¿«Mañana le abriremos»?… Hoy. Ahora ¡Corramos!

1233702163314_fLo leíamos ayer en el Evangelio del día: Tened ceñida la cintura y encendidas las lámparas. Estad como los que aguardan a que su señor vuelva de la boda, para abrirle apenas venga y llame… Y no he podido evitar recordar esta estrofa del famoso soneto de Lope de Vega:

¡Cuántas veces el ángel me decía:
 «alma, asómate ahora a la ventana
verás con cuánto amor llamar porfía»!
Y cuántas, Hermosura soberana
«Mañana le abriremos», respondía
para lo mismo responder mañana”.

Y es que, así, exactamente así, me siento muchas noches, cuando antes de acostarme repaso cómo ha ido el día, y veo tantos desamores y omisiones repetidos al Amor de mi alma… Y respondo como para quedarme tranquilo: Mañana, Señor, mañana…Y surgen entonces, como un dardo, esas otras palabras que hieren: ¡Mañana!: alguna vez es prudencia; muchas veces es el adverbio de los vencidos (Camino 251).

¡Ay Señor! ¡Ayúdame, mi Buen Jesús! Tú permaneces ahí esperando como siempre ante mi puerta, y golpeando Amor suavemente. Y ahí me tienes, ¡sordo!… Bueno, en realidad, haciéndome el sordo a las inspiraciones “del ángel” que tantas veces me susurra: «alma, asómate ahora a la ventana y verás con cuánto amor llamar porfía»… 

Cuando cada mañana le veo llegar, tan puntual, al altar donde celebro misa, y luego veo como se deja tomar y comer, tan dócil, tan entregado… Y luego, cuando a lo largo del día le veo acudir tan presuroso a las palabras que pronuncio en la absolución sacramental, volcando su gracia y su amor… Y cuando le veo tan atento escuchando mis peticiones e inquietudes en la oración… Entonces pienso que tengo que cambiar, pero… luego ocurre que paso cerca del oratorio y el ángel me susurra: “podrías entrar y rezar un Padrenuestro”; y pienso: “ahora no, que tengo prisa; la próxima vez, que tendré más tiempo, cuando vuelva a pasar por aquí entraré y le rezaré”… Cuando tengas un enfado por algo o con alguién y, luego ya más tranquilo, el ángel susurra: “deberías llamarle para pedirle disculpas, o sencillamente comentarle algo amable para que vea que lo sientes”;y me digo: “mañana, u otro día, hay muchos días… cuando se me haya pasado lo haré”… Y cuando Llevo algo más de lo acostubrado sin confersarme y veo a un sacerdote, y el ángel me suguere: “hace tiempo que no te confiesas, porque no aprovechas que está el sacerdote, y recibes el Perdón”; me excusio diciendo: “no he hecho el examen, apenas estoy preparado; en una próxima ocasión lo haré”…

Di conmigo: ¡Basta ya de excusas! ¡Abriré ahora! Haz como Ella: “fue aprisa a la montaña” (Lc 1, 39)… ¡Corre!

Aquí os dejo con el poema completo:

QUÉ TENGO YO, QUE MI AMISTAD PROCURAS?

¿Qué tengo yo, que mi amistad procuras?
¿Qué interés te sigue, Jesús mío,
que a mi puerta cubierto de rocío
pasas las noches del invierno a oscuras?

¿Qué tengo yo, que mi amistad procuras?
¡Oh cuánto fueron mis entrañas duras
pues no te abría! ¡Qué extraño desvarío
si de mi ingratitud el hielo frío
secó las llagas de tus plantas puras!

¡Cuántas veces el Angel me decía:
“Alma, asómate ahora a la ventana,
Y verás con cuánto amor llamar porfía!”
Y verás con cuánto amor llamar porfía!”

¡Cuántas, hermosura soberana,
“Mañana le abriremos”, respondía,
para lo mismo responder mañana!
para lo mismo responder mañana!

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Un comentario en “¿«Mañana le abriremos»?… Hoy. Ahora ¡Corramos!

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