó también él ese grito que le dormía dentro: -¡Creo, creo, creo!… – y se largó a volar. Fue sólo un gesto (…) La bandada se perdió pronto sobre los chañares, arreando hacia el norte su profesión de fe. Nuestro loro no pudo seguirla. A las pocas cuadras perdió altura y aterrizó…

Esa noche, al reencontrarnos todos nuevamente reunidos en familia, notamos la ausencia de Pastor. En su media lengua, mi hermanito menor dio a entender que el loro se había volado hacia el norte. Alguien creyó recordar que, efectivamente, a media tarde una bandada de loros había sobrevolado el algodonal.

Todos lamentados sinceramente que nuestro loro se hubiera podido ir con ellos. Y a todos nos sobrecogió el temor por los peligros que acecharían a Pastor, ya que sabíamos que era imposible que hubiera podido seguir el ritmo de la bandada. Caído a mitad de vuelo, quizás no habría un árbol cerca; así estaría en pleno campo bajo el peligro de los zorros o de los gatos. Una de mis hermanas -la más sensible- se largó a llorar. …

Pero en realidad, Pastor había caído a unas pocas cuadras entre el algodonal. Dos o tres días después lo encontramos. ¡Pobre!, daba lástima. Estaba muerto de hambre. Y lo descubrimos justamente porque al pasar cerca de él, se puso a gritar esa serie de frases familiares que había aprendido entre nosotros. Sus ¡vivas! y sus ¡fuera! Fue así como descubrimos su paradero.

Todos nos alegramos de haberlo reencontrado. Y todos estuvimos de acuerdo en que había que cortarle las plumas de sus alas para que no volviera a repetir la experiencia. Hasta mi hermana –¡la más sensible! – estuvo de acuerdo también. Porque Pastor nunca podría seguir a las bandadas. Por tanto había que impedirle nuevas experiencias.

Hoy, al pensar en aquella decisión de mi familia, me pregunto: “¿Fue un auténtico y sincero cariño por Pastor lo que nos llevó a cortarle las alas para evitarle problemas?”. Tal vez hubiera sido mejor darle mayores oportunidades de vuelos controlados, para que realmente estuviera capacitado. No sé. Por ejemplo, se lo podría haber llevado lejos, dejándolo luego un poco solo, para obligarlo a volar por su cuenta hasta nosotros. Así, a la vez que ensayaba el vuelo largo, aprendería a tomar nuestra casa como punto de referencia y lograría realizar el vuelo de retorno. Pero tengo que reconocer que fuimos egoístas. Preferimos la solución fácil. Pastor fue humillado y perdió las hermosas plumas de colores de la punta de sus alas.

Pienso que también dramatizamos algo que no era para tanto. ¿Qué es lo que en el fondo había hecho Pastor? Seguramente, su gesto no fue un signo de protesta contra nuestro estilo de vida familiar. No fue un querer irse porque estuviera en desacuerdo, o como un decirnos que todos sus gestos anteriores habían sido un simple formulismo hecho sin convicción; como si nunca hubiera compartido auténticamente lo nuestro.

Simplemente había sentido de repente ese grito que despertaba en Pastor una fidelidad que nunca había sentido antes entre nosotros. Era la profesión de fe de su raza en vuelo. Y Pastor, sacudido por ese grito de su raza, había realizado un gesto sin pensar siquiera en las consecuencias, y menos que con ello pudiera ofender nuestra incapacidad de volar.

Se había equivocado. De acuerdo. Pero ¿a quién en casa no le había pasado alguna vez algo parecido, no se había equivocado al escuchar un grito nuevo?… –Habría podido consultar – se me dirá. Pero ¿a quién? Cada uno estaba enteramente ocupado en lo suyo y ni siquiera hubiera podido comprender su intimidad intransferible de loro… Nosotros sacamos demasiadas conclusiones. La verdad: le tuvimos miedo al futuro. Y olvidamos sus diez mil gestos buenos, profundos, con sentido auténtico, por uno que le fracasó y que había hecho sin consultar.

¡Qué ridículo fuiste, Pastor, durante un tiempo, caminando pasito a paso por los patios, intentando vuelos que irremediablemente terminaban en tumbos, con tus alas amputadas! Para alcanzar las ramas que antes eran las metas de sus vuelos, ahora tenías que gatear el tronco con pico y patas como una comadreja. Realmente, Pastor, te hicimos sufrir una gran humillación. Pero, créemelo: lo pensábamos justificado. Porque con ello asegurábamos tu permanencia definitiva entre nosotros. Nosotros, ¡te hubiéramos extrañado tanto! Con esa decisión de cortarte las plumas y no permitirte el vuelo largo, nosotros nos comprometíamos con vos, con tu futuro, con tu seguridad…

Pero nuestra familia no era dueña del futuro. Ni del tuyo, ni del de ella misma. El futuro es sólo de Dios. (…) Unos cuantos años después nuestra familia tuvo que emigrar. Tuvo que dejar ese campo familiar, ese rancho con tantos recuerdos y esos árboles que vos y yo gateábamos rama a rama. Y nos fuimos a vivir al pueblo. No. No fue fácil acostumbrarse. Tampoco para nosotros. Créemelo. El terreno era pequeño. La casa de material, con pisos de cemento. No había árboles. Al principio ni siquiera teníamos un parral. Pero si a mi familia se la hacía difícil amoldarse, a vos se te hizo imposible.

No hubo santo. No tenías espacio vital. Comenzaste a ponerte triste. Ya no hablabas. Perdías el color de tus plumas. Andabas todo el día huraño. Y lo que es peor: molestabas en todas partes porque no lograbas ubicarte vos mismo. Las visitas, que allá en el campo dejabas admiradas, ahora preguntaban para qué te teníamos.

Y entre esas visitas, no faltó quien te codiciara. En su casa tenía un lindo bananal. Y fue así nomás: te vendimos. Siento una profunda vergüenza al tener que confesarlo. Pero… te vendimos. Quinientos pesos viejos. Casi como para decir que carecías de valor. Como quien se saca de encima un estorbo. La última vez que te vi estabas encaramado entre las hojas del bananal. No diste señales de reconocerme. Y sin embargo yo quiero creer que no nos guardas rencor. Necesito creerlo. Para que en mí no muera lo mejor de vos.

Nota: Es estrictamente histórico hasta en sus detalles. Por ello puede ser una parábola

Adaptación de “Nuestro loro”, un cuento de Mamerto Menapace, publicado en La sal de la tierra, Editorial Patria Grande

Terminamos con estas palabras de san Josemaría acerca de la libertad y la entrega en la fidelidad:

¿Quieres tú pensar —yo también hago mi examen— si mantienes inmutable y firme tu elección de Vida? ¿Si al oír esa voz de Dios, amabilísima, que te estimula a la santidad, respondes libremente que sí? Volvamos la mirada a nuestro Jesús, cuando hablaba a las gentes por las ciudades y los campos de Palestina. No pretende imponerse. Si quieres ser perfecto…(Mt, 19,21), dice al joven rico. (Amigos de Dios, 24)

Amar es… no albergar más que un solo pensamiento, vivir para la persona amada, no pertenecerse, estar sometido venturosa y libremente, con el alma y el corazón, a una voluntad ajena… y a la vez propia. (Surco, 797)

6 comentarios en “La aventura de la libertad

  1. El amor lleva a ver lo que otros no ven, a calar en una situación lamentable que a otros les pasa inadvertida
    Una vez oí esta expresión en labios de una persona sabia: “El amor es ingenioso”. Con el tiempo, he podido comprobar la profunda verdad que encierran esas palabras.

    Cuando alguien siente un verdadero afecto hacia otra persona (el marido hacia la mujer, la mujer hacia el marido; un amigo hacia su amigo, hacia su padre o su hijo) la inteligencia se agudiza, la imaginación se explaya. El amor da alas a la memoria, al ingenio y a la prudencia. Y se sabe cómo acertar, cómo agradar al otro. Cuando el afecto se enriquece con la imaginación, ¡qué energía tan grande se libera en nuestras mentes!, ¡qué capacidad descubrimos en nosotros para resolver los problemas de los que amamos!

    Descubrimos también el inmenso poder de las palabras. Con ellas podemos herir, difamar, destrozar, aniquilar la reputación de alguien… y también llevar a cabo las acciones más elevadas: alabar, educar, compartir, comunicar, instruir, ayudar, deleitar, dialogar, rezar… Y, sobre todo, amar. ¡Qué importante es que el amor se exprese también en las palabras. ¡Que sepamos siempre usarlas en beneficio de los demás!.

    Su historia me ha encantado, nosotros también tuvimos un loro que hablaba, era precioso, pero su voz era demasiado fuerte y molestaba a los vecinos en la hora de la siesta. Teníamos que taparle para que no se le oyera y acabó muriendo de pena, de no poder ser él en plenitud y poder expresarse “a su manera” y cuando quisiera.

  2. Rectifico hablando de libertad.

    Se puede advertir que sólo desde la perspectiva de la fe es posible alcanzar el sentido de la libertad de un modo pleno. A nivel humano, la libertad implica que el hombre es dueño de sus actos y responsable ante los demás en la medida en que su conducta les afecta. Desde la fe, la libertad tiene un sentido más profundo y trascendente al ser cada uno responsable de su propio destino: el hombre puede aceptar o rechazar el Amor de Dios mediante su obrar moral.

    “Somos responsables ante Dios de todas las acciones que realizamos libremente. No caben aquí anonimatos; el hombre se encuentra frente a su Señor, y en su voluntad está resolverse a vivir como amigo o como enemigo. Así empieza el camino de la lucha interior, que es empresa para toda la vida, porque mientras dura nuestro paso por la tierra ninguno ha alcanzado la plenitud de su libertad”.
    La libertad es, por tanto, un don que engrandece al hombre, pues le sitúa en el plano de la relación personal con Dios, lo realiza como “persona”, le llama a ser hijo: toda su vida tiene un significado preciso desde esta perspectiva.

    La Encíclica Veritatis Splendor, en los números 86 y 87, nos ofrece un pequeño tratado sobre la libertad humana: en ella se nos muestra cómo esta libertad es real, pero limitada. No es un absoluto –como algunos afirman– sino que es un don de Dios; es la libertad de una criatura capaz de conocer y elegir el Bien, pero no por necesidad.

    He aquí el texto: “La reflexión racional y la experiencia cotidiana demuestran la debilidad que marca la libertad del hombre. Es libertad real, pero limitada. No tiene origen absoluto e incondicionado en sí misma, sino en la existencia en la que se encuentra y que es para ella, al mismo tiempo, un límite y una posibilidad. Es la libertad de un ser creado, o sea, una libertad donada, que se ha de acoger como un germen y hacer madurar con la conciencia del deber. Es parte constitutiva de aquella imagen de la criatura que fundamenta la dignidad de la persona y en la que resuena la vocación originaria con la que el Creador llama al hombre al verdadero Bien, y más aún, por la revelación de Cristo, a entrar en amistad con él, participando de su misma vida divina. Es, a la vez, una inalienable posesión de sí misma y una apertura universal de todos los hombres, por la salida de sí mismo hacia el conocimiento y el amor a los demás . La libertad, pues, tiene sus raíces en la verdad del hombre y tiende a la comunión” .

    Se trata, en definitiva, de la libertad de una criatura, que no es libertad absoluta porque no es fin de sí misma y que para alcanzar su perfección debe mediante sus acciones concretas, por el conocimiento de la verdad y el amor al bien, encaminarse a su Fin último.

  3. Hola Padre Sanz! En definitiva lo necesitaba, sin darme cuenta este cuentico me ha ayudado mucho, di una vuelta por sus blogs, menuda sorpresa me he llevado. Pero creo que es excelente la labor cibernetica que hace, (Hoy en dia existe tanta basura en internet), sitios como este hacen fanta.
    Bendiciones, saludos.

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