Castidad: El enfoque amplio y positivo de san Josemaría

Seguimos tratando sobre la castidad tomando fragmentos del libro “Amor y desamor. La pureza liberadora”de Guillaume Derville. Hoy el autor hace un breve resumen de como trata este interesante tema san Josemaría:

el otoño está ya aquí

Seguimos con el libro de En la perspectiva de meditación teológica elegida para abordar el tema de la castidad, me refiero también a un maestro de vida cristiana, san Josemaría Escrivá de Balaguer, que no concede a esta virtud el primer lugar: «Considero una deformación del cristianismo la insistencia de algunos en escribir o predicar casi exclusivamente de esta materia, olvidando otras virtudes que son capitales para el cristiano, y también en general para la convivencia entre los hombres» [10]. Mi generación no ha conocido ese tipo de exageración, que parece remontarse al menos a la primera mitad del siglo XX. En su predicación, san Josemaría emplea frecuentemente la palabra «pureza» para referirse a la castidad, y alude también a la actitud del corazón y a su necesaria purificación por la gracia. La pureza está incluida en el marco de la vocación cristiana. Se respira el aire de la misericordia divina, que llama a la persona humana a la felicidad de amar y de sentirse amado. Me limitaré a señalar cuatro aspectos de sus enseñanzas en relación con la virtud de la santa pureza.

En primer lugar, la perspectiva, que siempre es positiva: «El sexo no es una realidad vergonzosa, sino una dádiva divina que se ordena limpiamente a la vida, al amor, a la fecundidad» [11]. La pureza se juega en nuestros corazones, en esos corazones de los que san Pablo quería hacer auténticos libros que hablaran de Cristo. Siguiendo el ejemplo de san Josemaría, emplearé con frecuencia el término «pureza» como sinónimo de «castidad», ya que este último procede de un campo semántico más restringido que el del primero. Este uso nos remite más directamente a una interioridad esencial. Al estudiar la unidad formidable de la persona humana, hay que incluir la pureza, que no es un reglamento ni una teoría, ni una etapa o un estado de vida.

Además, es de destacar que san Josemaría nunca separa la grandeza del matrimonio de la del celibato: cuando habla de castidad, ambas situaciones vitales van siempre unidas; eso no es ajeno a que «el santo de la vida ordinaria» –así le llamó san Juan Pablo II [12]– hablara a la gente de la calle. «Creced y multiplicaos», dijo Dios al dar a Eva como compañera del primer hombre. Como seres complementarios, iguales en dignidad y tan distintos al mismo tiempo en muchos aspectos personales –fundamentalmente físicos y psicológicos–, el hombre y la mujer se unen y transmiten la vida; pueden también renunciar a esto y no casarse a causa del Reino: siguen así el celibato cristiano, fuente de fecundidad espiritual; por último, cabe que permanezcan célibes por otras razones, quizá santas y nobles, voluntarias o impuestas por las circunstancias, Y que pueden o no constituir un motivo de sufrimiento.

La claridad del mensaje de san Josemaría en cuanto a la exigencia cristiana, dura como el granito, está impregnada de comprensión para con los pecadores, y de discreción para cada persona humana, cuya dignidad exige respeto; hace una llamada a la responsabilidad propia de hombres y mujeres libres. Para él, «la castidad –la de cada uno en su estado: soltero, casado, viudo, sacerdote– es una triunfante afirmación del amor» [13]. Es «una virtud y como tal, debe crecer y perfeccionarse […]. No te basta, pues, ser continente –según tu estado–, sino casto, con virtud heroica» [14].

Por último, san Josemaría da pruebas de una gran delicadeza cuando habla de la castidad. Evita caer en la vulgaridad, y tampoco recurre a la crudeza de los términos clínicos, que suelen ser inútiles en un razonamiento espiritual. Evita hablar de impureza, y habla siempre de pureza; prefiere hacerlo sobriamente y en el momento oportuno, evitando en lo posible dejar al margen cuestiones antropológicas y teológicas esenciales.

Las páginas que siguen son, pues, parte de su herencia espiritual, de sus deseos de difundir una nueva cultura del amor humano que integre una adecuada comprensión de la castidad, de modo que nuestra humanidad se desarrolle bajo la mirada de Dios. San Josemaría se pronunció en diversas ocasiones respecto a este tema, especialmente en los comentarios sobre la vida de Cristo y en sus textos sobre las virtudes. Su explicación es profunda, aunque no pretenda ser sistemática [15].

Cabría añadir dos aspectos complementarios siempre presentes en su enseñanza: la castidad es don de Dios a la vez que fruto de una lucha personal. San Pablo se complace de no haberse comportado con los corintios según la «sabiduría carnal» (2 Cor 1, 12), sino con la simplicidad y la pureza de Dios. La pureza es una respuesta amorosa en la que «el amor procede de Dios» (1 Jn 4, 7). La preeminencia del amor divino es, pues, el fundamento de la consideración de la pureza como un don de Dios [16]. Desde este punto de vista, san Josemaría, empleando la expresión «santa pureza» presente ya en el vocabulario católico, entiende esta virtud como un concepto teológico-espiritual [17]. El adjetivo «santa» no significa inaccesible, un ideal lejano e inalcanzable, sino que se refiere a la acción del Espíritu Santo en el alma. A causa de la unidad de alma y cuerpo, la acción divina repercute en él. Pero todo esto no se da sin una lucha personal.

Notas:

  • [10] S. Josemaría, Es Cristo que pasa, 5.
  • [11] S. Josemaría, Es Cristo que pasa, 24; cf. CCE, 1804, 2332.
  • [12] S. Juan Pablo II, Discurso, Roma, 7 octubre 2002.
  • [13] S. Josemaría, Surco, 831.
  • [14] S. Josemaría, Forja, 91.
  • [15] Cf. en particular S. Josemaría, Santa Pureza y Corazón, enCamino, 118-171; El matrimonio, vocación cristiana, en Es Cristo que pasa, 22-30; Porque verán a Dios, en Amigos de Dios, 175-189; etc.
  • [16] Cf. A. Léonard, Ton corps pour aimer. La morale sexuelle expliquée aux jeunes, Mame Edifa 2009, p. 11: «Partir del don de Dios», como hace Léonard al respecto, es «la pedagogía del Nuevo Testamento».
  • [17] Encontramos esa expresión, por ejemplo, en los escritos de S. Gertudris, en la encíclica de Pío IX Quipluribus (1846), y también en textos del Breviario romano.

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